por Joshua Espinosa

Macario (México, 1960) de Roberto Gavaldón no es una película, es una experiencia. Aprovechando que ya viene al Fiesta del Cine Mexicano, acompáñanos a recordarla.

Con esta cinta, Gavaldón nos cuenta la historia de un hombre cuyos sueños han sido socavados por una desgarradora pobreza, y es justamente esa pobreza la que le genera un sueño. La única cosa que quiere hacer para después continuar con su vida, es comerse un pavo entero él sólo, sin tener que preocuparse por la comida de mañana y sin tener que darle un poco a sus numerosos hijos ni a su adorada esposa. Un anhelo que puede parecer egoísta, pero, seamos sinceros, aquel que no haya sentido un deseo como el de Macario está mintiendo.

A la par de su anhelo, Macario vive con un temor. Su único miedo en el mundo no es un monstruo que puede reptar por el bosque donde él tala, ni la angustiante oscuridad, es algo más real, algo que está presente en cada momento de la vida reposando pacientemente dentro de cada ser humano: la muerte.

Ese deseo y ese temor quedan definidos en los primeros minutos de la película cuando el cerero le da a Macario todo un discurso sobre la muerte y su naturaleza:

Hay que tener más consideración con los muertos porque pasamos más tiempo muertos que vivos.

Estas palabras dejan consternado a Macario. Luego, cuando reparte leña en una panadería, se topa con un guajolote que lo deja obsesionado de tan solo verlo cocinarse en su propio jugo y percibir su suave aroma.

La actuación de López Tarso como Macario es impecable, de hecho, todas las actuaciones del filme lo son, desde Pina Pellicer como la esposa de Macario hasta Enrique Lucero como la muerte, pero López Tarso nos hace sentir como si realmente estuviéramos viendo a un humilde leñador en la pantalla.

El acompañamiento musical compuesto por Raúl Lavista es sublime. Cada vez que aparece un personaje perturbador como el diablo, o cuando surge una situación de angustia como el momento en el que se decide el destino de Macario, se hace presente un diseño sonoro compuesto por  sonidos fuertes y graves.

Sobre los efectos especiales no se puede decir mucho, considerando que la cinta fue estrenada en el año de 1959 y que México, ni antes ni ahora, se caracteriza por tener gran calidad en los efectos especiales cinematográficos, pero teniendo eso en consideración, los pocos efectos que aparecen en la cinta pueden considerarse decentes.

Por su parte, el diseño de producción es fantástico, empezando por las escenas donde Macario reparte la leña en un pequeño pueblo hasta la escena final en las Grutas de Cacahuamilpa. Dicha escena es la mejor de toda la película y la que más lecciones da tanto a Macario como al espectador.

El director, Roberto Galvadón, de la mano del consagrado cinefotógrafo Gabriel Figueroa, usaron ambientes naturales para la realización de la cinta, y la fantástica escena de las Grutas de Cacahuamilpa fue iluminada en su totalidad con luz de vela.

Macario nos deja un mensaje sobre las grandes fuerzas de la vida y la muerte; nos hace cuestionarnos sobre la frágil condición humana en esta disputa que nos rebasa. Mientras la vida y la muerte combaten pacíficamente, el ser humano está demasiado ocupado tratando de subsistir, curioso, lucha por evitar su destino, pero lo único que le queda es disfrutar mientras llega el momento de abrazar a la muerte.


Si no la has visto, te invitamos a visitar esta gran pieza de la cinematografía mundial.

 

 

 

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