El autor hace un paralelismo entre una experiencia personal y la cinta Heli de Amat Escalante para hablarnos sobre la violencia de nuestro país.
por Francisco Dalziel
“Mejor vivir a vivir mejor.” Se lee en el podio de un merolico que tartamudea al anunciar, orgulloso, que el gobierno federal está salvando a México. Detrás de él, se ve el fruto de su labor, todo se quema.
Heli, la obra de Amat Escalante, me dejó marcado desde el momento en que la vi en el cine —casi por accidente— hace siete años. “No creo que una película pueda cambiar el mundo” dice Escalante en una entrevista con Del Collado de 2013. A lo mejor no, pero Heli fue una gran manera de empezar.
La cinta, estrenada en 2013, es la meticulosa observación y recreación de una realidad atroz que solo parece empeorar conforme avanza el tiempo. A diario, sus situaciones se materializan frente a nosotros, ya son normales. Algunos las ignoran o niegan por interés, desconocimiento o por amor a lo que sea que amen —el caos, su patria, sus hijos, su partido, la droga, o quién sabe—, pero lo cierto es que hoy en día, con la ya decidida militarización del país, hay mucho que estudiarle a la obra si no queremos que se repita su terrible trama.
Ahora, diseccionemos la condición de los tiempos a los que pertenecemos a través de la mirada del cineasta (todos los ñoños aplauden de emoción).
Ya sea que toque el tema de la descomposición familiar como en Sangre; de los extremos a los que se llega para sobrevivir como en Los Bastardos; del abuso sexual y psicológico de menores como en Esclava o de todas las anteriores como en Heli, Amat se coloca como un testigo que no se guarda ninguna palabra a pesar de la incomodidad que pueda provocar. Sus proyectos giran alrededor de la identidad del mexicano quien, a menudo, prefiere no voltear a ver.
Heli fue producida pasados siete años de una pseudo guerra contra el narcotráfico, y trata sobre las vidas de personas inocentes que han sido afectadas, directa o indirectamente, por el narco, dejando a familias laceradas que nunca sanarán. Entre esta gente se encuentra el director, quien ha confesado en entrevistas su nivel de asombro ante el poco respeto que hay en México hacia la vida. Y, ¿cómo no? si incluso los revolucionarios marchaban por las calles hacia su muerte cantando “la cucaracha”, como si fuera un chiste. Ya lo decía José Alfredo Jiménez: “La vida no vale nada”. Al menos no aquí, parece ser.
Por eso, ahora que la Guardia Nacional toma facultades de policía por los próximos años, es importante saber que están conformados en un 98% por militares y ex federales, personajes clave en la película de Amat.
Heli no es una película de explotación que busque escandalizar, no tiene esa pretensión de la que es fácil tachar a la mayoría de las obras que exhiben el tipo de violencia que hay en la cinta. Heli es un reflejo —quizás más ligero— de la naturaleza ya impactante de México. De nuevo, lo espeluznante no es la película, sino el país.
Hace algunos años, una amiga y yo, fuimos hostigados sin razón por policías municipales. El abuso sucedió cuando fui a dejarla a su casa y decidimos quedarnos en el carro platicando. A los 10 minutos, una patrulla se colocó a algunos metros de nosotros, bloqueando la calle. Nos acorralaron, sentimos pánico y optamos por entrar a su casa. Pero en el momento en el que abrí la puerta de mi carro, la patrulla aceleró de frente contra nosotros a toda velocidad. Volví a cerrar mi puerta, pero cerrarla con llave no nos salvó… ¿quién iba a defendernos de quien nos defiende?
El líder y sus (viles) acompañantes, casi salidos de Heli, se bajaron para interrogarnos y fastidiarnos con acusaciones sin fundamento. Al verme molesto, el policía me pidió bajar del vehículo. Me negué. Él metió la mano adentro del carro, abrió mi puerta y me jalaron fuera del vehículo a la fuerza. Mientras, mi amiga estaba siendo hostilizada del otro lado por otro oficial.
