por Miguel Mora Vargas

Pájaros de verano  (Colombia, 2018) es un interesante thriller etnográfico que exhibe el poder del dinero del narco sobre los grupos étnicos que habitan en las montañas y en el desierto de Guajira al noreste de Colombia.

Escrita por María Camila Arias y Jacques Toulemondez, la cinta nos muestra de la maneara más fehaciente el origen de los narcos colombianos, la cinta fue codirigida por Ciro Guerra y Cristina Gallego.

Con una estructura fragmentada en cinco actos, cada uno acompañado por una  canción, la película tiene forma de un relato épico, en donde  antes de la acción se leen los títulos: Hierba salvaje, los sepulcros, la prosperidad, la guerra y el limbo.

Basada en hechos reales, la historia se sitúa en los años 70. En un principio, pareciera que estamos viendo un documental etnográfico ficcionado, pero pronto la trama cambia de tono y toma otro rumbo. Todo comienza cuando Rapayet (José Acosta), un indígena de la tribu Wayuu, busca conseguir la dote para casarse con Zaida (Natalia Reyes). La necesidad lo lleva a traficar con alcohol, negocio poco lucrativo, hasta que se encuentra con unos estadounidenses que forman parte de los cuerpos de paz ubicados en la zona para llevar a cabo una cruzada “amistosa” contra el comunismo. Este contacto con el grupo de hippies que pregona amor a Dios para alejarse del comunismo, da inicio a un lucrativo negocio de cultivo y venta de toneladas de marihuana. Pronto, los agricultores de la comarca se convertirán  en gente adinerada, acelerando la producción de la hierba a un ritmo vertiginoso.

Este cambio en  la vida de Rapayet arrastra a los que lo rodean; el primer implicado es su socio Moisés (Jhon Narváez) que no tarda en gastar el dinero de la venta a manos llenas, pero al poco tiempo, cuando la venta se tiene que sistematizar para surtir a los grandes traficantes estadounidenses,  Rapayet no solo compra animales y collares para intercambiarlos por su novia, sino que crea un emporio dentro de su clan liderado por su suegra Úrsula (Carmina  Martínez), convirtiéndola de una respetada  “mensajera de la palabra” que lee los sueños e interpreta presagios, en una mujer avariciosa y sanguinaria.

En breve, vemos cómo los indios de la región cambian sus telas tradicionales por ropa convencional; las casas se transformarán en mansiones, y los transportes en autos lujosos.

A pesar de que la  historia está  plagada de tradiciones que muestran el fetichismo de los Wayuu en forma de talismanes, collares decorativos, canciones y ritos,  prevalece la ambición por el mundo material, llevando a la comunidad a una guerra fratricida que  pone en grave peligro la vida del protagonista y su   familia.

Lo interesante de la película radica en detallar el peligroso encuentro entre un mundo autóctono con el mundo desenfrenado y codicioso del capitalismo voraz.

En Pájaros de verano no son los extranjeros los que llegan a conquistar  la región Guajira, sino el dinero, las armas y las casas ostentosas. A manera de metáfora, en un sueño mostrado durante el metraje, un muerto con el rostro cubierto por una tela anuncia la debacle del grupo de Wayuus implicados en el narcotráfico, es como una advertencia del mundo antiguo al mundo moderno.

Esta película altera las convenciones del cine negro al mezclar el mundo indígena con el crimen organizado, obteniendo interesantes resultados, entre otras cosas porque los personajes están bien diseñados y no se ven trasplantados al interior del clan Wayuu; todos los papeles principales están bien cuidados, de tal manera que existe una atmosfera homogénea a lo largo de la historia.

En definitiva, Pájaros de verano es un producto bien cuidado, en donde tanto los directores como el cinefotógrafo David Gallego se esmeraron por mostrar la magnitud del desierto y las partes tropicales de las montañas colombianas, logrando que el ambiente forme parte importante dentro del drama representado por los actores.

Como la cinta fue elegida para representar a Colombia en la 91° edición de los Premios Óscar en la categoría a Mejor película de habla no inglesa, muy probablemente la veremos competir con Roma de Alfonso Cuarón.  También participó en la 40 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana donde obtuvo el premio Coral en la categoría de mejor largometraje de ficción.

 

 

 

 

 

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