Después de esperar con mucha emoción el décimo segundo álbum de Ozzy, Ordinary Man aparece ante nosotros como una obra honesta y realmente bien lograda.
La nueva producción, que cuenta con varias colaboraciones de lujo, logra conjugar la gran energía del metal con excelentes baladas, desbordantes de una fuerte emotividad: el Príncipe de las Tinieblas se regodea de su angustia y de esta manera, se nos muestra en todo su esplendor.
La muerte y el desasosiego que esta conlleva son motivos presentes a lo largo de Ordinary Man. Si revisamos las noticias que giran en torno a Ozzy Osbourne, nos encontramos con un panorama un tanto desolador: por un lado, su esposa Sharon recientemente reveló que al artista le han diagnosticado la enfermedad de Parkinson, por otro, él mismo confiesa que no se siente del todo bien, que su salud no está en las mejores condiciones.
Por supuesto que esta información, ajena a la música per se, no determina la calidad del nuevo álbum, pero definitivamente le otorga un sentido más profundo, nos ayuda a entender mejor el origen de sus canciones, nos lleva a empatizar y sentir más.
Al iniciar la reproducción del álbum, nos encontramos con “Straight to Hell”, que escuchamos por primera vez a finales de noviembre del año pasado, con su muy digna colaboración de Slash en la guitarra.
La introducción nos hace sentir que se anuncia en grande el regreso de Ozzy Osbourne: “Alright now”, canta el artista, en una clara alusión al clásico de Black Sabbath, “Sweet Leaf”. Tal vez el nivel lírico no sea el punto fuerte de esta canción, pero no hay mayor problema: cuando menos lo esperemos, llegará el momento en que Ordinary Man impacte en nosotros con sus palabras. Además, el enérgico y pegadizo riff que caracteriza a esta pieza sube nuestro ánimo inmediatamente y nos prepara de la mejor manera para lo que sigue.
“All My Life”, la canción que sigue, disminuye un poco la agitación y se erige como una pieza más introspectiva, que nos recuerda a éxitos anteriores de Ozzy como “Time After Time”: aunque hay momentos más lentos y una melodía más dulce, no faltan las descargas de energía en el coro y los solos monumentales de guitarra.
“Goodbye”, en cambio, es una pieza bastante más oscura y que podríamos describir como “grave” en todos los sentidos: la instrumentación suena en una baja frecuencia, las melodías se sienten solemnes, la letra pinta un panorama oscuro, al borde de la muerte, entre el purgatorio y el infierno.
Posteriormente, el ritmo del álbum da un giro radical: continúa con otro de los sencillos que ya habían sido lanzados anteriormente, y que se ha convertido en uno de los componentes más aclamados de Ordinary Man: se trata de su canción homónima, realizada en colaboración con Elton John.
A pesar de la radical diferencia de estilos, ambos artistas logran congeniar realmente bien en la canción. Por otra parte, los arreglos de cuerdas y el piano son elementos destacables en esta pieza: es inevitable pensar en canciones como “Dreamer” o “Mama I’m Coming Home”.
Después sigue una canción que contó con la colaboración de Chad Smith, que debería ser contada entre las mejores del álbum y, me atrevo a decir, entre las más destacadas de toda la producción solista de Ozzy. Se trata de “Under the Graveyard”, donde la angustia ante la muerte se convierte en un tema realmente poderoso.
La fuerza de la música se une de manera contundente con la de las letras: frases como “la muerte no responde cuando clamo por ayuda” o “no quiero ser mi enemigo, le pertenezco a mi miseria” se inscriben en un contexto musical lleno de energía y desesperación que inevitablemente genera la catarsis en quien escucha la canción.
“Eat Me”, “Today is the End” y “Scary Little Green Men” continúan como canciones que siguen llenándonos de energía, con melodías pegadizas y brillantes pasajes instrumentales. Habrá que alabar tanto a Ozzy como al trabajo de edición en el estudio, donde Duff McKagan jugó un importante papel, pues el sonido de la voz es casi impecable: pese a los años y al desgaste del cantante, casi podemos hacer una comparación con la manera en que sonaba el trabajo vocal de Ozzy en sus primeros álbumes.
“Holy for Tonight” es para mí la culminación emotiva del álbum, y una de las canciones que fácilmente podremos atesorar. Después de una brevísima y lenta introducción en la batería, entra la voz de Ozzy cantando con melancolía. “Reza por mí, padre, porque no sé lo que hago”, comienza, y frase tras frase, va desarrollando un punto de vista desgarrador ante esta incertidumbre por la muerte: “¿qué voy a pensar cuando diga mis últimas palabras? me pregunto qué se sentirá, me pregunto si va a doler”.
Las palabras son acompañadas de melancólicos acordes, una melodía emotiva y por supuesto, su reglamentario y grandioso solo de guitarra.
Sin embargo, no terminamos de escuchar Ordinary Man con tristeza. El álbum cierra con “It’s a Raid”, en colaboración con Post Malone, y “Take What You Want”, también con Malone y con Travis Scott: ambas piezas nos regresan al desparpajo y la energía con la que iniciamos al escuchar “Straight to Hell”.
Las canciones que conforman Ordinary Man se enmarcan en un paisaje sonoro lleno de energía y emociones, que de una u otra manera, dialogan con los trabajos clásicos del artista, tanto con Black Sabbath como por su cuenta. De esta manera, el nuevo álbum nos hace notar la vitalidad y el talento que Ozzy todavía desborda. Finalmente, y a pesar de toda la angustia, no podemos hacer otra cosa sino alegrarnos.
