por Concepción Moreno

Después del escándalo sexual de Kevin Spacey, el proyecto que revivió su carrera, la serie de Netflix, House of Cards, quedó pendiendo de un hilo. ¿Cómo continuar con la historia de la que Spacey era aliento y corazón?

Pues con Robin Wright a la cabeza. Wright, quien apareció en la serie como la esposa de Spacey. Wright hizo un gran trabajo como coestrella y contrapunto del protagonista. La interrogante era cómo lo haría ella sola como estrella de la última y definitiva temporada de House of Cards.

Pues bien, la temporada seis del show responde a esa interrogante. De hecho, Robin Wright hace un gran trabajo como la nueva presidenta de los Estados Unidos y manteniendo a flote un barco que ya se sentía hundido.

Es una pena decirlo, pero debemos festejar que este leviatán de serie por fin termine. Su primera temporada fue revolucionaria: nunca se había puesto en escena de manera tan evidente (incluso obscena) la vida en la Casa Blanca. El poder tal como lo analizan los politólogos estaba ahí, conformando una serie divertida, e impresionantemente certera. Después las cosas se fueron para abajo: los personajes se fueron a extremos caricaturescos, las tramas resultaban cada vez menos verosímiles.

Y henos aquí, en la sexta y última temporada de House of Cards. Sin Spacey, pero con Robin Wright.

El problema de la sexta temporada no es la protagonista, sino el laberíntico final. La serie no se iba a ir tranquilamente sin dar varias patadas ahogado. Si usted no es un gran allegado a la serie encontrará la trama difícil de seguir, con muchos personajes ambiciosos que no tienen más que hilos sueltos y son hoyos en la trama. Los escritores no lograron un cierre elegante, aunque lo cierto es que hay momentos de muchas emociones a los largo de los 8 episodios.

Claire Undewood (Wright) es la nueva presidenta de Estados Unidos una vez muerto su esposo, Frank Underwood (Kevin Spacey). Doug Stamper (Michael Kelly), el perro más fiel de Frank, está en rehabilitación y no puede esperar a salir para ver a Claire a la cara y escuchar de su boca que no fue ella quien mató al presidente.

Diane Lane y Greg Kinnear (Bienvenido de vuelta, Greg, ¿dónde andabas?) aparecen como una pareja de hermanos casi incestuosa donde el poder es tan poderoso como el sexo. Ambos conforman la familia Shepherd, el bloque de los antagonistas más claros de la temporada, empresarios que quieren a como dé lugar el apoyo de Claire, y si no su apoyo, si quitarla de en medio. ¿Mencioné que los Shepherd y Caire son amigos desde la infancia? Quizá los momentos más fascinantes de la serie suceden cuando tenemos acceso al pasado de la flamante presidenta.

Como hacía Frank Underwood, Claire rompe la cuarta pared y le habla directamente al público. Así como Frank era cruel, Claire es práctica y un pelín más bondadosa. “Todo lo que Frank les dijo es mentira”, dice Claire en cierto momento de un episodio clave. Se le ve bien como presidenta.

Sin embargo, la actuación de Robin Wright no era lo único que necesitaba House of Cards para irse con dignidad. Se necesitaban guiones poderosos, fáciles de seguir, intrigantes. La pasión no está presente en este final de una de las series que marcaron el inicio de la era del streaming. Y eso es una pena: pasión es lo que más se necesitaba. Albricias, al fin se acabó de hundir el barco.

0 replies

Leave a Reply

Want to join the discussion?
Feel free to contribute!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *