por José Noé Mercado
Maria by Callas, documental de 2017 del francés Tom Volf, se estrenó en México como parte de la 66 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional. Este trabajo sobre la vida de la soprano más famosa del siglo XX demuestra que el sólo hecho de abordar un tema o un personaje icónico del arte no es sinónimo de una creación destacada o memorable.
Como pieza documental, Maria by Callas decepciona al no aportar contenido, líneas ensayísticas o perspectivas distintas a las ya conocidas para aproximarse al complejo personaje que pone en pantalla.
Por el contrario, omite pasajes, puntos clave de su biografía y carnet artístico que si bien pueden ser polémicos o motivos de controversia, son indispensables para dimensionar el ascenso operístico de Callas hasta convertirse en La divina, así como su ingreso al jet set primero al lado de su marido (el acaudalado empresario industrial Giovanni Battista Meneghini); su escandaloso proceso de divorcio para vincularse con el magnate Aristóteles Onassis y, luego de que éste la abandonara para casarse con Jackeline Kennedy, su doloroso precipicio no sólo canoro sino emotivo y vital.
Este discurso multimedia es respetuoso pero hermético al interior real de María: pese al título del documental y a la intención de que la artista revelara un retrato íntimo de la mujer, hay un clarísimo interior dictado desde la figura pública, desde la celebridad. La obra parecería buscar más bien el sitio histórico de una biografía oficial de la cantante griega de origen estadounidense, inmaculada, apta para el horario familiar.
Por ello se pierde la oportunidad para la reflexión y el análisis y, desde luego, no hay cabida para la discusión de la pertinencia vocal y técnica para sostener una carrera de primer orden más allá algunos años privilegiados o de la toma de decisiones, a todas luces erróneas, de una mujer que habría de terminar, casi, en la completa soledad, medicada, en su departamento parisino, alejada de los escenarios luego de escaparates múltiples, masas de adoradores, viajes paradisiacos, paseos en yate y demás lujos.
El material en audio, imagen y video del que se vale Volf —salvo alguna fotografía, alguna carta, algún instante de pietaje por aquí y por allá—, es material de archivo ya antes visto y de libre circulación incluso en plataformas cibernéticas.
Su hilvanado no deja de conmover en ciertos momentos (Callas es Callas, a fin de cuentas), pero es más bien soso, como pequeñas cápsulas que se abren y cierran sin contemplar un arco dramático integral.
Hay repetición de imágenes, apariciones de personalidades anunciadas en la publicidad que en realidad no pasan de ser casi cameos, grandes huecos narrativos y saltos temporales que rompen el ritmo interior del documental y que, lo más decepcionante, dejan la ingrata sensación de que el material para presentar era limitado y que algunas arias completas interpretadas por Maria Callas (las infaltables “Ah, non credea mirarti” de La sonnambula de Vincenzo Bellini; “Vissi d’arte” de Tosca de Giacomo Puccini; La habanera de Carmen o su icónica “Casta diva” de Norma) estaban ahí sólo como relleno, para abultar el metraje.
La mira deslumbrada al escenario, el culto a la celebridad sin distancia creativa y crítica, o el uso inconstante de algunas máscaras de video —para crear efecto Súper 8, de diapositivas, de nostalgia y de pasado— tienen algo de naif, de quien juega con las herramientas de su programa de edición de video para presentar con cierto efectismo su proyecto académico.
El documental de Tom Volf no es, en forma alguna, despreciable, ni debería criticarse más allá de un ejercicio formal cinematográfico que intenta acercarse con admiración y amor a un tema que, se nota, le atrae y le apasiona.
Aunque es claro que queda en deuda con el especialista, con el gran fanático, y que la atracción que pueda ejercer en el no-aficionado operístico es francamente débil porque no deconstruye la estrella fulgurante y su tragedia griega; se conforma al contemplarla. Su target real es el neófito, de aquel público que ya deambula en los pasillos del espectáculo sin límites (la ópera), sin haberse iniciado aún entre los ropajes de sus dioses y monstruos consagrados.
