por Miguel Ángel Martiñón Calzada

Dora y la Ciudad Perdida (EE.UU y Australia, 2019) enseña a los niños, a través de un humor un poco soso, que la mejor forma de tener amigos verdaderos es siendo uno mismo.

La historia del film, basada en el famoso personaje infantil de Nickelodeon, Dora la Exploradora, se aleja de las aventuras de la niña exploradora para mostrarnos a una Dora adolescente (Isabela Moner) que tiene que enfrentarse al salvaje ambiente escolar después de haber pasado toda su vida viviendo en la jungla con sus padres.

En este nuevo mundo, los mayores retos de la púber serán hacer amigos y recuperar la simpatía de su primo Diego (sí, el mismo de Go, Diego, Go!).

Mientras la adolescente intenta sobrevivir a su nueva situación, sus padres se aventuran en la búsqueda de la ciudad perdida de Parapata en Perú. Dora, después de haber perdido el rastro de sus progenitores, es raptada junto con otros tres estudiantes –incluido Diego– por mercenarios que desean encontrar Parapata debido a los tesoros que las leyendas sobre la ciudad prometen.

Así, Dora se ve obligada a encontrar a sus padres antes de que los rufianes lo hagan.

La idea general de la película es interesante en sí misma y recuerda un poco al argumento de Chicas pesadas (Mean Girls, 2004), pues en ambos casos una chica que fue criada en la selva tiene que adaptarse al ambiente citadino.

Por otro lado, el mayor reto de esta película es adaptar los personajes de la caricatura a las situaciones de la vida real, sobre todo en el caso de los objetos y animales con características humanas.

Los personajes mejor logrados son Dora y Diego; la primera mantiene la inocencia del personaje animado, característica que produce situaciones cómicas cuando se le enfrenta al mundo real; el segundo cambia respecto a su versión de caricatura, pues tuvo que adaptarse a la vida social adolescente.

Zorro y Botas son el punto más débil de la película pues, a pesar de haber sido creados con CGI por la misma gente que logró los animales hiperrealistas de la última versión de El Rey León, la animación resulta tétrica y del calibre del polémico nuevo Sonic.

Por otra parte, digámoslo sin rodeos: Dora y la ciudad perdida es una película infantil, pero tranquilos, papás, porque eso no implica que a los adultos no pueda sacarles una que otra risa, cortesía, principalmente, de Eugenio Derbez.

Un interesante guiño para la nostalgia infantil, es cuando, gracias a un alucinógeno, los personajes se transforman en caricatura. Gracias a este recurso, podemos ver a los personajes de la mochila y el map, aunque la forma de introducirlos no sea la más ortodoxa.

A parte de todo lo ya apuntado, el principal acierto de la película es el mensaje para los niños, enfocado a enseñarles que la mejor manera de llevar la vida y de obtener amigos de verdad es siendo nosotros mismos porque no hay razones válidas para perderse en el proceso de intentar encajar en el grupo.

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