por Hugo “POke” Juárez

La quinta temporada de Black Mirror se queda en un intento de regresar a sus viejas glorias, pero no por ello podríamos decir que es un absoluto desperdicio, sobre todo por aquellos aspectos que representan la esencia de la serie y que se perdieron en la cuarta temporada, pero que ahora están de vuelta, aunque nos hayan dejado con ganas de más.

Comencemos con lo positivo y veamos, por ejemplo, el primer capítulo, “Striking Vipers”, la historia de un par de buenos amigos en sus veintes que se separan por diversas circunstancias de “la adultez”, pero que se reencuentran ya cerca de los cuarenta en un videojuego de realidad virtual que los une de una forma muy diferente y mucho más cercana que antes…

“Striking Vipers” representa interesantes reflexiones sobre la identidad de género, la sexualidad, la personalidad, las máscaras que nos ponemos a diario para interactuar con los otros de manera “socialmente aceptable”, los roles, las expectativas y la rutina; pero también sobre las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías para escapar de nuestra realidad y vivir una mejor y mucho más emocionante.

Luego tenemos “Smithereens”, cuya trama gira entorno a un chofer de una app parecida a Uber que secuestra a un empleado de una compañía que es una especie de fusión entre Facebook y Twitter. Aquí vemos claros atisbos narrativos de las primeras temporadas de esta antología, pues la tensión es buena sin llegar a ser estupenda, y bajo una capa de aparente simpleza se esconden varios hilos que develan situaciones límite relacionados con el uso que le damos a la tecnología.

Para terminar, en “Rachel, Jack and Ashley Too”, protagonizado por Miley Cyrus, nos encontramos con la historia de una exitosa cantante pop cuyo imperio (y su vida, de paso) comienza a caerse a pedazos, mientras la quinceañera Rachel, una de sus fans más fervientes, inocente, introvertida y sin amigos, se hace “amiga” de una especie de muñeca inteligente basada en la cantante. De aquí personalmente destaco la actuación de Cyrus, que me sorprendió para bien… por lo menos en la primera mitad del episodio.

Pero esta temporada de Black Mirror tiene un grave problema: es la que más usa el presente para hablar del presente. Y es que a diferencia de sus mejores temporadas, en las que usaba el futuro como escenario para hablar de nuestro presente o para enfrentarnos a la realidad de que el futuro no es tan lejano como creemos, en ésta prácticamente todo lo planteado por sus episodios está basado explícita y claramente en nuestra vida actual y en cosas que ya desde hace años vivimos todos los días, por lo que no sorprende ni ofrece nada nuevo. Así mismo, las reflexiones que propone no impactan ni llegan a ser profundas por la misma razón.

En “Striking Vipers”, por ejemplo, nos tratan de vender la idea de que los videojuegos (ahora con realidad virtual) nos sirven para “escaparnos de la realidad” y vivir una mejor o nuevas sensaciones, lo cual ya llevan haciendo desde los años 80s y es algo que ya está en el imaginario popular. Además, nos recalcan la idea durante por lo menos la mitad del episodio. Personalmente, yo le hubiera quitado media hora y no habría afectado el final, que tampoco sorprende ni es algo que no conozcamos, porque estos temas de moral y de roles sociales llevan siglos con nosotros.

“Smithereens”, por su parte, pone sobre la mesa de manera demasiado explícita temas de adicción a las redes sociales, de toda la información que les regalamos, de cómo prácticamente nuestra vida entera está en los servidores de Mark Zuckerberg y de cómo puede ser usada esa información para afectarnos sin que podamos defendernos… Temas que hace años se debaten y que se han tocado en otros capítulos de manera mucho más sutil e inteligente.

Y la historia de una cantante pop que se viene abajo que vemos en “Rachel, Jack and Ashley Too” ha sido tratada de mejor manera en múltiples ocasiones, más recientemente en “Vox Lux” y hasta en “A Star is Born”; mientras que la trama de “amigos imaginarios” y los juguetes o ídolos que sirven como únicos amigos de jóvenes introvertidos se ha explotado ad nauseam para despertar preocupación sobre la educación, el bullying, la familia y, claro, la tecnología. Vaya, hasta la cuestión de la “sustitución” ya la hemos visto en otros capítulos de la misma Black Mirror, como “Be Right Back”, y lo de la vida vacía de las estrellas pop en “Fifteen Million Merits”.

Por otro lado, ninguno de los capítulos tiene ese giro de tuerca sorprendente de las primeras temporadas: “Smithereens” se acerca, dejándonos una reflexión acerca de cómo le damos más importancia a los “reality shows” que seguimos en redes sociales que a la realidad misma y cómo cuando algo deja de ser “trending topic” deja de importarnos, aunque continúe en la realidad; pero el colmo es la historia de “Rachel”, que al final se convierte en una pobre imitación de películas familiares de los 70 y 80 tipo “E.T.”, mostrándonos las aventuras pueriles y tontas de unas adolescentes, persecuciones en auto, humor simplón y la verdadera personalidad de Cyrus (lástima, porque de los tres capítulos, éste es el que presenta un planteamiento más interesante).

Es loable que en la quinta temporada de su serie, Charlie Brooker se enfoque de nuevo en las historias de ciertos personajes cuya realidad se va destrozando, en donde la tecnología, si bien juega un papel importante en este caos, no es la culpable ni la protagonista, sino un mero escenario que profundiza las reflexiones. Sin embargo, la riqueza de sus tramas queda debajo de las de sus primeras temporadas y su ejecución no sorprende.

La temporada cinco es sin duda mejor que la desastrosa cuarta temporada, pero tomando en cuenta que Black Mirror dejó la vara tan alto en términos de formatos e interactividad con “Bandersnatch”, ¿será que jamás volverá a ser tan genial como en sus primeras entregas?

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