por Miguel Mora Vargas

El director debutante brasileño Fabio Meira esboza la historia de la típica fantasía del doble en su ópera prima, Las dos Irenes  (As duas Irenes, Brasil, 2017), escrita y dirigida por él mismo.

La acción se sitúa en la región Centro-Oeste de Brasil, en el estado de Goiás, dentro de una pequeña localidad donde aparentemente no pasa nada y todo sucede conforme a la monotonía peculiar de los pueblos enclavados en el olvido. Sin embargo, es ahí donde la primera Irene (Priscila Bittencourt), una adolecente de trece años, descubre a su otro yo en la segunda Irene (Isabela Torres), otra adolecente de la misma edad que resulta ser su media hermana. Todo un conflicto creado por el adulterio que su padre, Tonico (Marco Ricca), cometió tiempo atrás.

Lo interesante de la trama es quizás que la historia no se queda atrapada en los atavismos sociales que  se desprenden de la infidelidad marital, los cuales suelen ser satanizados por la religión y elevados a los terrenos del pecado cuando en realidad  solo se trata de un acto de deslealtad.

En el desarrollo de la historia no solo se confrontan las dos personalidades de las adolecentes que llevan el mismo nombre porque a su padre no se le ocurrió otra cosa que llamarlas igual, sino que se exponen las diferencias entre una familia sumamente conservadora incapaz de cuestionar las acciones del padre y las de una familia alternativa en donde el trato y las costumbres son más laxas.

Este drama familiar se desarrolla con inocencia y suspenso, gracias a la curiosidad de la primera Irene que decide adentrarse en la vida de su hermana sin revelar su identidad, la historia se va tejiendo en medio de una amistad construida por la atracción de las dos niñas en un momento clave de sus vidas: el despertar sexual de la pubertad. A lo largo de la trama, las dos Irenes descubren sus diferencias y comparten sus primeras aventuras amorosas sin prejuicios, creando lazos profundos hasta llegar a ser dos personalidades complementarias.

Lo que a una se le dificulta por ser menos despierta, para la otra es más sencillo porque está más desarrollada y se desenvuelve en un ámbito familiar menos complicado, además de que los jóvenes del pueblo la consideran la niña más atractiva del lugar.

La fuerza de la trama radica en estos dos seres que experimentan el reflejo de sus identidades, creando el efecto de un espejo invertido en donde las dos se pueden comparar. El argumento de la película es bastante sencillo pero efectivo, todo se basa en el suspenso que provoca el que una de las dos Irenes sepa la verdad y continúe con la relación hasta llegar al límite esperado, dejando al espectador con un final abierto para que saque sus propias conclusiones.

Un elemento importante que contribuye a crear una atmósfera agradable dentro de la película consiste en  evitar presentar al padre de las dos jóvenes como un villano,   por el contrario el personaje es mostrado como un ser instalado en la monotonía de localidad sin exabruptos; un hombre que sabe sobrellevar sus dos vidas sin enfrentarlas, evitando así un drama familiar lacrimógeno.

Inspirada en una historia real de la familia del director Fabio Meira, Las dos Irenes resulta ser una buena historia llevada a la pantalla, que logra cautivar por su sencillez y su naturalidad, plasmada en un ambiente atemporal en un medio rural recóndito. Dentro de los aciertos de la película están las texturas que logra la cinefotógrafa Daniela Cajías al utilizar filtros que le permiten acentuar los colores pastel  desarrollando tonalidades acordes al ánimo de la cinta.

Las dos Irenes  se presentó  en el  Festival de Berlín y obtuvo las nominaciones a Mejor Ópera Prima y al Oso de Cristal.  También participó en el  Festival de Cine de Guadalajara 2017  donde obtuvo los premios a Mejor Ópera Prima y Mejor dirección de fotografía.

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