por Fernanda Ferrer

Si alguna vez hubo un remake que mereciera ser apreciado por sí solo, ese es Suspiria (E.U.A., 2018), la nueva cinta del director italiano Luca Guadagnino.

Giadagnino ha definido a su versión de la clásica cinta de horror de Dario Argento, como un “cover” que más que rehacer la cinta, busca evocar la emoción y la experiencia que él vivió con la película original de 1977. El nuevo acercamiento del director de Call me by you name al Giallo italiano original es una abrumadora danza entre lo bello y lo grotesco; lo melancólico y lo vigorizante.

Ambas cintas parten de la misma premisa: Susie Bannion (Dakota Johnson) es una joven estadounidense nacida y criada en una comunidad menonita en Ohio que se une a la prestigiosa compañía de danza Helena Markos en Berlín, Alemania. Su llegada coincide con la desaparición de Patricia (Chloë Grace Moretz) quien era la bailarina principal en el próximo espectáculo coordinado por la profesora Madame Blanc (Tilda Swinton).

En medio de un aire de inquietud del grupo ante la desaparición de una de sus compañeras, una aprensiva pero ávida Susie consigue cautivar con su crudo talento a Madame Blanc y así toma el papel protagónico en la reedición de Volk, una pieza creada por Blanc.

Mientras que parte del encanto narrativo de la Suspiria original de Argento se basaba en giros inesperados, Guadagnino decide poner todas las piezas sobre el escenario, aunque, en el espíritu del giallo italiano original, se rehúsa a dar todas las respuestas.

La intriga se mantiene a través del psiquiatra de Patricia, Dr. Josef Klemperer (Tilda Swinton como “Lutz Ebersdorf”) quien con ayuda de Sara (Mia Goth), bailarina y compañera de Patricia, intentarán develar el siniestro misterio tras la desaparición de su paciente y lo que se esconde detrás de la compañía de danza.

La cinta original de 1977 de Argento es considerada una de la representantes fundamentales del cine de horror italiano de los 70’s, específicamente del giallo italiano. Por eso, la idea de que fuera retomada por otro director causó escepticismo por parte de los ávidos fanáticos del subgénero, sin embargo, a pesar del cambio de tono y estética, Luca  Guadagnino logra, no sólo explotar la desconcertante pero cautivante ambigüedad de la cinta original, sino que conserva y le da nueva vida a la naturaleza surreal del cine de horror de los 70’s.

La película original es una obra hiper estilizada que juega con figuras geométricas y el uso de colores vibrantes en Technicolor, característicos del Giallo. Pero, al contrario de su predecesor, Guadagnino opta por una paleta mucho más neutra y profunda, similar a la estética clásica del cine noir. Mientras Argento crea una febril y estridente pesadilla, la nueva Suspiria ocupa un tono metódico y lánguido pero no menos impactante en experiencia.

El tiempo en el que está situada la nueva versión también representa una diferencia clara con la original y enmarca una temática cargada de peso simbólico. Mientras que la original podría ser situada en cualquier época o lugar, Guadagnino y David Kajganich (co-guionista), deciden ubicar la historia en 1977, el año en que la original fue lanzada.

En un Berlín que sigue lidiando con las consecuencias de de la Segunda Guerra Mundial tres décadas después, los ataques terroristas de la Facción del Ejército Rojo se han convertido en algo cotidiano.

Este ambiente de inestabilidad en una nación con una herida en proceso de sanación, resuena en los conflictos que se desarrollan dentro de la academia. Desde la suspicacia hacia las figuras de autoridad y tradición, una dinámica interna de juego de poder entre Markos y Blanc y la dicotomía del bien y el mal representados en un Berlín dividido. Guadagnino crea un provocativo comentario social al clima político actual.

Temáticamente, la cinta se adentra en las cicatrices de una sociedad y sus individuos. Con un elenco predominantemente femenino donde incluso Swinton interpreta el papel masculino principal, se plantea el discurso sobre el papel cambiante de las mujeres en la sociedad moderna y el contexto de maternidad y renacimiento que también intrigaron a Argento.

Pero una pieza básica que representa adecuadamente la intención de Guadagnino y que la aleja una vez más de la original es la danza. Inspirado en figuras radicales de la danza contemporánea como Pina Bausch, Martha Graham o Mary Wigman, quien creía la danza también podría ser “fea”, el coreógrafo Damien Jalet monta secuencias que en lugar de explotar la sexualidad femenina, apela a movimientos menos estéticos, casi primitivos y cargados de furia que provienen de una emoción y un empoderamiento interno.

Contrastados con las melancólicas melodías de Thom Yorke, los movimientos caen puntuales con cada tono repetitivo de la hipnotizante música de Yorke. Un crescendo visual en donde se comienza con una danza más estructurada y académica que conforme avanza la cinta se va distorsionando en un sangriento ritual.

Así como la diferencia en época y tono, ambas versiones de Suspiria existen en universos diferentes. Sin embargo, los realizadores construyen una misma ideología que, apoyada en estilo y lenguaje, representa los alcances emocionales que provoca el cine . En la original de Argento es un electrizante y obsesivo miedo, y en Guadagnino una fría memoria recurrente que atormenta al espectador, generando una experiencia incómoda pero embrujante; una obra de arte que no busca replicar la original sino ofrecernos su propia visión para interpretar. Y mientras se lucha por entenderla, no se puede apartar la mirada.   

 

 

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