La memoria del horror: “En el cuerpo una voz” de Maximiliano Barrientos

por David A. Ledesma Feregrino

En el cuerpo una voz es una novela de Maximiliano Barrientos sobre el derecho a la memoria y los procesos de paz que vienen después de la guerra, el genocidio y otros crímenes de lesa humanidad. Es fácil imaginar las rutas que ha de tomar la justicia cuando pensamos en quienes delinquen como en entidades malignas que no son merecedoras de consideración alguna, pero ¿qué pasa cuando los criminales fuimos nosotros mismos? Cuando nos es imposible sostener la barrera que nos distancia moralmente de ellos y descubrimos el sabor de las palabras reinserción y reconciliación.

Editada en 2017 por Editorial Almadía, En el cuerpo una voz es una novela sobre una Bolivia postapocalíptica que intenta reconstruirse, ahora como la Nación Camba, después de haber presenciado y cometido los actos más atroces de su historia. Rodolfo, uno de los sobrevivientes de esta etapa conocida como el Colapso, viaja de una comuna a otra para recolectar los testimonios de quienes lograron escapar del genocidio. Lo hace muy a su pesar, pues piensa que “no necesitábamos historias, necesitábamos olvido”, mientras se cuestiona el sentido de seguir alimentando los recuerdos. “A nadie le sorprendía escuchar esas historias porque todos tenían una parecida”, reafirma. “Ahora las recopilamos como si hicieran alguna diferencia. Ahora nos damos el lujo de que nos afecten”.

El Colapso, cuya trama política desconocemos, podría haber sucedido en cualquier país de Latinoamérica. En cierto modo, el Colapso representa todas las masacres que nuestros pueblos han tenido que presenciar y de las cuales se han levantado con mayor o menor éxito. Rodolfo revive las imágenes de la leva, de las violaciones, de la esclavitud sexual, y se termina convirtiendo en el espíritu atormentado que ruega por tener un par de huesos en los cuales proyectar el desconsuelo de la ausencia.

En el cuerpo una voz es una novela desbordante de tensión desde sus primeros párrafos. Utilizando la perspectiva de distintos narradores, Barrientos logra formar una imagen sólida y multidimensional de la tragedia. Sin darle acceso completo a los pasillos de su mente, el autor consigue construir una relación de empatía entre el lector y el moralmente conflictuado personaje de Rodolfo. Conforme él avanza hacia la densidad de su destino, el eco de una pregunta retumba contra las palabras como muros: ¿de qué sirve la vida cuando la dignidad ha sido aplastada?

De la rabia a la justicia

A lo largo de la obra, y sin pretender llegar a respuestas simplistas o a afirmaciones concluyentes, Barrientos plantea una pregunta relevante para toda la humanidad: ¿Por qué es importante atesorar la memoria de la atrocidad? Aunque la labor de Rodolfo sea precisamente la de documentar los testimonios de quienes sobrevivieron al Colapso, sin perder la cabeza al presenciar los actos caníbales que el General obligaba a sus reclutas a cometer, su corazón parece siempre apuntar al lado contrario, detestando la imposición de recrear una y otra vez los acontecimientos que le dejaron sin familia. “¿De qué sirve recopilar lo que esa gente tiene que contar?”, se pregunta, “¿tus padres van a levantarse de la tierra?”.

Quedarse estacionado en el recuerdo de la tragedia propia ¿no es acaso una actitud que raya en el egoísmo? Los “hombres como yo eran tarados”, reza alguno de los testimonios buscando ecos en Rodolfo, “porque tenían un apego sentimental por lo que en el fondo no era otra cosa más que trauma”. La memoria apela quizás a nuestros ideales más utópicos. Escribimos crónicas, erigimos monumentos, revelamos fotos y firmamos tratados no para rendirle culto a los horrores, sino para, ingenuamente, prometernos que jamás permitiremos que ocurran otra vez.

En el cuerpo una voz también se cuestiona lo que las sociedades entienden por justicia. En México, por ejemplo, estamos acostumbrados a pensar que ésta se materializa en una cárcel con las peores condiciones de vida, pero personajes como Rodolfo están conscientes de que el hacinamiento, la pena de muerte y los maltratos no son otra cosa que venganza. ¿Cómo convertir la rabia hueca en un motor que nos conduzca a la paz, a la reparación de los daños y a las promesas de no repetición? Eso es algo que cada pueblo resurgido tiene la tarea de resolver. “La rabia no tenía una historia, no tenía escenas memorables, no tenía una música propia”, dice Rodolfo, arrepentido de haberse dejado llevar por ella. “Era gasto puro, sin origen. Ni siquiera se alimentaba de recuerdos personales”.

 

 

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