por Pascual Morones

Llegó a su fin otro año y mientras las campanadas de un nuevo arranque retumbaban en mi cabeza, destellos de recuerdos inundaron mis pupilas: risas, enojos y llantos; trenes, camiones y tractores; conciertos, películas y comidas; barcos, aviones y peatones. Sí, esas imágenes eran asaltadas por canciones de Árbol, banda argentina cuya tocada en el Pasagüero de la Ciudad de México redondeó mi 2019.

Mi asistencia al concierto del viernes 13 de diciembre no significaba sólo cerrar el año musical, esa noche estrellada cumplía el sueño de mi yo de 15 años. Aquel 2007 en el que Los infiltrados de Scorsese se llevaba la estatuilla a mejor película en los Óscar, el soundtrack de mi vida fue patrocinado por Árbol y su disco Hormigas. Tener ese material representó mucho para mí pues era el primer álbum que podía conseguir de la banda oriunda de Haedo, provincia de Buenos Aires.

El Pasagüero, ubicado en el centro de la Ciudad de México, es un recinto caracterizado por su extraña mística. Sitio pequeño, con columnas que yacen frente al escenario y que, si tienes mala suerte, únicamente podrás ver tres cuartas partes del espectáculo. Un lugar ajeno a mí, pero Árbol hizo que se sintiera como una extensión de casa.

Y es que para Árbol sus seguidores son lo más importante. Al abrir las puertas, eran ellos los que te recibían y atendían la mesa designada para poder adquirir su mercancía oficial. “Hola. Traje un disco para que me lo firmen… ¿se puede?” dije, sacando mi álbum de 2007. “Claro, gracias por estar acá” respondió Pablo (el vocalista) y con ese trazo de tinta negra empezó todo.

Llegó el momento y la banda apareció en el escenario. Pablo, Hernán, Sebastián y Martín, enfundados en su característica vestimenta completamente blanca, dieron inicio al último concierto de su gira en México al ritmo de “Tiembla el piso”, sencillo con el que volvieron a las andadas en 2017 tras casi 7 años de estar lejos de los escenarios.

“Se aceleran los latidos…”.

La energía que desprende Pablito en el escenario deja mucho a la reflexión. Para él no importa si al frente suyo hay un estadio lleno o una audiencia íntima como la de hoy. Canta, brinca, baila, se avienta al público, toca su guitarra (la desafinada según él), se entrega en cada nota. Recorre entre la gente sentado en los hombros de un fan, llora si la noche le ha robado un par de lágrimas. En cada canción rompe su voz y regala a su familia sus últimos suspiros.

“¡Aguante, Árbol!”, grita un chico de cabello color noche con el puño apuntando a la Luna. Hernán suelta su guitarra para voltear a verlo y, construyendo una sonrisa a partir de memorias de poco más de dos décadas, eleva su mano para responder el llamado. Tras unas facciones que irradian calma, se encuentra el conductor, él es el encargado de guiarnos a través de las notas que desprende su instrumento de seis cuerdas.

Sebastián no sólo toca el bajo, también es el principal cómplice de Pablo en el escenario. Cual niños que llegan a un parque, ambos viven y disfrutan cada una de sus canciones como si fuera la última vez. Sebas, como le grité ya en confianza, está a cargo de la voz en algunas rolas y, curiosamente, la primera que cantó en la noche viene en mi, ahora firmado, disco Hormigas.

“Admiro tanto tu elegancia al andar, lo bien que frente a los demás te expresas…”.

La noche, paso a paso, termina con la tocada. Martín se levanta de la batería y se adueña del micrófono para intentar normalizar las pulsaciones de los asistentes y así conducirlos a un inminente regreso a la normalidad. Libre de baquetas, Martín lanza una dedicatoria al amor. Giro mi cabeza y me encuentro con la mirada de mi pareja perfecta. No hablamos, no nos acercamos, sólo nos vemos, nos sonreímos mientras se escucha de fondo esa voz sentimentaloide diciendo:

“Cada rincón que miro y me acuerdo de tu amor”.

Escondida en las sombras está Maia Prieto tocando el violín. Desde la segunda canción es parte del escenario. Constantemente, Pablito la llama al frente. Ella niega con la cabeza, suelta una sonrisa tenue, cierra los ojos y menea su cabello al ritmo de la canción. Adulto el concierto, por fin responde al llamado y, con las mejillas ruborizadas, se adueña de todo. Ella es Árbol, ellos son Árbol, todos en el Pasagüero somos Árbol.

Llega el final y, con él, la última parada de este viaje. Pablito, Hernán, Sebas y Martín dejan instrumentos en el suelo para pararse al límite del escenario. La última rola de la noche será a capella. En ese momento, el Pasagüero se transforma en un recinto cuyas paredes sirven como amplificadores de un eco que baña a los presentes haciéndolos cerrar los ojos.

Silencio.

Primeros parpadeos al ritmo de aplausos para la banda.

La magia se desvanece por hoy.

 

 

 

 

 

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