por Miguel Ángel Aispuro

Junio del 2014. Jesse Rosenberg, un agente infalible e inmaculado, celebra en una ceremonia su prematura pero voluntaria jubilación. A mitad de la celebración es cuestionado por la periodista Stephanie Mailer: aquel primer caso importante de su carrera, el asesinato del alcalde de Orphea, su familia y un testigo en el verano del 1994 quedó impune.

Tanto Rosenberg como su compañero del departamento de policía Derek Scott, cerraron el caso con un culpable equivocado, omitiendo una pista clave que estaba delante de sus ojos. Stephanie dice poseer dicha información, aunque necesita una confirmación incontestable. Sin embargo, días después, la reportera desaparece, su departamento es robado e incendiado. Alguien no quiere que la verdad de hace veinte años salga a la luz.

Las consecuencias de esta desaparición son el punto de partida de la más reciente novela de Joël Dicker, La desaparición de Stephanie Mailer (Alfaguara, 2018), un thriller sumamente entretenido, de excelente factura y sin pretensiones. Perfectamente ameno, de fácil lectura y perfectamente olvidable.

En el 2012, con tan solo 27 años, Joël Dicker se consagró como un prodigio literario con la publicación casi simultánea de sus dos primeras novelas: los últimos días de nuestros padres y La verdad sobre el caso Harry Quebert. Ésta última se convirtió en un éxito de ventas y fue traducida a una treintena de idiomas. Pero ahora, La desaparición de Stephanie Mailer es la obra de un autor adulto, con una maduración de los temas que siempre le han obsesionado: el peso del pasado en la identidad y la teoría de los seis grados de separación.

Los protagonistas Anna Kanner, Jesse Rosenberg y Derek Scott, alumnos prodigio de la Academia de policía, resultan ecos del propio Dicker: son jóvenes, exitosos, populares y admirados; poseen una integridad a prueba de todo y, a lo largo de las páginas, descubrimos sus corazones rotos, sus frustraciones y los obstáculos que pudieron torcerlos. A través de este recurso los humaniza y los vuelve entrañables.

Los escenarios ya resultan familiares de los thrillers en general y de este autor en particular: los pueblos pequeños al norte de un Estados Unidos un tanto ficticio, donde todos se conocen y llevan vidas tranquilas y afables. Pueblos pequeños que en realidad ocultan secretos sombríos detrás de sus fachadas, sus jardines y de las sonrisas en la junta vecinal.

Stephanie Mailer es una piedra arrojada en un lago tranquilo: no es tan importante su desaparición en sí misma como lo es el espectáculo de las ondas concéntricas que recorren toda la superficie, revolucionando todo. Su ausencia rompe con esa aparente tranquilidad, con esa armonía, con el sentido de justicia. Tal es el impacto de su desaparición que remueve las certezas (duramente ganadas) de veinte años atrás y las ondas no dejarán intacto a nadie en el pueblo de Orphea.

Hay mucha ambición en la ejecución de la novela por parte de Joël Dicker, pero una ambición también llena de concesiones al lector. Su narrativa es elegante: hace avanzar de manera paralela dos segmentos temporales, prestando a cada uno de los tiempos narrativos una voz distinta. La novela es extensa (roza las 700 páginas) pero su prosa es fluida, funcional; jamás brilla. Su prosa está al servicio de la agilidad y la reiteración de información sin resultar obvia o cansina.

La brevedad de los capítulos (y la constante repetición de la información) parece diseñada para el lector desatento que solo lee un par de minutos al día. Dicker juega con el suspenso, con un argumento retorcido pero no truculento. No le pide devanarse los sesos al lector ni le exige una memoria fotográfica para develar el crimen. Toda información y la tensión de esa información son reveladas y sostenidas de manera adecuada. La resolución final es de una imposible anticipación, pero con total verosimilitud y coherencia. Todas las piezas del rompecabezas estaban ahí, delante de los ojos.

La novela no se alarga en vano: permite al lector conocer el día a día de sus protagonistas, profundizar en sus personalidades y obsesiones, sus sueños y esperanzas. Y es que es otro de los temas recurrentes de Joël Dicker: la idea de la máscara, de que nunca conocemos del todo a los que nos rodean. Vemos las máscaras de sus personajes, las máscaras de prodigios, de éxito, y al avanzar dentro de la novela descubrimos el rostro debajo, delineado y bien construido.

Pero también es aquí donde cojea la novela a causa de la ambición del autor: los personajes principales son ricos y complejos. Sin embargo, hay más de veinte personajes en juego. Muchos son estereotipados, sin profundidad alguna; otros son literalmente caricaturas de profesiones o roles y resultan ridículos e incoherentes, contrastando profundamente con la  humanidad y solidez de otros. Lo peor es que gran parte de la novela pierde verosimilitud en los actos y consecuencias de estos personajes.

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