por Jerónimo Arellano Zandi

Tiempo sin pulso (México, 2016) es una película mexicana innecesariamente lenta que muestra cómo una familia lucha con el fantasma de la muerte de uno de los hijos. Dirigida por Bárbara Ochoa, la cinta se siente más como un proyecto estudiantil que como una pieza profesional. El conflicto permanece superficial la mayor parte del tiempo.

Bruno (Andrés Lupone Ojeda) estudia en la facultad de ciencias políticas de la U.N.A.M. Su vida es una especie de limbo, no disfruta su existencia y no tiene motivación excepto para dibujar. Desafortunadamente, el ambiente familiar no le ayuda para nada: su madre, Martha (Carmen Beato), está traumada por la muerte de Esteban, el hermano mayor de Bruno, quien murió en un accidente automovilístico años atrás. La mujer vive en un eterno luto y se comporta agresiva con los otros miembros de la familia. Todo gira en torno a la pérdida.

Bruno se da de baja de la universidad, pero, afortunadamente para él, Elisa (Alejandra Cárdenas), su vieja novia, regresa de Nueva York. La chica le coquetea, se preocupa por él, pero Bruno no es capaz de disfrutar la vida. Pero cuando todo apunta a que la existencia de Bruno seguirá estancada, la ex novia de Esteban se presenta en una reunión familiar, forzándolos a confrontar su incapacidad de aceptar la pérdida.

Escrita y dirigida por Bárbara Ochoa, la cinta es un buen intento, pero duele decir que el resultado final deja mucho que desear. El guion es el eslabón más débil de la obra ya que a veces no hay conflicto y cuando lo hay es tan tenue que no despierta ninguna emoción en el espectador.

El único arco dramático que funciona es el de Martha, la madre, con una sólida actuación de Carmen Beato, quien logra reflejar el calvario que debe ser la pérdida de un hijo. La audiencia puede sentirse frustrada con su incapacidad para aceptar la realidad y su lucha interna constante. Afortunadamente, la actuación de Beato no es la única buena, en general, el elenco cumple con sus papeles pero las fallas del guion impiden que muestren todo su potencial.

La fotografía, a cargo de Sebastián Hiriart, funciona, aunque la elección de filmar la cinta en formato 4:3 (cuadrado) no aporta nada especial.

El mayor pecado de Tiempo sin pulso es ser demasiado vaga en cuanto a la trama, se siente como una cinta estudiantil que no aporta mucho al saturado mundo de películas con clichés en el que vivimos.

No vale la pena verla, aunque tenía potencial para ser una gran historia.

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