por Montserrat Pérez Bonfil

El faro, la nueva cinta de Robert Eggers (La bruja), es un viaje alucinante al interior de un par de psiques perturbadas por la soledad que vale la pena revisitar más de una vez.

Ésta es una de esas películas que, cuando finalizan, te dejan con tal colisión por dentro que cuesta trabajo ligar los pensamientos para enunciar algo que explique lo que acabas de ver, pero lo intentaré:

Robert Eggers no es un director convencional, ya lo dejó claro en 2015 con La bruja, su primera película. Él abre algunas puertas de la psique para llegar a los recovecos donde se esconden los verdaderos monstruos que acosan al hombre: pesadillas, secretos oscuros, fantasías perversas…
Así, crea un espacio trastocado que da inicio a un juego siniestro entre sus protagonistas y que, de alguna manera, jala también al espectador hacia ese remolino.

El año es 1890. Dos hombres arriban a una misteriosa isla remota de Nueva Inglaterra para cuidar del faro por las siguientes cuatro semanas. Thomas, el veterano (Willem Dafoe), lleva años curtiéndose en la labor. Es duro, ruin, supersticioso y habla un inglés roto: la jerga de los marineros de la época. Ephraim (lo llamaremos así para evitar confusiones), el joven asistente (Robert Pattinson), es un ex-leñador que ha llegado ahí en busca de un trabajo que le haga destacar y ganar dinero: “mientras más alejado es el trabajo, mayor es la paga”, afirma, aunque Tom sospecha que el chico llegó hasta ahí huyendo de algo.

Sobre estas dos espaldas está erigida El Faro y la trama se desdobla de la cotidianidad que les hace dormir, comer y hacer lo más básico de la vida, todo el tiempo juntos, mientras trabajan para sobrevivir a las duras condiciones climáticas.

Ephraim tiene que soportar el maltrato constante de Tom, quien lo llama “perro” y lo mantiene ocupado con las labores más duras de la jornada, mientras que el veterano guarda para sí la exclusividad de velar la luz del faro, como si de una mujer se tratara.

La superstición, el mito y el folclore van entintando la cinta de un terror psicológico que nos alerta de lo que viene. Ephraim es asediado por una gaviota y gracias a ella se evidencia el carácter iracundo del chico, pero Tom advierte: “Nunca mates a una gaviota. Son las almas de los marineros que han llegado ante su creador.” Más adelante, la veleta cambia y una tormenta se dejará venir sobre ambos.

Lo sobrenatural y el onirismo que nos presenta Eggers a través de un narrador poco fiable, hacen que nos cuestionemos constantemente si lo que vemos es un sueño, una alucinación, una ilusión, el flujo de conciencia de alguno de los personajes o la realidad y, a la postre, terminamos arrastrados por la tormenta junto con los personajes, escuchando el constante sonido de la bocina de niebla que permea el diseño sonoro de la película de principio a fin.

La cinta fue filmada con un presupuesto limitado y bajo condiciones bastante adversas, pero el oficio como cineasta que se está creando Robert es evidente. El guion lo escribió de la mano de su hermano Max, con quien llevaba planeando la historia desde 2012. Max tenía la idea de hacer una historia contemporánea de fantasmas en un faro y no fue hasta después de filmar La bruja que Robert retomó la historia de su hermano, pero basándose en la tragedia real de dos fareros galeses del siglo XIX.

Las decisiones formales y técnicas por parte de Eggers y del cinefotógrafo Jarin Blaschke, con quien también colaboró en La bruja, aportan tanto a la poética visual como a la narrativa. Al filmar en Blanco y Negro, en película de 35 mm, con un formato académico 1.19:1 (casi cuadrado, como el de las primeras películas sonoras) y adaptando óptica de 1918 a las cámaras, Blaschke logra imágenes que, por sí mismas, están cargadas de una belleza inconmensurable, al tiempo que nos hacen sentir lo perturbador de las situaciones que viven los personajes.

El objetivo de Eggers, además, era que la cinta se viera y se sintiera como una película de principios del siglo XIX.

Las condiciones bajo las que se rodó esta cinta fueron en extremo difíciles: temperaturas bajo cero, vientos intensos, nieve, lluvia y las aguas heladas del Atlántico, pero eso ayudó de alguna manera a la realización, ya que las tormentas y las condiciones climáticas que se retratan en la cinta fueron reales y no se necesitaron máquinas para recrearlas.

Por su parte, el clima también afectó (para bien) el impresionante trabajo actoral de Defoe y Pattinson, quienes permanecieron alejados el uno del otro durante el rodaje salvo para filmar las escenas juntos.

Es indispensable señalar la infinidad de influencias literarias, pictóricas, fílmicas y poéticas de las que abrevan los hermanos Eggers para construir la historia. Además de los mitos evidentes: Prometeo (Ephraim), Proteo (Tom), Poseidón, sirenas y seres tentaculares, la cinta está influenciada por la literatura de Herman Melville, Robert Louis Stevenson, H. P. Lovecraft y Algernon Blackwood. Y, en un nivel más profundo, el metafórico, El faro es un festín de simbolismos jungianos que van desde el homoerotismo hasta el juego de espejos que existe entre los personajes.

3 replies
  1. Jessica
    Jessica says:

    Montse escribiste una gran reseña de la película,impecable,felicidades 👏👏😃
    Es la primera vez que te leo y me encantó.

    Responder

Leave a Reply

Want to join the discussion?
Feel free to contribute!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *