por Miguel Angel Aispuro Ramírez

El cadáver de un niño yace sobre un espejo de sangre, apenas cubierto por harapos que fueron un atuendo femenino. Su mano derecha ha sido casi cercenada. Cortes profundos recorren todo su cuerpo, revelando sus entrañas. Lo peor es su rostro: el maquillaje intacto, enmarcando sus cuencas vacías, los ojos ausentes. Su boca apresa un trozo informe de carne cuyo misterio se ve resuelto por las heridas salvajes entre sus piernas.

En algún momento de la noche del 3 de marzo de 1896, sobre el puente de Brooklyn, Georgio Santorelli, alias Gloria, encontró su muerte. No es el primero. El horror de estos crímenes da inicio a la novela El Alienista (Caleb Carr, 1994) y su posterior adaptación del 2018 en formato de serie televisiva por Cary Fukunaga.

Ambas experiencias, la lectura y el visionado de la serie, ofrecen una dimensión distinta y complementaria de la historia.

Por un lado, la novela es detallada y exhaustiva. La descripción de Nueva York es precisa y pormenorizada, no en vano Caleb Carr es historiador militar. Describe desde sus arrabales y callejones hasta sus grandes auditorios, galerías y restaurantes; a sus personajes (los históricos), sus tradiciones y costumbres sociales; a su oligarquía y a sus inmigrantes hacinados. Así pues, el punto fuerte de la novela es llevar al lector en un viaje de 600 páginas que erige a la ciudad desde cero, que poco a poco la habita de personajes secundarios sólidos e interesantes (aunque algunos caigan en la caricatura y otros en la hagiografía, como el caso de Roosevelt).

A través de los ojos de John Moore (narrador de la historia, un reportero del Times) el lector contempla al enigmático Laszlo Kreizler y sus avances en el campo de la psicología y la investigación policial, así como su tortuosa personalidad.

La investigación de los crímenes, al igual que la ciudad, es construida desde los cimientos, sin ningún presupuesto o concesión, con todos sus claroscuros y dificultades. Para Kreizler, el responsable de los crímenes es un producto del mundo que el autor construye minuciosamente. Su cacería es también reconstruir desde cero su psique y encontrar en cada uno de los gestos de su crimen los episodios de un drama intuido.

El único defecto que adolece la novela es su narrador. Quizás como un recurso que posibilita la plena identificación del lector con el personaje de John Moore, éste carece de una personalidad rica y genuina. No posee una profundidad psicológica ni una historia personal. Su sentido moral es estándar, y no de finales del siglo XIX sino de los tiempos de la publicación de la novela. Esto es especialmente notorio en su actitud tolerante (pero de superioridad moral) hacia la homosexualidad y de censura a la prostitución y el alcohol.

The Alienist, la serie, es ante todo una relectura de la novela homónima. Es fiel a su anécdota, pero la enriquece en personajes y atmósfera. Mientras que la novela es un ensayo sobre la patología, la serie ensaya sobre la maldad, sobre la negrura del corazón humano.

Desde el inicio de la historia se establece una dicotomía singular: John Moore, aquí no un reportero del Times sino un ilustrador, dedica su vida a retratar a la alta sociedad que puede darse el lujo de contratar sus servicios; Laszlo Kreizler, un alienista a cargo de su propia institución, pone en evidencia los traumas y las pulsiones ocultas que condicionan al Hombre. Uno muestra la cara que todos desean mostrar, el otro la que ocultan. Nueva York es retratada sucia y oscura, crece como un organismo vivo pero al mismo tiempo se pudre y colapsa en su corrupción y decadencia. Sus personajes no escapan a la atmósfera enfermiza: no son ajenos al desprecio y a la misoginia (aunque sutil en ellos) de la época:

John Moore pasa sus noches bebiendo y reinterpretando el drama de su ruptura con la prostituta en turno; Sara Howard esconde su propia historia de sangre y decepción; Laszlo Kreizler, arrogante e insensible, su implicación en la resolución de los crímenes es más vanidad que sed de justicia. Para esta tríada, los crímenes serán un espejo donde habrán de contemplarse. Este es el centro de The Alienist: conocer y, con pesar, comprender los impulsos del criminal, comprender «aquello que da significado y propósito a un alma ennegrecida».

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