En esta crónica, Paola Tinoco da cuenta del impacto que tuvo la noticia de la muerte de Armando Vega Gil en su vida, mientras nos platica el origen del Trío Verde Largarto, proyecto conformado por ella, Eduardo Limón y el mismo Armando.  

por Paola Tinoco

— Dime que es una broma — escribió Vicente por Whatsapp. Siempre comenta conmigo los temas importantes que encuentra en la prensa internacional y nos burlamos juntos de los desmanes políticos o literarios, me imaginaba algo semejante cuando vi su mensaje a primera hora del lunes.

No esperé a preparar café. Abrí los archivos que mandó, esperando encontrar noticias de alguien causando polémica por haber cambiado de editorial o quizá una nueva ley pero en su lugar hallé el pantallazo un texto en Twitter con una carta de despedida. Eras tú, Armando. Armambo, Armandiux de petatiux.

*

— Traté de conseguirles una sala a cada uno pero ya no hay espacios para presentar los tres libros en la feria que viene, me dijeron que ya tienen demasiadas novedades. No queda bien que en una mesa se presenten tres libros con temas distintos—, comenté con Armando y Eduardo en una de nuestras primeras cenas de los jueves, cuando tocaba comer un suadero en caldillo y hoja santa que a Eduardo le picaba y a Armando lo hacía voltear los ojos de placer.
— ¿Cómo le hacemos con una sola mesa? ¡Yo quisiera estar en todas las ferias posibles! Es mi primer libro—, dijo Eduardo.
— Les propongo un trío, pero hay que ponerle encanto, qué pereza estar los tres sentados frente al público diciendo cada uno de qué trata su libro—, sugerí.
— ¡A huevo! Algo más lúdico, si no, sería como si uno cantara ranchero, otro reggaetón y uno más baladas fresas. Yo pongo el ukulele—, se emocionó Armando y empezó a tocar acordes en el aire. Ese día no llevaba su instrumento, solo un apetito de biafrano.
— Pues ya está, es un Trío, como el título de la antología de Pao, es verde porque mi libro trae Historias verdes y ¿qué hacemos con el Ritual del lagarto?
—Así mero, Trío Verde Lagarto, añadió Armando y brindamos por el inicio de nuestro mini espectáculo literario musical con mezcal de garrafa para luego empezar a trabajar en un guión.

*

Pensaba que estabas haciendo una broma pesada. El domingo previo al primero de abril escribiste en nuestro chat del Trío Verde Lagarto, donde ultimábamos detalles de nuestro siguiente show, ahora en Playa del Carmen, pero interrumpiste ese tema para contarnos que te habían denunciado por acosar sexualmente a una adolescente de trece años hacía catorce. Sonabas preocupado pero no lo suficiente siquiera para que nos reuniéramos en persona. Eduardo y yo te dijimos que no escribieras nada.
—Es una quema de brujas, carnal, no digas pío. Deja que pase un poco de tiempo
—Estoy de acuerdo—, me apoyó Eduardo.

*

El siguiente jueves la reunión de trabajo ya era formal. Armando llevó ukulele y tres guiones impresos e impecablemente engargolados. Empezamos a hacer lecturas dramatizadas pero Armando ya estaba emocionado, ensayaba tonadas mientras leíamos y, en poco tiempo, tenía la canción del Trío. Era alegre y pegajosa, al grado que me hizo comprar en Amazon unos zapatos de tap en ese preciso momento. Nunca había bailado tap, tuve que bajar tutoriales para no hacer el ridículo.

Creo que de todas formas lo hice, pero lo cierto es que el show nos divertía y nos importaba poco si a alguien le parecía una bobada. Inventamos coreografías, reescribimos una especie de obra de micro teatro, actuamos y bailamos. Armando cantaba “Trío ya llegó, es verde lagarto…” mientras Eduardo peleaba por hacer funcionar la pirotecnia fría y yo me ajustaba los zapatos de tap. Nos reíamos tanto.

*

—Pues sí, ha estado un poco mal con eso de la denuncia por acoso sexual—, le dije a Vicente, pero en realidad trataba de seguirte el juego para después regañarte. Decir que te ibas a suicidar me parecía la más pesada de tus bromas, más que hablar de caca y hacer rabiar a Julia, hacer reír a Beatriz que ya estaba acostumbrada a que le preguntaras “¿Vas a hacer pipí o caca?”, cuando iba al baño. Vicente averiguaría por su lado y yo por el mío: fui directo a llamarte. No me contestaste. Escribí “ya sé lo que estás haciendo, demonio, pero no nos asustes a los amigos, al menos dinos que estás bien”. Mi mensaje se quedó sin leer, marcó dos palomitas grises que siguen así quince días después.