Me obligaron a vaciar mi cartera y, al ver que no tenía más de 25 pesos, me quitaron el celular, luego trataron de forzarme para marcarle a alguien que pagara por nuestra liberación.
Seguí resistiéndome a todos sus abusos hasta que se hartaron, me esposaron, me subieron a su camioneta y, después de una discusión agitada, se dieron cuenta de que no cedería. El líder arrancó la camioneta a toda velocidad golpeándome la cabeza. Su subordinado iba atrás, diciéndome “ya valiste verga”.
Heli saltó a mi mente. Cada momento, cada cuadro, cada sentimiento que tuve hace años al verla. Mi moribunda esperanza de un México mejor colapsó en la parte de atrás de la camioneta de los policías esa fría noche. Me recordó qué se siente vivir (y posiblemente morir) aquí. Desperté y entendí que no se puede confiar en nadie, que este agujero nunca va a cambiar. Que el que la gente se quite y se ponga uniformes no le da ninguna virtud ni previene nada, por el contrario, casi se sienten con el derecho a brutalizar.
A diario, las víctimas de la prepotencia son los jóvenes. Somos nosotros quienes a veces terminamos en situaciones violentas aunque no las busquemos. Escalante es claro al colocar niños protagonizando las tragedias de Heli, y no sólo eso, también nos pone al tanto de la vulnerabilidad de las mujeres mexicanas a través de una niña de 12 años que se enamora de la persona equivocada y nos muestra familias que terminan pagando las consecuencias de una guerra sin sentido.
Parece que toda la obra de Escalante, en especial Heli, gira alrededor de la falta de respeto por la vida como un rasgo endémico de nuestra sociedad.
El mexicano tiene esta característica inherente propia de sus ancestros. Somos el resultado de dos culturas ultra-agresivas y hacemos alarde de serlo: véase la Independencia, la Revolución; los corridos y narcocorridos; las deplorables demostraciones de fuerza como en Tlatelolco, Atenco, Aguas Blancas, Acteal, Tlataya, Ayotzinapa, por solo mencionar unos —pocos— casos…
En otros países, bastaría uno de esos ejemplos para guardarlo en la memoria nacional como lo que nunca debió ser, sin embargo, en México se olvidan, se superan y hasta se defienden; por lo que siguen sucediendo y termina siendo un —complejo, largo y triste— caso de estudio para antropólogos e historiadores, pero un infierno para nosotros.
Amat esconde mensajes de una potencia subjetiva, a menudo prudente y hasta sigilosa en su cinta.
Después, al retirarse del podio, la autoridad con la que comenzamos este escrito es reemplazada por un niño que padece de sus facultades mentales. Sube al mismo podio, con la mirada perdida y no parece tener nada que decir. A pesar de lo comicidad, el peso de estas comparaciones carga un simbolismo mucho más serio: la relación entre los niños con problemas mentales y nuestros dirigentes. Es una muestra de cómo se siente el director.
Heli apunta hacia algunos de los malestares que aquejan a México y lo hace de la forma más cruda que puede. He aquí el alma del trabajo.
Y quizás Amat fue demasiado lejos porque nadie quiere ver las cosas como son. ¿Hasta dónde tiene derecho un director de hacernos ver? Su estilo cuasi documental es tortura para los de corazón débil.
Heli no es una película para disfrutar en familia, ni para que se resbale pronto de la memoria del espectador. Y eso es, quizás, exactamente lo que necesitamos. Que se nos dejen de olvidar estas cosas. Que comencemos a incomodarnos por las realidades que no podemos observar y entendamos que hay más que nuestro pequeño concepto de México donde pasan cosas inseguras, pero como no me pasan a mí, no me importa.
Al final, la empatía debe ser lograda como herramienta de cambio y Amat nos obliga a sentirla, usando personajes muy familiares que podrían ser cualquier conocido o incluso nosotros mismos. Pero así como la película, estas cosas deben, por lo menos, molestar. Hacernos gritar. Sufrir. Quejarnos. Cambiar este futuro explorado por Amat Escalante.
