Pocas figuras de la música han sido tan polémicas como Freddie Mercury, y pensar que una cinta biográfica sobre su figura estaría exenta de opiniones encontradas sería un completo error.

Bohemian Rhapsody, la historia de Freddie Mercury (Reino Unido, 2018) fue dirigida en su mayoría por Bryan Singer, pero debido a su ausencia constante en el set, éste quedó fuera de la producción y fue reemplazado por Dexter Fletcher.

La cinta arranca cuando el joven de origen tanzano Farrokh Bulsara—quien más tarde se convertirá en Freddie Mercury (Rami Malek)—, labora en el área de equipaje de un aeropuerto. Por las noches, el chico frecuenta clubes de música en vivo y es en uno de esos lugares donde conoce a Mary Austen (Lucy Boynton), una chica de familia tradicional con la que Mercury inicia un romance.

Poco después, Mercury se encuentra con Brian May (Gwilym Lee) y Roger Taylor (Ben Hardy), del grupo Smile, cuyo vocalista los acaba de abandonar. Al principio, el encuentro no fluye del modo más amigable, ya que cuando Mercury se ofrece a ser el nuevo cantante de la banda, Taylor se mofa de su pronunciada dentadura, pero Freddie hace uso de una herramienta infalible: su voz.

La primera vez en el escenario, los seguidores de Smile se muestran molestos al ver a un vocalista nuevo al frente de la banda, pero esto cambia en cuanto Mercury toma el micrófono y se apodera del escenario.

La banda, ahora como conocida como Queen, comienza un ascenso casi mágico hacia la fama, al tiempo que Mercury afianza su relación con Mary. Entonces la película se convierte en una antología de momentos clave en el éxito de la banda. Por momentos, entre un hecho y otro pasan cinco años, y la falta de transiciones hace que la emoción se vuelva llana, dejándonos una sensación como de estar leyendo los bloques de Wikipedia.

La película muestra los orígenes extraordinarios de las canciones, que a la postre se volvieron inolvidables, y lo hace de forma simplista.

La relación entre Mercury y Mary se va desgastando conforme su carrera asciende, pero las cosas se ponen peor cuando Paul Prenter (Allen Leech), el manager, al más puro estilo de Yoko Ono, aisla al cantante del resto de sus compañeros, al tiempo que aparentemente provoca que el vocalista asuma su homosexualidad.

Una vez que Freddie Mercury enfrenta esta situación con la mujer que ha estado a su lado, la relación se fractura, además, poco a poco se hace más complicada la convivencia del cantante con sus allegados, y lo que en un momento pareció impensable sucede: abandona la banda.

Hasta este momento, la película se limita a mostrar apenas un par de contratiempos bastante predecibles de Freddie y su banda, algo que podríamos encontrar en cualquier biografía.

Los abusos de sustancias y asuntos escandalosos están apenas sugeridos, y ese es un punto positivo para quien vea la cinta como un tributo a Freddie Mercury y Queen, pero no para los que esperan que Bohemian Rhapsody sea un documental ficcionalizado, cosa que por supuesto no es.

Algo que está muy claro desde el principio es que la visión que quiere darse sobre Freddie Mercury es lo más pulcra y que no es un filme hecho para juzgarlo, sino para honrarlo, pero el espectador queda con una sensación de falta de verdad en el relato. En la última etapa, cuando Mercury se entera de que está infectado con VIH, decide hablarlo con la banda para reunirse y tocar en Wembley, en el Live Aid.

La recreación del concierto es impresionante, un perfecto canto de cisne donde Malek termina de enamorar al espectador con su soberbio performance. En cuanto los actores suben al escenario y se ponen en la piel de Freddie Mercury, Brian May, Roger Taylor y John Deacon, la piel se eriza y los sentidos se salen de control.

Es casi seguro que la cinta será una de las producciones multinominadas en la próxima temporada de premios, pero si hay una categoría en la que puede resultar un fuerte contendiente es en la de mejor actor.

Bohemian Rhapsody es un viaje accidentado, un filme que vale la pena ver en pantalla grande, pero que, al final del día, no irá más allá de ser un retrato aceptable de una de las mejores bandas que ha pisado los escenarios.

Eso sí, el soundtrack es extraordinario.

 

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