*

Nuestro debut fue en Ángulo 13, la casa de cultura de María Lugova en Querétaro. Nos ofreció alojamiento a los tres pero solo Armando pernoctó en una habitación con vinilos pegados en las paredes. Ese fue nuestro espacio de ensayo final, de risas adolescentes y vestidor para ajustarnos los trajes negros antes de salir al escenario que no era otra cosa sino el borde ancho de una banqueta frente a un patio donde se colocaron sillas y una mesa con nuestros libros para firmar.

Había mucha gente. Era el mejor pago que podíamos recibir para nuestro debut. Lo hicimos bien, logramos no chocar unos contra otros, estrené mis zapatos de tap; Eduardo usó los zapatos de Armando y la gente no paró de hacer preguntas, sobre todo en relación a la marihuana, por el libro de Eduardo, que además, hizo un club de fans entre niñas de 8 a 12 años. Yo firmé apenas un par de libros, Limón más. Armando acabó sus ejemplares y luego fue a coquetearle a Carmen. Éxito rotundo.

*

Nos fue tan bien con el Trío Verde que decidimos hacer un chat alterno para planear otro show en el que Beatriz y Julia estarían incluidas. Fue ahí donde empezamos a preguntarnos dónde carajos estabas, Armando. Pensábamos que la más enterada sería Beatriz pero ella estaba de viaje y sabía tanto como nosotros, con la ventaja de estar en contacto con tu mánager.

—Paola, su mánager y Karla están en casa de Armando. Encontraron la puerta abierta y el teléfono en la mesa. Él no aparece—, nos dijo Bea. Tu broma estaba bien armada, o eso pensé. Todos los amigos te llamaban, debe haber reventado el celular.

No pasó ni una hora cuando Beatriz volvió a escribir: Encontraron su cuerpo. Encontraron su cuerpo. Encontraron su cuerpo…. ¡Ay! Armando, encontraron tu cuerpo. Y entonces entendí que no había tal broma. Beatriz siempre nos dijo que tú eras de decir y hacer pero en este momento no quise creerlo porque no quería que fuera cierto.

Me serví un mezcal de garrafa a esa hora, eran las once de la mañana o por ahí. Esta vez no era para brindar por nuestras ocurrencias. Era para sedarme porque la frase seguía latigueando mi cabeza y dolía mucho. Encontraron su cuerpo.

*

El segundo show del Trío Verde Lagarto fue con lujos y hasta con pago. Cristina Vázquez fue la madrina y Katia Nilo nos dio todo para hacerlo un éxito en el marco de la Feria del Libro de León: micrófonos de diadema, rider tal y como Armando indicó, un escenario grande y un público cuantioso.

Recuerdo los ojos de Armando cuando tocaba en un escenario, se entrecerraban con deleite y su sonrisa era ligera pero duraba todo el show. No era igual tu sonrisa cuando estábamos en un restaurante que cuando estabas en un escenario. Tenías otro color. Eduardo volvió a trabarse con la pirotecnia fría pero nos reímos tanto que parecía parte del show. Cerrábamos tu canción con los nombres de los tres. “Trío ya se va…es verde lagarto, con Lalo Limón y Pao Tinoco” me hacía gracia que me dijeras así. En ese momento, Lalo y yo agitábamos las manos alrededor tuyo y teatral y lentamente decíamos tu nombre “y Armando Vega Giiiiiiil” y los aplausos se escuchaban atronadores.

Ahí aparecía tu sonrisa de escenario, esa que me aseguraba que estabas bien. No era necesario preguntar en qué se iba a gastar el pago por ese show. Andrés, su hijo, era prioridad siempre.

*

Ninguno de los detalles de tu muerte me encontró con el vasito de veladora vacío. No podía con esa información ni conmigo. Lloraba sin parar y aún así sentía que tenía algo atorado en el pecho y en la garganta.

Seguía esperando que en algún momento aparecieras para decir que todo había sido una espeluznante broma y sabía que te iba a dar una larga serie de zapes aunque después te iba a abrazar y a besar hasta que tus mejillas olieran a cartón de tantos besos.

