por Miguel Mora Vargas

Usando la fábula como propuesta narrativa, el documental Érase una vez (México, 2018) de Juan Carlos Rulfo, aborda, desde la mirada infantil de su hija Luisa, varios aspectos de la cultura popular mexicana. Se trata de un collage donde se mezclan las danzas de varias regiones significativas de México, gracias a las cuales descubrimos cómo las tradiciones más ancestrales del país van pasando de generación en generación.

Con un guion elaborado en conjunto con Beatriz Novaro y Ramón Cervantes, el cineasta Juan Carlos Rulfo emprende un trabajo difícil de plasmar porque pretende explicar la relación entre la gente y sus sueños.

En un principio, Luisa Rulfo de diez años, habla en off dentro de un espacio en penumbra alumbrado  por  la luz de una vela. Sus reflexiones nos llevan a un lugar mágico con una vista privilegiada, situado en la cima de una montaña rodeada de nubes. Poco a poco, la  cámara desciende  hasta descubrir  un bosque en donde  la narradora corre entre los árboles.

Con esta idea de un cuento de ensueño, el realizador se va abriendo paso por lugares heterogéneos de la República Mexicana como la Costa Chica de Guerrero, Papantla en Veracruz, la Sierra Gorda de Guanajuato y Valle de Bravo para mostrarnos a los protagonistas de danzas, cantos y músicas remotas que forman parte de las tradiciones populares del país.

Al tiempo que vemos diablos que aúllan  y danzan con máscaras, escuchamos cantos y piezas interpretadas por copleros que cantan a dúo huapangos de la Sierra de Xichú y cada personaje tiene una historia que contar. Rulfo reúne rimas, rezos, cuentos y sueños mezclados con experiencias de vida de los pobladores más lejanos de las montañas y valles mexicanos para comunicar todo tipo de emociones.

El documental es un retrato atemporal que intenta profundizar en la herencia de las tradiciones de los mexicanos, describiendo momentos importantes de iniciación como el ritual de los voladores de Papantla, en donde vemos cómo desde pequeños se preparan para saltar al vacío y realizar su primer viaje surcando el espacio. Al mismo tiempo, podemos ver a  los pequeños pobladores de la Costa Chica de Guerrero imitando y representando los bailes que sus padres les enseñan al ritmo del tambor que evoca a los demonios que impregnan la danza.

Si bien el registro de las imágenes captadas por el realizador  son muy atractivas, la estructura del documental es inconexa y la narrativa sobre “el sueño de la vida” basada en las reflexiones de Luisa resulta frágil, por lo que muchos puntos de unión que podrían conducir a un producto más convincente quedan  aislados.

Érase una vez es una cinta que se inició hace seis años. Su intención por abarcar un amplio territorio la vuelve complicada y poco contundente, sin embargo, la labor de montaje logra unir las piezas principales para poder llevar a la pantalla un producto con buena manufactura que sirve como testimonio para que personajes entrañables, difíciles de encontrar, sean admirados dentro del entorno de las tradiciones mexicanas.

El  multipremiado director Juan Carlos  Rulfo presentó este documental en el marco de la edición número 16 del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) 2018 y en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG) con buena aceptación de la crítica y el público.

Un trabajo que aunque un tanto fallido, sirve para que los menores conozcan las tradiciones de México.

Actualmente en Cineteca Nacional.

 

 

 

 

 

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