Análisis sobre la cinta Pecadores (Sinners), escrita y dirigida por Ryan Coogler. Nominada a 16 premios Óscar (cifra récord). Este texto contiene spoilers.
Los gemelos Moore no debieron haber regresado a Clarksdale, Mississippi. Si se hubieran quedado en Chicago no habría traído la desgracia con ellos, arrastrando a todos sus amigos. El pecado está en la sangre de su padre y por supuesto pasó a ellos.
Elijah “Smoke” y Elias “Stack” (Michael B Jordan), pasaron 7 años en Chicago trabajando para la mafia. En algún punto decidieron robar dinero de los sindicatos criminales. Con el botín regresaron a casa para poner un bar en donde su comunidad pudiera divertirse. Por supuesto, también desean generar dinero.
El bar de los hermanos Moore —con la gente bailando de manera indecente al ritmo de la música blues, sudando y divirtiéndose—, se vuelve un magneto para otros pecadores: un grupo de vampiros de origen irlandés.
El origen de los vampiros es relevante pues estamos hablando de un grupo que si bien está compuesto por gente blanca, es marginal en los Estados Unidos de la década de los 30. Si lo vemos desde la óptica del Ku Klux Klan: “hasta en los blancos hay clases”.
En este momento tenemos dos elementos que estigmatizan y que son heredados: por un lado, la herencia de sangre, y por el otro, los prejuicios sociales. Los irlandeses no tienen buena fama dentro del mundo anglosajón, tampoco la comunidad afroamericana con sus bailes, fiestas y música de blues que incita al pecado. De hecho, hay una facción de la comunidad, representada por el tío de los hermanos Moore —padre de su primo Sammie, un excelente músico de blues—, un predicador que trata de salvar a los suyos del mal.
El origen del mal parece ser la sangre. Pareciera que el mal se transmite por través de la sangre: primero por herencia de los padres, luego por la infección de un ser maligno (el vampiro) del cual los personajes son víctimas…
Pero … ¿y el libre albedrío? ¿De verdad no tenemos decisión? ¿Solo somos un producto de la herencia? ¿De nuestro entorno? ¿Podemos ser libres? Estas son algunas de las preguntas que podemos encontrar a lo largo de la cinta.
Los personajes se sienten atrapados, pero mas allá del legado al que pertenecen son capaces de tomar decisiones, son capaces de decidir si se liberan o siguen en una dinámica que los oprime. La decisión es mucho más sencilla si se reconoce de dónde viene uno (como Rumi en Las guerreras del K-pop): Sammie es libre cuando decide abrazar de manera consciente al blues, su herencia musical, y honra así el sacrificio de sus primos. Se aleja de un mundo moralino que desea juzgarlo, condenarlo (como la iglesia de su padre), y hasta exterminarlo (como los supremacistas blancos).
Smoke, quien es capaz de luchar contra los vampiros y contra los del Kuklux Klan, que amenazan con destruir todo, se sacrifica para ayudar a Sammie (Max Catton) y así liberarse. De esta manera es como puede reencontrarse con su mujer y su hija en el más allá.
Por su parte, Stack, quien es víctima de los vampiros, en específico de su reciente convertida y amada Mary (Hailee Steinfeld), también es capaz de tomar decisiones: decide la inmortalidad y vivir lleno de ira y de bajas pasiones, pero también, dejar a Sammie en paz. Podría también acabar con su vida para liberarse. El punto es que incluso él, tiene opciones. La verdadera libertad tampoco está en los excesos.
Otro mensaje interesante de la cinta es que parece que la única manera de liberarse de las cadenas de este mundo es através de la muerte. Stack, al final de la cinta, le comenta a un viejo Sammie (ahora interpretado por Buddy Guy) que antes de convertirse en vampiro, antes de abrir su bar… se sintió libre. Fue la última vez que vio la luz del sol, justo al atardecer que anuncia la muerte del día y la llegada de la oscuridad.