Lo siguiente fue la dirección: Gayosso de la colonia Roma, ahí es la cita a partir de las nueve de la noche, me dijeron. Escribí un mensaje a Julián Herbert, a quien me dijiste que querías conocer, para decirle sin muchas explicaciones que la cena que teníamos se cancelaba. Qué manera de presentarte escogiste.

*

Tengo que confesar que el ukulele siempre me pareció un instrumento chillón y medio cursi, como los mariachis pero en hawaiano. Me daba mucha hueva hasta que Armando llegó con él a mi casa y empezó a tocar, primero la entrada alegre del Trío Verde Lagarto, luego una tonada melancólica que daba pie a las crónicas del libro de Eduardo y a nuestro baile medieval. Era un pinche talento con patas.

Empezó a gustarme el sonido que producía su guitarrita chistosa. Ya tarareaba su canción, compuesta en cinco minutos y sonreía, la traía siempre en mente. Hace quince días que me niego a recordarlo, es como dejar de beber. Solo por hoy, no habrá ukulele en mi cabeza. Y llevo quince días sin él.

*

El resto de la noche transcurrió como una de esas pesadillas en las que quieres despertar pero no encuentras la manera y solo te queda deambular a través de ella hasta que se termine.

Llegué a Gayosso con Julián Herbert y Alejandra Jarillo sosteniéndome. Buscaba el rostro de Beatriz pero todo lo que veía era un tumulto, cámaras de televisión y fotógrafos, micrófonos.

Ya en la escalera, empecé a ver caras conocidas, Mariana H, Verónica Maza, por ahí andaba el Mastuerzo por primera vez, con cara seria. Alfonso André, Julia Santibáñez, Yeana González, su editora.

Cada saludo era un abrazo en el que aprovechaba para llorar un poco más. Cada tanto decían que el cuerpo (otra vez se referían a ti como un cuerpo) llegaría a las diez. Luego a las once.

Por fin encontré a Beatriz, se veía más entera que yo, pero había algo ausente en ella, estaba ahí, resolviendo detalles, con sus ojos claros a punto de desbordarse pero no sucedía. Nos abrazamos apenas, había gente que se la llevaba a ella o me llevaba a mí.

De pronto, se escuchó un aplauso y sentí un golpe en el estómago. Pasó el féretro a pocos centímetros de donde yo estaba. La gente se agolpaba cerca de él. No supe qué hacer, quería salir corriendo, quería seguir creyendo que era mentira pero ya era demasiado tarde. Armando estaba ahí.

Me abrí paso hasta llegar a donde lo colocaron, Beatriz estaba ahí poniendo una botella de mezcal amores al frente, donde había montones de flores. No tuve valor para quedarme mucho tiempo cerca.

Toqué la caja, como si de esa manera pudiera sentir que estabas presente. Te dije adiós. Junto a mí pasó Sergio Arau. Recordé que no se llevaban bien, nos contaste a Eduardo y a mí los pleitos que tuvieron, los cambios, las cosas que acabaron con esa amistad. Yo estaba muy triste, pero ver a ese hombre parado junto a tu féretro, teniendo un diálogo silencioso contigo me rompió el corazón aún más.

Necesitaba aire. Me salí corriendo y Alejandra y Julián detrás de mí. Acabé de estar en ese lugar. Y acabé de estar contigo.

*

—Vamos a hacer un homenaje a Bowie para la fecha de su aniversario luctuoso—, les dije a ti y a Eduardo, argumentando que era además un personaje involucrado en la literatura.
—Pero vamos a ensayar mucho para cantar.
—No vamos a cantar, yo no voy a cantar, aseguré.
—Todos vamos a cantar, ordenaste.
—¡Sí, hay que prepararnos bien y cantamos!—, dijo Eduardo, siempre entusiasmado con tus planes: ¿Para cuándo lo hacemos?
—Yo creo que podemos prepararnos todo el año para que quede bien, dijiste.
—Yo no voy a cantar, insistí.
—Todos vamos a cantar—, seguiste ordenando, Armando.
—Carajo, ¿para qué abrí la bocota?
—Para cantar, manita, para cantar.

1 reply
  1. Raquel
    Raquel says:

    Un nudo en la garganta, así es cómo quedó después de ver a través de sus palabras, cada imagen una más fuerte que la otra. Sentí ese dolor así como esa amistad y ese amor por todo lo que hacía.

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