por Paty Rodríguez

Estos días, Lana del Rey reapareció en las listas de música nueva con su más reciente álbum, Norman Fucking Rockwell. La recepción del material ha sido más que favorable y no es para menos, pues la carga emotiva y conceptual que cada pieza desarrolla es realmente compleja. No queda otra opción sino sentarse a escuchar y vivir cada una de las canciones en este nuevo álbum.

Las referencias a la cultura pop norteamericana siguen siendo abundantes en NFR, tal como lo fueron en los ya lejanos Born to Die y Paradise: Springsteen, Elvis, Las Vegas eran motivos frecuentes en ese entonces, buenas fuentes de inspiración.

Podríamos decir que esta vez tenemos un resultado mucho más maduro, crítico e introspectivo con respecto a la vida como estadounidense: no hay ningún tipo de oda al “sueño americano”, ni imágenes de la bandera, ni nada parecido a primera vista.

Sin embargo, sabemos que Lana del Rey no se desentenderá de la cultura estadounidense desde que conocemos el título del nuevo álbum. Norman Rockwell, el artista al que se hace alusión, fue un ilustrador que a principios del siglo pasado se dedicó a pintar imágenes de la vida norteamericana, una suerte de cuadros costumbristas que no estaban exentos de cierta ironía. En este álbum, se encuentra un nuevo estandarte para configurar la vida en EU, un sueño americano viciado.

Con este álbum, Lana hace algo similar al artista cuyo nombre es retomado: pinturas rebosantes de elementos propios de la cultura estadounidense, pero que conmueven sin importar fronteras. Ella, como Norman Rockwell, conjuga magistralmente lo universal con lo local.

La artista se muestra a sí misma como parte de un gran cuadro: en las letras amplifica lo universal mediante la sublimación de sus vivencias, sus sentimientos y el amor, todo esto con un marco local de referencias a lugares (sobre todo de California), a otros artistas y hasta a usos de diferentes variantes dialectales, como las expresiones de marineros usadas en “Mariner’s Appartment Complex”.

Al nuevo álbum no le sobra ninguna canción. Todas ellas aportan algo distinto al disco, pero contribuyen a construir para él una esencia uniforme, en el mejor de los sentidos. Así, tenemos al ameno e irónico, “Norman fucking Rockwell”, el gran cover a Sublime (que a su vez hace referencia al clásico jazz “Summertime” de Gershwin) “Doin’ Time”, y también la conmovedora “Venice Bitch”, uno de los sencillos que presagiaban el gran álbum en que NFR se convertiría.

A nivel musical, prácticamente todas las canciones podrían describirse como baladas que le dan al piano un papel fundamental: este instrumento resalta el color de la voz de Lana en sus diferentes registros y marca perfectamente el beat que sigue cada pieza. Éste, por cierto, es ligeramente más rápido y enérgico en comparación con las canciones que estamos acostumbrados a escuchar en el repertorio de Lana: atrás quedó la languidez de álbumes como Honeymoon.

Por otra parte, también nos encontraremos con pasajes con elementos electrónicos y sintetizadores que le dan a las canciones un carácter alucinante, psicodélico.

Sin embargo, para concretar la cercanía que las canciones ya llevan en las emotivas progresiones de acordes en el piano, es necesario reconocer los hermosos, honestos y desgarradores versos con los que Lana construye las letras.

En “Cinnamon Girl”, la voz poética se confiesa conflictuada en una relación que la llena de dolor y de amor: “queroseno en mis manos, me enloqueces, me pones en llamas”.

En “Love song”, una pieza sobre un amor consolidado y logrado encontramos frases tan poéticas como “en tu auto, soy una estrella y ardo a través de tí”.

Como estos, podríamos enumerar decenas de ejemplos en los que Lana nos lleva a la catarsis: “escribiendo con sangre en las paredes, porque a veces la tinta no sirve en mis notas”, dice en un momento de mayor intensidad. NFR está lleno de elementos culturales para reflexionar, de letras para llorar. Es un álbum completo para vivirse.

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