Roma (México, EU, 2018) de Alfonso Cuarón no es sólo un viaje en el tiempo, es una visita a lo profundo del alma que nos lleva a dar un paseo por nuestra infancia; nos recuerda el amor inocente y el sacrificio de nuestras nanas, así como la fortaleza de nuestras madres que, por amor, son capaces de transformar los trances más dolorosos de nuestras vidas en  la promesa de grandes aventuras.

Sin exagerar, esta magnífica cinta podría considerarse la obra maestra de la cinematografía mexicana de lo que va del siglo XXI. Y no es de sorprender que haya sido escrita, dirigida y fotografiada por el propio Cuarón, ya que de todo el cuerpo de su obra cinematográfica, ésta es la más personal y, seguramente, el resultado hubiera sido muy distinto con la intervención de alguien más en estas áreas clave para la creación del filme.

Cleo (Yalitza Aparicio), además de ser la ayudante doméstica, es nana de los cuatro hijos de la Señora Sofía (Marina de Tavira): Toño (Diego Cortina Autrey), Paco (Carlos Peralta), Sofi (Daniela Demesa) y Pepe (Marco Graf).

Cada día, la muchacha se levanta antes que nadie, prepara el desayuno con ayuda de Adela (Nancy García), despierta a los pequeños con nanas mixtecas y los alista para ir al colegio, bajo la supervisión de la abuela Teresa (Verónica García). Más tarde, bajarán los patrones: el doctor Antonio (Fernando Grediaga) y la señora Sofía.

Poco a poco, Cuarón nos lleva de la mano hacia el interior de la vida familiar, vista desde los ojos de Cleo y enmarcada en un personaje mudo pero eternamente presente dentro del drama: la casa familiar situada en la Colonia Roma de la Ciudad de México.

Cleo es la típica muchachita inocente proveniente de Oaxaca que vive junto con Adela en el pequeño cuarto de servicio al fondo del patio la casa, entre sus tareas, además de limpiar y cuidar a los niños, también están recoger las cacas del perro del patio y abrir la puerta del zaguán cada vez que se escucha el sonido del cláxon característico de los patrones.

En apariencia, la vida de esta familia es perfecta, pero la realidad es que el matrimonio se está desmoronando y la señora Sofía tendrá que hacer todo lo posible para sostener la situación y reconstruir su matrimonio a como dé lugar.

Mientras tanto, Cleo vive la ilusión del primer amor y la amargura del primer abandono. Así, dos vidas que parecían tan distantes la una de la otra, se tocan en sus soledades. Sofía da todo su apoyo a Cleo, incluso en los momentos más difíciles y, a pesar de que en ocasiones explota de desesperación o rabia, le reitera, al igual que sus hijos, el profundo cariño que la familia siente por ella.

De esta forma, Cleo es “un miembro más de la familia” eternamente presente, en vacaciones y festividades. Ella va con gusto, por amor a los niños, a pesar de que por momentos su labor se asemeje más a un trabajo perpetuo.

A través de Roma, Cuarón no sólo nos lleva de visita a un año clave de su infancia en México de principios de los años 1970, además nos revela su relación desde pequeño con el cine, cuando asistía con toda su familia al Cine Las Américas, a la vuelta de su casa. Alfonso aprovecha para mostrarnos las historias que enmarcaban los cines antiguos de la ciudad, no sólo las que se proyectaban en las grandes pantallas, sino las que ocurrían en las butacas e incluso antes de llegar a la taquilla.

El director hace de la sutileza un recurso más para mostrarnos cuán distinto era acudir a las salas del  Metropolitan o Las Américas en aquellos ayeres en los que los boletos eran tan accesibles que podía ir toda la familia en bola y las clases más desfavorecidas lo tomaban como una actividad cotidiana de domingo.

Cuarón es un maestro de la metáfora, y lo ha sido siempre. Es un cineasta profundo a quien no parece gustarle quedarse en la anécdota de sus historias y, si tenemos la oportunidad de detenemos a observar, encontraremos que Roma también encierra guiños a los trabajos pasados del autor: la constante presencia de astronautas dentro del filme puede ser una referencia a su último largometraje, Gravity (2014), o quizá tan sólo es una ubicación temporal de la historia, ya que un par de años antes, Neil Armstrong había sido el primer hombre en pisar la luna. Por otro lado, existe una escena que nos remite claramente a aquella de Los niños del hombre (2006) en la que una mujer entra en trabajo de parto en medio de una situación de extrema violencia.

La cinta posee una gran dosis de poesía que nos deja atónitos con su belleza: empezando por el hecho de estar filmada en blanco y negro, el color de los sueños y los recuerdos, por momentos, parece que estamos inmersos en una cinta de Fellini o de Buñuel, donde el surrealismo se apodera de la escena y Cuarón tiene la oportunidad de homenajear de forma contundente a sus héroes del cine.

Con Roma, Alfonso Cuarón ha venido a sentar un precedente para el cine mexicano: lo importante es tener una buena historia y contarla con sinceridad.

Por último, Roma también ha venido a señalar algo de gran importancia para la industria cinematográfica mexicana: no hay suficientes canales de distribución para los productos audiovisuales que no encajan en la normativa común del cine comercial.

Si bien sabemos que las dos grandes cadenas de salas son un monstruo del mercado cinematográfico y tienen muy claro su negocio, es muy triste que no existan más recintos alternativos donde se puedan proyectar otro tipo de filmes independientes.

Aún puedes ir a ver Roma en la gran pantalla. A pesar de que las funciones en la mayoría de las salas están agotadas, los productores harán una función masiva en el auditorio Blackberry, consulta los detalles aquí. Netflix la estrenará a través de su plataforma el próximo 14 de diciembre.

 

 

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