por Jerónimo Arellano Zandi

Masacre (Zan, Japón, 2018) es una película modesta pero con mucho simbolismo dirigida por Shin’ya Tsukamoto que transcurre  al final del periodo Edo en Japón, donde la clase social samurái está en su último respiro ya que han pasado de ser guerreros élites a espadachines sin amo que vagan por el país buscando cómo sobrevivir.

Mokunoshin (Sôsuke Ikematsu) es un joven samurái que ha sido acogido por una familia de campesinos en una diminuta aldea en la campiña japonesa. Contribuye haciendo tareas cotidianas y, en sus tiempos libres, entrena con la espada. Yu (Yû Aoi), la hija del campesino, está enamorada del samurái y han desarrollado cierta conexión.

El samurái le anuncia a la comunidad que tiene que marcharse a la capital para ofrecer sus servicios al Shogun (caudillo en Japón). Esto es justo antes de la temporada de recolectar la cosecha pero están agradecidos con él ya que su presencia mantuvo alejados a bandidos y a samuráis merodeadores que atacan aldeas y masacran a todos.

Unos días antes de su partida, un par de samuráis combaten en el bosque, el calvo y más viejo de ellos se mueve con una elegancia y lentitud que lo señalan como el claro ganador cuando por fin se derrama sangre. Sawamura (Shin’ya Tsukamoto) el viejo samurái, permanece por la zona y observa a Mokunoshin entrenando. Impresionado por el talento del joven, le dice que está reuniendo a samuráis con talento para llevarlos a la capital en un último intento por conseguir honor sirviendo al Shogun, antes que estalle conflicto.

Cabe mencionar que justo por esas fechas el shogunato va a llegar  a su fin y Japón entrará en la “Restauración Meiji”, dejando de ser un país feudal y atrasado para modernizarse hasta alcanzar y rebasar a varios de los estados occidentales.

Shin’ya Tsukamoto, además de interpretar al viejo samurái, también funge como director y en México fue conocido por Tetsuo, el hombre de hierro (Japón, 1989) una película surreal de ciberpunk y horror donde el protagonista se transforma en un ser de acero y cables por culpa de un virus. Esta película fue muy popular en videoclubes y en tiendas Mix up.

En Masacre, Tsukamoto logra crear un ambiente perturbador e inquietante utilizando una fotografía sencilla con tintes sepia y un diseño sonoro con efectos de reverb, además de una banda sonora compuesta por tambores japoneses y teclados.

Las locaciones son pocas ya que todo gira en torno al “mundo” de la aldea: sólo vemos el arrozal, el bosque, una cueva y los interiores de la choza. Todas ellas, a excepción del bosque, muestran un sombrío mundo donde la muerte y las sombras acechan a cada instante.

Todo esto apoya el conflicto subyacente de la película, el joven samurái va tener que derramar sangre aunque se rehúsa a hacerlo, pero el mundo y el destino no le dan otra opción, y descenderá por “un agujero” en el que espectador se pierde y no sabe si lo que está viendo ocurre objetivamente o está dentro de la perturbadora psique de los personajes.

La cinta se construye de tal forma que fuerza al espectador a sumergirse en sus simbolismos para sacarle más provecho a la historia. No es una obra maestra, pero está muy bien realizada y las actuaciones son buenas, además, las peleas son breves pero con un nivel de sangre y crueldad que dejan a Kill Bill sintiéndose como una película de Disney.

Masacre se siente como una pesadilla que vaticina un destino cruel. Forma parte de la selección del actual Foro Internacional de Cine que se proyecta en la Cineteca Nacional y en algunas salas de las cadenas Cinépolis y Cinemex.

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