por Miguel Mora Vargas

Namme (Georgia, 2017), escrita y dirigida por Zaza Khalvashi, es una película intimista, con un estilo minimalista que nos invita a reflexionar sobre el tiempo y el entorno, en un contexto apropiado para recrear imágenes con pocos personajes que contrastan con el difícil ambiente donde se desarrolla la historia.

Situada  en Adjara, al sudoeste de Georgia, en un pequeño poblando perdido en medio de la nada, el director Khalvashi nos muestra una realidad diferente a la del mundo actual de occidente, todo parece desarrollarse a otro ritmo, como si pisáramos otra dimensión.

La historia trata de una tradición milenaria que recae en Ali (Aleko Abishadze), un anciano curandero que cuida de un manantial milagroso con el que alivia a los habitantes del pueblo. Gracias a la presencia de un extraño pez en sus aguas los poderes de sanación del mananatial se mantienen y son más fuertes.  Sin embargo, esa tradición fundamental  en la historia de la comunicad está en peligro de extinguirse.

Ali  no tiene a quién transmitirle los poderes curativos  porque sus tres hijos varones están distanciados, la vida los llevó a ocupar posiciones muy distintas: uno de ellos, Nuri (Ramaz Bolkvadze), se convirtió en un hombre dedicado al estudio del Corán, el otro, Giorgi (Ednar Bolkvadze) es un sacerdote ortodoxo encargado de la construcción de una iglesia en la ciudad y,  por último, su hijo Lado (Roin Surmanidze) es el único maestro de la ciudad, dedicado a la filosofía

Todo parece indicar que se perderá la tradición, de no ser por su única hija Namme (Mariska Diasamidze), que ha adquirido poderes curativos con el agua y que es la única dispuesta a hacerse cargo de su padre y convertirse en sanadora.

Pero la situación se complica cuando una fábrica que está siendo construida cerca de la aldea hace creer a los guardianes del manantial que el agua milagrosa está en peligro de desaparecer  y que, además, el color lechoso que ha adquirido se debe a la construcción de un vertedero.

La lucha entre  las tradiciones y el progreso se hacen presentes, Namme se encuentra en una crisis interior porque al mismo tiempo que su padre Ali la prepara para convertirla en sanadora, ella se enamora por primera vez y empieza a perder sus poderes.

La cinta plantea una disyuntiva que afronta el personaje principal al tener que escoger entre tener una vida privada o consagrarse a las tradiciones familiares para ayudar a las personas. Queda al espectador descubrir que camino tomará está joven aldeana.

Namme es una película que nos muestra la belleza de la naturaleza y las costumbres arraigadas de una comunidad con una gran simpleza, pero con un gran oficio de cineasta donde el atractivo de los escenarios es fundamental para compenetrarnos con la historia, es una película pensada en el entorno  que nos invita a meditar sobre el tiempo y el cambio de la naturaleza conforme se presenta el progreso y la lucha interna de los personajes que lo tienen que afrontar.

La propuesta visual de la cinta tiene que ver con mantener planos estáticos dentro de su larga duración. Cada movimiento de los actores es lento y sólo suceden cuando  hay que  recomponer el cuadro sin perder el equilibrio de la escena, en ese aspecto, el trabajo del cinefotógrafo Giorgi Shelidze, es estupendo, nunca pierde el equilibrio y el balance de la escena.  Por su parte, el trabajo del director Zaza Khalvashi, contribuye a hacer más preciso el movimiento de los actores dentro de estas composiciones muy simples pero llenas de naturalidad.

Namme participó en el  Festival Internacional de cine en Tokio y en el Festival de Gotemburgo, entre otros.  Para aquellos que todavía creen en el cine de arte y la belleza del encuadre, esta película puede llegar a ser importante.

 

 

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