por Jerónimo Arellano Zandi

El segundo episodio de la mini-serie Catalina la Grande (Estados Unidos, Reino Unido, 2019) pierde potencia dejando al lado la conspiración política en contra de una mujer pero se enfoca en el desarrollo de los personajes y los nexos entre ellos, sobre todo entre la zarina (Helen Mirren) y su nuevo favorito de la corte, Potemkin (Jason Clarke).

Si el primer episodio de la serie nos demostró la situación dentro de la corte rusa y del rechazo a Catalina “La usurpadora”, el segundo inicia tiempo después, con Potemkin que fue mandado a pelear contra los turcos y asciende en el ejército, adquiriendo una gran reputación como comandante militar.

Catalina siente remordimiento de haber mandado a su amado al frente pero le escribe constantemente para que sepa que ella no lo ha olvidado.

Al terminar el conflicto, Potemkin regresa a San Petersburgo, donde inicialmente es ignorado por la zarina, lo cual le genera frustración y ganas de abandonar la corte. El comportamiento de Catalina se debe a que siente temor por amar a alguien, inclusive llega a confesar los malos tragos que sufrió mientras estuvo casada con el zar Pedro III. Afortunadamente para ambos, ella llega a superar este temor y decide entablar una relación amorosa con Potemkin.

No todo es miel sobre hojuelas, su hijo, el príncipe Pablo (Joseph Quinn), desea ser más activo en la corte pero ella se rehúsa a darle un puesto y en la provincia ha iniciado una rebelión bajo el mando del cosaco Yemelián Pugachov (Paul Kaye), quien declara ser el difunto zar Pedro III y ordena rechazar la autoridad de la zarina y pelear por los derechos de los siervos y los pobres de Rusia.

El principio del segundo episodio es interesante: nos muestra un montaje entre la zarina escribiendo cartas a su amado y Potemkin en el frente, matando a sobrevivientes otomanos de las batallas y siendo vanagloriado por su comandante superior. En un momento, hay una fosa repleta de cadáveres enemigos; los rusos desvalijan a los otomanos mientras los superiores observan. Es una escena curiosa ya que hace una crítica sutil a la guerra y al “honor” de los soldados pero es la única de la serie hasta ahora que lo hace tan frontalmente.

El guion construye la relación amorosa pero se siente que algo falta, aunque es creíble y se basa en la personalidad de Catalina y Potemkin, no en clichés. No obstante, se sacrifica mucho a otros personajes que se introdujeron en el primer episodio, aunque puede que se deba a que este episodio funciona como un puente para hacer avanzar la historia en los próximos episodios.

El vestuario, por parte de Maja Meschede, continúa siendo magnífico. Los detalles de los vestidos y uniformes son extraordinarios, sobre todo el que utiliza la zarina al final  del episodio para celebrar la victoria de Potemkin.

El ritmo es veloz, no aburre y aunque no se profundiza mucho en los conflictos,  quedan los cimientos y se espera que sean aprovechados más adelante en la serie.

Catalina la Grande se embarcó en narrar la historia de uno de los regentes más interesantes de la historia mundial y hasta ahora ha cumplido.

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