Una producción caótica con muchos contratiempos que terminan reflejándose en un producto deficiente en pantalla.

por Miguel Mora Vargas

Entre la razón y la locura (The Professor and the Madman, Irlanda, 2019), escrita por John Boorman, Todd Komarnicki, Farhad Safinia y dirigida por este último, es una cinta basada en la novela El cirujando de Crowthorne de Simon Winchester, protagonizada por Mel Gibson y Sean Penn.

Situada en Inglaterra a mediados del siglo XIX, la película retrata la convergencia de dos personajes sumamente disímbolos que colaboran en la elaboración de la primera edición del diccionario Oxford de la lengua inglesa, un proyecto titánico  encabezado por el filólogo e investigador James Murray (Mel Gibson).

Por otro lado, vemos la historia del Dr. William Chester Minor (Sean Penn), un militar estadounidense a quien el destino lleva a Inglaterra y su locura le trae consecuencias nefastas, hasta ser encerrado en el asilo de lunáticos y criminales de Broadmoor. Desde su internamiento, Minor se entera del proyecto de Murray y decide colaborar en el estudio con más de 10,000 palabras, cosa que tendrá que sobrellevar a la par de los brotes psicóticos que lo acosan constantemente.

La película comienza con un crimen que comete el Dr. Minor en una noche de delirio esquizofrénico. El suceso se convierte en la primera parte del relato hasta ser desplazado por la historia de Murray mientras inicia su investigación para realizar el colosal diccionario.

Es a través de una petición pública a la población angloparlante para cooperar con la investigación y  evolución de las palabras que los dos personajes se ponen en contacto hasta convertirse en dos aliados apasionados de la lengua. Esta relación es la parte medular de la película, sin embargo, no logra convencer y la historia termina perdida y sin rumbo.

Sin profundizar en la dinámica de la relación de Murray y Minor, la anécdota queda como un apunte alrededor del tema central de la historia que es la elaboración del diccionario, mientras ellos enriquecen la letra A, se intenta plasmar la pasión de ambos por la lingüística y la literatura.

No obstante, el tratamiento de esta parte esencial para la trama se ve reducido a secuencias cortas que no consiguen convertirse en el centro de la película. La falta de dirección en la cinta nos lleva a concluir que el diccionario es solo un pretexto para contar la historia de Minor, quien transita por sus traumas de guerra y busca la salvación ante sus crímenes para encontrar la redención y poderse perdonar a sí mismo. Al final, este cambio de rumbo en la historia termina por llevar a la cinta al fracaso.

Pero como suele suceder en algunas producciones, Entre la razón y la locura arrastra una historia detrás de las cámaras que es más interesante que la película misma:

Lo primero que hay que contemplar es que hace más de 20 años Mel Gibson adquirió los derechos de la novela de Simon Winchester con la intención de adaptarla para la pantalla grande, pero sus múltiples compromisos fueron posponiendo la realización de la película. En el ínterin entraron y salieron varios directores y guionistas, entre ellos John Boorman y Todd Komarnicki, hasta que a finales de  2016 se rodó bajo la dirección del también guionista Farhad Safinia, quien, debido a problemas legales, aparece en los créditos con el seudónimo de P.B. Shemran.

La cantidad de manos por las que pasó el guion se hace evidente al ver el resultado, pero más aún el pleito entre la compañía productora de Gibson, Icon, con Voltage Pictures, coproductora y propietaria de una buena parte de la cinta. La disputa desató un conflicto de intereses económicos por más de dos años al grado que el propio Gibson intentó bloquear la que había sido su película, llevando el asunto a los tribunales de los Ángeles.

El resultado de todo esto fue que tanto del director Farhad Safinia como Mel Gibson abandonaron el proyecto, el tribunal de los Ángeles dio el fallo a favor de Voltage Pictures y se presentó la versión del estudio en los cines para su exhibición.

Entre la razón y la locura terminó siendo una película huérfana y acéfala, producto de un pleito legal, y es por eso que lo que vemos en pantalla no es la edición que Gibson y Safinia tenían en mente, sino un corte de la productora que se quedó en un intento de película comercial.

Tanto las actuaciones como la realización cumplen con el estándar esperado, sin embargo, no logran hacer que el producto sea contundente y, por desgracia, termina siendo una historia incoherente sin fuerza ni solidez.

 

 

 

 

 

 

 

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