por Miguel Mora Vargas

El artista anónimo (Tuntematon mestari, Finlandia, 2018), escrita por Anna Heinämaa y dirigida por Klaus Härö, es  la historia de un viejo negociante de arte que se ha visto superado por el corporativismo de la industria del arte actual. Sólo un golpe de suerte lo puede salvar de la crisis financiera.

Situada en Helsinki, Klaus Härö, a través de su personaje principal Olavi Launio (Heikki Nousiainen), nos cuenta la historia de un  viejo galero para adentramos en el comercio del arte, ubicando la acción en una calle céntrica de la capital Finlandesa. El grueso de la trama sucede en dos galerías que están a unos metros de distancia.

Olavi es un viudo solitario que vive alejado de los afectos familiares, un comerciante a la antigua, cuya obsesión se centra en una pintura anónima que él cree que pudo haber sido hecha por un pintor  importante del siglo XIX.

Mientras dedica su tiempo a seguirle el rastro al autor de la de la pintura y a cuidar de que no sea subastada antes de que él pueda adquirirla, aparece su nieto Otto y le solicita trabajo en su galería para poder lograr su reinserción social. Otto necesita alguna ocupación que pueda avalar su buena conducta para que el juez que lo condenó a pagar por su mal comportamiento escolar le levante la condena.

A regañadientes y después de un pequeño preámbulo de reclamos, el abuelo lo pone a cuidar el negocio, mientras él continua en la búsqueda del autor del cuadro que pronto habrán de subastar a unos metros de distancia de donde se ubica su tienda.

El tiempo apremia y Olavi necesita ayuda, poco a poco comienza a involucrar a su nieto en la investigación, es aquí cuando la cinta empieza a convertirse en un thriller que transita por el intrincado mundo del arte, pero a final de cuentas la historia se queda del lado del drama familiar porque no logra cruzar el umbral del género, entre otras cosas porque  las fuertes diferencias generacionales entre el abuelo y el nieto, así como los reclamos familiares, la culpa y la reconciliación ocupan un espacio importante que actúa como camisa de fuerza sobre la trama, impidiéndole el camino hacia otro rumbo más osado.

Sin embargo, la historia se sostiene con fuerza logrando la atención del espectador. Tanto el nieto como el abuelo logran llegar al fondo con su investigación: descubren que la pintura se llama Cristo y fue pintada por Ilya Repin, un pintor ruso importante que recibió influencia impresionista pero que mantuvo el estilo de la escuela de Rembrandt.

Olavi logra comprar la pintura gracias a un préstamo que le hace su hija Lea (Pirjo Lonka), la madre de Otto, pero cuando la casa de subastas se da cuenta de que ha habido un error en el precio de venta se vuelve en su contra y todo se complica. El viejo comerciante de arte se ve acorralado y deberá enfrentar los problemas que le plantea la casa de subastas, así como los problemas familiares que son producto de sus errores del pasado.

El artista anónimo es una película pareja que conserva siempre el tono y la fortaleza narrativa, cuenta con un buen reparto y una buena resolución escénica. Tanto la música de Matty Bye como la fotografía de Tuomo Hutri aportan significativamente al ambiente de la cinta sin perder la perspectiva de la historia, logrando una atmósfera íntima que ayuda a resolver el drama familiar.

Lo importante de la cinta es que deja una sensación agradable porque al final solo se trata de una historia de amor que deja claro cómo los lazos familiares, por más gastados que estén, pueden unirse para curar el daño causado  en el pasado  y restaurar el cariño, sin llegar a un dramatismo desgarrador.

La cinta fue proyectada en el Festival Internacional de Cine de Toronto 2019.

 

 

 

 

 

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