por José Noé Mercado

Beatiful Boy: Siempre serás mi hijo de Felix van Groeningen y Regresa a mí de Peter Hedges son dos películas estadounidenses de 2018 de mano sólida en su confección y actuaciones destacadas, que comparten denominadores comunes sobre los que desarrollan sus tramas y conflictos dramáticos: la dolorosa y contemporánea adicción juvenil a las drogas y la imposibilidad familiar y social para contenerla.

Y es que los argumentos de estos filmes pueden entenderse en un contexto actual específico: la problemática del consumo adolescente de drogas en Estados Unidos, que en no pocas ocasiones llega a la adicción, a la sobredosis e incluso a la muerte.

En los últimos años se ha registrado, además, un incremento en la utilización de opiáceos naturales y sintéticos, fenómeno que coloca a ese país a la cabeza de la lista mundial de fallecimientos por sobredosis con 72,000 víctimas anuales, casi 200 al día, cifra 10 por ciento mayor que en 2016 y que está por encima de las muertes por VIH, accidentes automovilísticos o armas de fuego, según estimados del Centro para el Control de las Enfermedades. Es por ello que el presidente Donald Trump ha declarado una emergencia de salud pública y emprendido una campaña para luchar contra el problema.

En otras palabras, la población —en especial la juvenil—, utiliza con frecuencia creciente drogas más potentes, adictivas y, por tanto letales. Es otra cara del narcotráfico: no la de la disputa de las plazas, sino la del consumo más enfermo.

Beatiful Boy

En Siempre serás mi hijo, David Scheff (Steve Carrell) emprende una emotiva, tolerante y a la vez amorosa búsqueda para que su hijo Nic (Timothée Chamalet) encuentre la salida para una desgarrada vida dependiente a la metanfetamina. Prueba con centros de rehabilitación, con psiquiatras especializados, con conversaciones proyectivas para un futuro mejor, con el estímulo de los estudios, con la restricción de recursos, pero todo parece en vano.

Las recaídas del joven no sólo son más constantes, sino también más profundas. Los hospitales y la cercanía a la muerte, el acompañamiento familiar e incluso alguna pareja ocasional, no logran estimular el cuerpo y la mente de Nic para cambiar de rumbo.

Para el espectador, tanto como para David, resulta devastador el hundimiento de un chico que no tiene malos sentimientos, que es carismático y que de verdad pone empeño en rehabilitarse, pero que no puede dejar de inyectarse como necesidad corporal y de evasión anímica propia.

La aflicción de David Scheff se profundiza porque su nueva esposa —que al inicio es tolerante y empática con la enfermedad de Nic—, sufre también los estragos interminables que provoca la adicción de un hijo ajeno. Esa segunda familia también se dirige al naufragio, porque David no tiene mente y actuar para nada más que sostener a un muchacho que continúa en caída libre. Ni siquiera enviarlo con su madre atenúa los embates del consumo desesperado de drogas. De hecho, por el contrario. Sirve como un motivo de reproches entre los antiguos cónyuges sobre la responsabilidad pasada y presente de un problema que claramente los rebasa.

¿Cuándo debería asumirse el caso perdido? ¿Puede acaso renunciar un padre amoroso y preocupado a ver a su hijo en un futuro mejor o menos penoso aunque ese anhelo sea desesperante y lleno de frustración?

Ben is Back

En Regresa a mí, Holly Burns (Julia Roberts) recibe la inesperada visita de su hijo Ben (Lucas Hedge). Es la víspera de navidad y el chico debería permanecer en su centro de rehabilitación, en el que busca mantenerse alejado de las drogas. Pero se ha escapado para pasar la noche con Holly, su hermana Ivy (Kathyn Newton) y su nueva familia de raza negra integrada por Neal Beeby (Courtney B. Vance) y dos medios hermanos, pequeñines que lo adoran, que lo miran como un ejemplo a seguir.

Pero nadie, excepto Holly y los niños o quizá ni siquiera ellos, cree en el espíritu navideño de Ben, que ya ha echado a perder otros festejos familiares en el pasado con los líos que genera su adicción. En rigor, desearían regresar al muchacho a su programa para que de la mano de su padrino pueda mantenerse limpio. Saben que el consumo y la recaída son inminentes.

Ben se siente ultrajado porque no confían en él, salvo su madre quien más bien parece hacerse de la vista gorda por amor a su hijo, pues sabe que es un adicto y en los adictos no debe confiarse; el mismo se lo dijo. Por eso lo esculca, le hace pruebas de orina, lo espía incluso en vestidores.

En un buen manejo de intenciones y gracias a actuaciones solventes, el muchacho parece un sutil manipulador que busca la ocasión propicia para drogarse y la familia cada vez menos dispuesta a soportarlo. Lo hacen, es sólo por amor a Holly.

Las tentaciones en el barrio tampoco ayudan a Ben. En las calles, en el centro comercial —donde circula bajo la estricta y amorosa vigilancia de su madre— hay numerosos estímulos que le recuerdan su adicción y un pasado indeseable en el que aparentemente envició a otros jóvenes como él, en su labor de dealer para solventar su propia droga.

Pronto, los conocidos del pasado se hacen presentes para atentar contra la familia de Ben, como represalia por sus antiguas andanzas. Además de causar destrozos en su casa, el ajuste de cuentas incluye el secuestro del perro familiar, lo que detona el reproche más agudo de Neal, quien culpa al muchacho de poner en peligro a todos por culpa de su adicción.

Ben parecería dispuesto a arreglar las cosas —o a drogarse: siempre está latente la próxima inyección que ponga fin a todo programa de rehabilitación— y en ese thriller que se desarrolla por las calles durante una noche, el chico es acompañado por Holly. Ella, en una interpretación dramática sobresaliente de Julia Roberts, intentará ayudar al muchacho, protegerlo o sacrificarse de ser necesario. Igual que el perrito al que intentan encontrar.

La frustración por no tener la certeza de que Ben podrá salir adelante es proporcional al lazo de cariño que vincula a Holly con su hijo, aunque eso también pone en riesgo su vida de pareja.

Nadie parece dispuesto a seguirla hasta el abismo en el que sostiene a Ben. De hecho, en la pequeña ciudad no son pocos quienes ya han caído en los pantanosos terrenos configurados por las drogas que consumen los adolescentes y que les ha buscado la muerte a ellos y la aflicción, el dolor y la desesperanza a sus familiares.

Sólo el amor parecería el nutriente de la persistencia. Y el generador de un poco de luz en mundos donde las drogas ya no son cool, irreverencia o inspiración, sino un gran pro

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