Museo: reseña

por Montserrat Pérez Bonfil

Réplica:  
f. Copia de una obra artística que reproduce el original con exactitud.

El más reciente largometraje del director mexicano Alonso Ruizpalacios, Museo (México, 2018), inicia con la siguiente advertencia: “Esta historia es una réplica de la original”.

Ya desde esta pantalla negra con letras blancas, estamos advertidos sobre la falsedad de la narración, porque ¿qué es una ficción sino falsedad? Una falsedad que nos fascina porque la misión de la mentira, además de entretenernos, es abrir ventanas hacia impensables mundos posibles.

Entonces, para construir esta réplica, Ruizpalacios retoma la famosa anécdota de cuando en 1985 un par de muchachos robaron 140 piezas arqueológicas del Museo Nacional de Antropología e Historia de la Ciudad de México.

La cinta, multipremiada en festivales, alabada por la crítica nacional e internacional y galardonada con el Oso de plata al mejor guión en Berlinale 2018, inicia con la voz narradora de Benjamín (Leonardo Ortizgris) poniéndonos en contexto. Una voz terriblemente modulada y sin dicción que, si no cuentas con la ayuda de subtítulos, se vuelve indescifrable por momentos.

Quiero pensar que las alabanzas y los galardones no han sido otorgados a Ruizpalacios porque entrega una cinta que a veces raya en lo experimental, sino porque posee grandes aciertos narrativos, pero, definitivamente, no fue por la calidad del audio, porque deja mucho que desear.

Juan (Gael García), un sateluco estudiante de veterinaria que no puede ejercer porque no se ha titulado, es un tipo inconforme, resentido y enojado con el mundo, a pesar de que nunca le ha faltado nada. Forma parte de la típica familia clasemediera mexicana que trabaja día a día para vivir bien y para darle un futuro a sus hijos, pero Juan es un tipo a quien ni sus papás ni sus hermanas aguantan por problemático e impositivo.

La única persona que lo aguanta (porque no le queda de otra) es su amigo de toda la vida, Benjamín Wilson, quien, por seguirle los pasos, termina cometiendo un delito muy estúpido cuando lo único que le importaba era acompañar a su padre en sus últimos días de vida.

El cinismo de Juan y su impaciencia por hacer algo que lo saque del eterno ciclo de mediocridad en el que vive, lo llevan a idear un plan para saquear la Sala Maya del museo. El chico conoce bien el lugar y sus riquezas debido a que no hace mucho trabajó con un fotógrafo documentando los tesoros.

Además, navega con una bandera de orgullo patrio con la que justifica sus acciones ya que, para él, las piezas arqueológicas fueron robadas de sus lugares de origen para llevarlas al museo, pero a pesar de su discurso, su intención no es regresarlas a donde pertenecen sino venderlas al mejor postor para enriquecerse.

Y es que nunca faltan los gandallas: aún seguían los trabajos de remoción de escombros tras la terrible sacudida del 19 de septiembre de 1985 en la ciudad cuando la entraña de Juan lo guió a dar el golpe justamente durante la Nochebuena, no sin antes arruinar su cena familiar al negarse a fungir como Santa y señalarle a sus sobrinos dónde escondieron sus papás los regalos.

Así, sale a la aventura de la mano de Wilson, estacionan el auto frente a la estatua de Gandhi y llegan al Museo, mismo que no representa un reto significativo para los dos cacos: entran, roban y se van.

La escena del robo intenta hacer un homenaje a Rififí (1955) de Jules Dassin, pero estos maleantes poco experimentados y la falta de maestría a la hora de filmarla (y editarla), hacen que se vuelva repetitiva y carente de ritmo.

El reto viene después: ¿cómo cobrar la recompensa? ¿quién sería tan estúpido como para comprar un tesoro robado que, por valer tanto no vale nada, sobre todo porque México entero lo está buscando?

Los muchachos se aventuran en un viaje hacia Palenque para encontrarse con Bosco (Bernardo Velasco) quien les ayudará a colocar las piezas. Aunque Bosco también se muestra reticente, termina presentándoles a Mr. Graves (Simon Russell Beale), un magnate coleccionista de piezas arqueológicas que reside en Acapulco y que podría representar la solución a los problemas de Juan y Wilson.

Obviamente, Graves los rechaza y les hace ver que aunque las piezas son invaluables, nadie sería tan estúpido como para comprarlas.

Mientras tanto, Wilson tiene prisa por regresar a la ciudad ya que su padre ha sido ingresado de urgencia al hospital y no pinta nada bien, pero Juan impone (como siempre) su voluntad sobre la debilidad de carácter de su “amigo” y lo obliga a quedarse.

A partir del rechazo de Graves, Ruizpalacios nos lleva a ver las peripecias de un Juan demasiado estúpido pero con demasiada suerte. Sí, hasta el momento ha sido un tipo despreciable con buena fortuna, pero una vez que Wilson decide irse por su lado, Juan entabla una pelea en un antro de mala muerte, se emborracha con una teibolera en la playa y pierde el sentido hasta el día siguiente cuando se da cuenta de que ha perdido su mochila con el botín. Mismo que no tarda mucho en recuperar, pero el merecido castigo llegará en poco tiempo.

El guion cumple en el sentido de que el personaje de Juan inicia un viaje que le revelará quién es y lo que es capaz de hacer; sufre una transformación y, tras un momento catártico, se entrega a su destino. Aún así, es pertinente observar que la cinta falla al no lograr conectar con el espectador debido a que a los personajes —sobre todo a Juan— les falta tridimensionalidad y no logra hacernos odiarlo lo suficiente como para engancharnos ni mucho menos hacer que nos caiga bien.

Desde Güeros (2014), es evidente que Ruizpalacios busca marcar un estilo cinematográfico particular en el que se da permiso de romper la cuarta pared, desfasar el audio, girar la cámara 180º para ver a los personajes de cabeza (recurso usado en ambas cintas); mostrar un cuadro totalmente negro con tan solo la fresa de un cigarro encendido como elemento narrativo, y filmar con una enloquecida cámara en mano la persecusión de un personaje. Todo lo anterior le es posible gracias a la mancuerna que ha logrado hacer con su amigo, el cinefotógrafo Damián García.

Es evidente la química que existe entre García y Ruizpalacios a la hora de filmar, cosa que se nota sobre todo en Güeros, pero en esta entrega su facilidad para experimentar u homenajear a sus cineastas favoritos en pantalla puede llegar a resultar pretencioso e innecesario.

En su narración, Wilson nos repite varias veces que nadie, más que la persona que hace las cosas, conoce los motivos por los cuales las hace, por eso, Museo es tan solo una réplica, una interpretación, un intento de retomar una historia que pudo haber sido narrada de muchas y mejores maneras.

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