por Jerónimo Arellano Zandi 

El rey de la droga (The Drug King, 2018)es  una producción coreana de Netflix que narra la historia de Lee Doo-Sam (Kang-Ho Song), un joyero don nadie que por pura astucia y perseverancia se vuelve el más grande traficante de “cristal” de Corea del Sur.

La película inicia con material de archivo explicando cómo durante la Segunda Guerra Mundial el ejército imperial japonés volvió a varios de sus soldados adictos a la droga ya que ésta les daba “un subidón” y los hacía perder todo temor para atacar al enemigo sin misericordia. Al terminar la guerra, un gran porcentaje de las tropas que sobrevivieron eran adictas a dicha substancia, pero Japón prohibió la manufactura de la droga. Sin embargo, el mercado seguía vivo y el crimen organizado no iba a abandonar esa mina de oro.

Lee Doo-Sam inicia como un joyero don nadie a quien unos contrabandistas coreanos lo llevan a un trueque con miembros de los yakuza (mafia japonesa). Su misión es verificar la calidad de unos relojes de oro. Mientras está analizándolos, llegan las autoridades coreanas y los yakuza se dan a la fuga, dejando la mercancía y el dinero. Momentos después, el joyero descubre que las autoridades están coludidas con los contrabandistas coreanos y  que todo fue un estratagema para quedarse tanto con el dinero como con la mercancía. Desde ese momento, Lee le agarra el gusto a la vida criminal.

El rey de la droga, continúa su desarrollo como película del género gánster, el protagonista va creciendo en fama y poder. Poco a poco, acumula más dinero, más mujeres y más poder, pero como toda historia de ambición que no proviene del poder político, al narco le espera otro destino y Lee  termina cayendo, aunque de una manera no tan tradicional.

Es necesario decir que la  historia ocurre en la Corea de los años setenta, un país milenario pero que históricamente fue asediado por dos países más grandes: China y Japón, quienes los tenían ocupados, obligados a pagar tributo y más. Después de la Segunda Guerra Mundial, Corea fue dividida en dos por los intereses de la URSS y Estados Unidos, la del norte siendo comunista y la del sur no.

En los setenta, Corea era gobernada por el dictador Park Chung-Hee, ex militar que hizo el “Milagro en el Río Han”, el fenómeno donde Corea creció tanto que pasó a ser una de las economías más desarrolladas del planeta pero violando muchas libertades democráticas. Como buena dictadura, tenía una policía secreta brutal que se enfocaba en cazar disidentes y todo sospechoso de ser comunista.

Al ser un régimen tan controlador, los criminales no podían desenvolverse tan libremente como lo muestran las películas estadounidenses, era casi imposible matar o íntimo impunemente.

El final de la cinta recrea momentos de Cara Cortada (Estados Unidos, 1983) pero sin una orgía de sangre y eso se siente extraño como espectador.

La película pudo ser 30 minutos más corta y el montaje se siente a marcha forzada en unas escenas y no se muestra tanto del “business”, más bien se enfoca en el criminal y su necesidad de fama.

Las actuaciones son sólidas y el diseño sonoro es sensacional, desde el foley hasta el uso de sonidos ambientales directos. Y de la música ni se diga, se escuchan éxitos como: In a Gadda da Vida de Iron Butterfly y Venus de Shocking Blue.

Dos aspectos que rescatan a la película son, sin duda,  la recreación del lejano oriente de los setenta, las vestimentas y el decor de influencia occidental, pero adaptado a Corea y Japón, donde se muestran  detalles con mucha riqueza y precisión histórica.

El otro aspecto es el humor proyectado. Las películas coreanas en sus diálogos tienden a un humor negro muy acertado. En una escena donde cuelgan a Lee Doo-Sam y la policía secreta le da de palazos, Lee luego se burla de eso diciendo: “mi abuelo y padre murieron a palazos, es una tradición familiar”.

Actualmente, El rey de la droga se puede ver  en Netflix y es recomendable, sobre todo para ver cómo   lidian con el narcotráfico otras culturas.

 

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