La pregunta central sobre si “¿El nuevo disco de los Strokes está bueno?” se puede responder de la siguiente manera: no es para nada el peor disco de la banda pero tampoco sería lo primero que le pondrías a alguien que no conoce al grupo y desea entrarle a su música.
The New Abnormal probablemente se ubica en algún punto entre lo mejor y lo peor de The Strokes. Y es que dentro de todo, es un disco más consistente que varios de sus predecesores. Pero hay que mencionar que la vara está un tanto baja.
The Adults Are Talking, la pieza abridora es, en el más puro estilo de la banda, como siempre un gran track para iniciar el disco y nos deja ver, en términos generales, el sonido y el rumbo todo el álbum: una producción “seca” en la que la banda suena “muy clara”, con lo cual se aleja del sonido garage del primer disco, al tiempo que pinta la raya del estilo impulsado por Julian Casablancas que buscaba un sonido más complejo y distorsionado. The Strokes suenan limpios por primera vez.
La banda logró adquirir un estatus instantáneo de leyenda debido a su magistral primer disco, que al día de hoy sigue influyendo la historia, no sólo del rock, si no de la música en general, pero a partir de ese momento todo ha sido cuesta abajo, por lo que cada cada disco contiene la promesa de la reivindicación. Nuestro amor por la banda nos ciega e ilusiona con la idea de que el próximo disco será “El Regreso de los Strokes”, lo cual nunca ha sucedido.
En algún punto del camino la banda decidió distanciarse gradualmente de su origen con consecuencias desastrosas. Y aunque en este disco hay despliegues de ese sonido en canciones como Not the Same Anymore o en Ode to the Mets que nos hacen recordar por qué nos gustaban tanto en primer lugar, no deja de parecer que este disco llega muy tarde.
Las melodías de Julian Casablancas parecen haber sido compuestas un domingo cualquiera, mientras se cocinaba unas huevos y veía las noticias en la televisión. Su genio, tan fuerte como es, ha dejado de impresionar pero es por una falta de dirección y ambición. La ilusión de que “Los Strokes han vuelto” es sólo un espejismo.
El disco tiene varios guiños a la música de los ochenta y los sencillos Brooklyn Bridge to Chorus y Bad Decisions son testimonio de esto. Esta última incluye un coro tan parecido a Dancing With Myself de Billy Idol que el propio Billy tiene créditos de composición en el tema. Y por más que la intención esté ahí, la música simplemente no suena nada a los ochenta y nos lleva a otro gran problema: la producción. El álbum se vendió con la noticia de que el gran Rick Rubin estaría en la producción. Honestamente… no se siente su presencia.
Rick Rubin es el productor que llevó a la estrella de country Johnny Cash a reinventarse con una colección de discos en los que tocaba covers de bandas de rock y lo hizo sonar como nunca. En este disco The Strokes suenan a….The Strokes y no en sus mejores días.
La razón principal por la que pienso que este disco es decente, en el mejor de los casos, es porque en su EP pasado, Future Present Past, la banda nos mostró que sabe perfecto quienes eran, quienes son y quienes pueden ser. Ninguna de las nueve canciones del nuevo disco es mejor que alguna de esas tres del EP pasado. Y salvo por At the Door y Why Are Sunday’s So Depressing, no se ven esas ganas de sorprender ni tratar algo realmente nuevo, si no una necesidad de complacer y “sonar a los Strokes”, que por cierto, parece ser su única motivación desde el 2011.
Habrá quien disfrute mucho este disco pero para quienes se quedaron con un mal sabor de boca los invito a escuchar el EP Future Present Past, el trabajo del guitarrista de la banda, Albert Hammond Jr., en solitario; a la banda británica White Lies o el disco Bankrupt de la banda francesa Phoenix, materiales que tienen lo que a este disco le está faltando.
