por Leonardo Ponce

El director mexicano Sebastián Del Amo desaprovechó la oportunidad de hacer una buena adaptación de una de las mejores, si no es que la mejor novela mexicana del género policiaco: El complot mongol.

Centrada en Filiberto García (Damián Alcázar), un matón a sueldo que trabaja para el gobierno, la trama comienza cuando El Coronel (Xavier López Chabelo) le asigna un caso que involucra una conspiración para asesinar al presidente de los Estado Unidos, John F. Kennedy.

Pronto, Filiberto va descubriendo nueva información que revela una situación más enredada y podrida de lo que parece. Así pues, echará mano de su innato sentido de justicia, un aliado del FBI (Ari Brickman), un espía ruso (Moises Arizmendi), su amigo el borracho Licenciado (Roberto Sosa) y una mujer china (Bárbara Mori) que le roba el corazón.

Eventualmente, la información arroja nuevos sospechosos dentro de la investigación, entre los cuales figura un gringo llamado Hugo Stiglitz (interpretado por el mismo Hugo Stiglitz) de la “familia Tarantino” (haciendo un guiño claro a Inglourious Basterds del director Quentin Tarantino).

La referencia a Tarantino, que podría pasar como un mal chiste, es muy ilustrativa si pensamos que El complot mongol de Sebastián del Amo es todo lo que una película de Tarantino no es: una cinta llena de clichés, humor fácil y una propuesta visual que deja mucho que desear.

La película, que es en realidad una comedia, está narrada con un tono un poco infantilizado que hace que, por un lado, se vuelva complicado entender bien la intrincada trama y, por otro, le quita profundidad al texto original. Pero el problema principal es que ni quitando las comparaciones obvias con la novela, la película se sostiene sola.

Los planos son tan cerrados que es inevitable sentir una sensación de asfixia y la impresión que da es que el director no quería mostrarnos mucho más que las caras de los actores porque el diseño de arte no daba para mucho.

Claro, entendemos la convención: aparecen coches de la época, calles de la ciudad de México que no han cambiado mucho, o muy poco, en varios años; ropa y peinados que parecen de la época, pero ya que estamos tratando de hacer que la gente sienta que estamos en otro tiempo, ¿no valdría la pena hacer un esfuerzo extra?

El uso del score de la cinta se suma a la lista de los clichés. Estamos hablando de un trabajo sólido de composición a cargo de Andrés Sánchez Maher, Gus Reyes y Dan Zlotnik que, en el contexto de la película, lo hacen parecer una librería de “Jazz Genérico de detectives” sacada del internet. Un recurso mal aprovechado.

Lo mismo ocurre con las actuaciones principales: notable el desempeño de Damián Alcázar, Roberto Sosa y Bárbara Mori, quienes hacen un excelente trabajo, pero la dirección y el tono de la película son tan limitados que no permiten que los intérpretes luzcan.

Probablemente el mayor desatino es haber cambiado el tono general de la historia, haciendo que todo, absolutamente todo tenga un significado diferente al de la novela original.

Y la pregunta insistente que surge a partir de todo esto es: ¿Algún día tendremos una película de El complot mongol que haga justicia a la obra original? La respuesta es sí, aunque seguramente tengan que pasar algunos años.

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