por Miguel Mora Vargas

Viviendo con el enemigo (The Aftermath, Reino Unido, 2019), el segundo largometraje de James Kent, es un drama de la posguerra que intenta atrapar al espectador con una trama de pasión que se queda trunca.

La historia está basada en la novela La secuela (The Aftermath) de Rhidian Brook, quien coescribió el guión de la cinta con Joe Shrapnel y Anna Waterhouse, en un intento de llevar a la pantalla un relato lleno de sensualidad enmarcado en el momento en que las heridas de la Segunda Guerra están expuestas y los personajes que interactúan son seres vulnerables que continúan atados a su pasado, condición que les impide dejarse llevar por una pasión desenfrenada.

Ambientada en 1946, a escasos seis meses después del triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, Rachael Morgan (Keira Knightley) aterriza en la ciudad de Hamburgo en pleno invierno para reunirse con su marido, Lewis (Jason Clarke), un coronel británico que ha recibido la misión de reconstruir la ciudad destruida. El panorama es desolador, todos los habitantes se dedican a buscar entre los escombros los rastros de algún conocido. Pero eso es solo una parte de lo que descubrirá  Rachel al reencontrarse con Lewis.

Después del pequeño preámbulo de su llegada, es trasladada a una gran mansión afuera de la ciudad, un lugar apropiado para un coronel británico y su esposa, todo parece estar bien hasta que descubre que deberá compartir su nueva casa con sus antiguos propietarios, el arquitecto Stefan Lubert (Alexander Skarsgard) y su hija adolescente Freda (Flora Thiemann).

Esta situación poco común, tiene que ver con un acto humanitario por parte del coronel Lewis, quien sabe que al requisarles la casa, el arquitecto y su hija tendrían que ir a quedarse en un campamento de refugiados.

Sin embargo, tal decisión suscita una relación cargada de odio, enemistad y dolor. Poco a poco, descubrimos que Rachael es una sobreviviente de los bombardeos de Londres y que lucha por procesar la muerte de su hijo, ocurrida un par de años antes, tras un ataque aéreo de los Nazis. Por su parte, Stefan y Freda también perdieron a su esposa y madre en un ataque aéreo de los aliados a la ciudad de Hamburgo.

Estos son los elementos con los que cuenta el director James Kent para crear un enredo pasional dentro de una atmósfera cargada de hostilidad y dolor que será propicia para la traición.

Las circunstancias cambian cuando Lewis se aleja de su esposa por la constante demanda de trabajo, debido a las dificultades que enfrentan los ejércitos vencedores sobre las bandas criminales que aún  merodean la zona y enarbolan los ideales del fascismo.

Es entonces que Rachael comienza a sentir una irresistible atracción hacia el singular arquitecto Stephen, y una noche en la que el coronel Lewis está ausente, se acerca a Stephen para atenderle las heridas que sufrió al inmiscuirse en una revuelta callejera. La proximidad y el contacto hacen que las grandes pasiones surjan y, al poco tiempo, Rachael se involucra al grado de considerar huir con Stefan y Freda para emprender una nueva vida.

Aunque los elementos están puestos para que se entrelace una gran historia de amor en un momento social profundo, el relato no logra curzar el umbral de la aventura y la locura de la pasión. Todo naufraga en un mundo convencional con tintes de telenovela y, por desgracia, la película no alcanza el tono deseado: se queda en el piso. Es al espectador al que le corresponde descubrir, si es que le interesa, qué fue de este fallido triángulo amoroso.

La realización de la cinta no es mala, sin embargo, tampoco es sobresaliente, James Kent juega mucho con los silencios en la puesta en escena, cuestión que le da cierta ventaja para crear una especie de suspenso entre los protagonistas al momento de entablar el romance, sin embargo, no es suficiente para trascender en la historia.

Por su parte, la fotografía a cargo de Franz Lustig contribuye utilizando luces de baja intensidad para mantener una atmósfera de tonos grises en los exteriores y luces difusas en los interiores, dando a los personajes un tono propicio en la intimidad, pero nada del resto es sobresaliente.

Viviendo con del enemigo, es una película bien ambientada con un reparto interesante pero con un relato débil que no logra emocionar, sin embargo, el publico puede pasar un buen fin de semana en el cine sin alterarse.

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