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Galveston en el papel y la pantalla

Años como heridas

por Miguel Ángel Aispuro Ramírez

Es mayo de 1987 y Roy Cady está muriendo. La radiografía de sus pulmones está llena de copos de nieve. Cuarenta años de una vida peligrosa y violenta están llegando a su fin. Lo acepta, pues es un hombre duro, sin amor ni piedad. Tiene el corazón roto y las manos manchadas de sangre. Está tan solo que no hay nadie a quién confiarle la mala nueva: que, como el asesino más puro, ya está muerto.

El mismo día que recibe el fatal diagnóstico, su empleador Stan Ptitko le ha asignado un nuevo trabajo: intimidar a un abogado sin ser excesivamente duro con él. Le ha pedido no ir armado para evitar que las cosas se salgan de control. Muy sospechoso. Encima, no hará el trabajo solo. Lo acompañará otro hombre con quién está en malos términos a causa de una mujer. Huele a emboscada. Y no se equivoca. El abogado ya estaba muerto. Tres profesionales con mejores armas y entrenamiento los esperaban. Habría sido una muerte más rápida e indolora, más digna que la agonía del cáncer, pero algo se interpuso: la intuición de ocultar una navaja, suerte o destreza en cada disparo y un salvaje impulso por vivir. Solo Roy Cady (un hombre que en realidad ya está muerto) permanece en pie entre los cadáveres. En otra habitación hay una mujer, Rocky, demasiado joven y asustada para saber si está ante su salvador o su verdugo. Juntos emprenden la huida.

Nic Pizzolatto ejecuta en su primera novela, Galveston (Ediciones Salamandra, 2014) un relato policiaco en toda regla: el hombre duro que lidia con el trastrocamiento de su mundo, la presencia de una mujer que oscila entre la femme fatale y la damisela en peligro, con la violencia y la búsqueda de la redención. Sin embargo, este periplo poco singular (incluso predecible) es solo la columna vertebral de una reflexión más amplia: Galveston es una novela rigurosamente noir pero, como una prefiguración de True Detective, es también una introspección de la memoria, el destino y el sentido existencial. Roy Cady es un héroe trágico, atrapado en la inercia de su propia violencia, sus actos están preñados de simbolismo, como cuando afeita su rostro para evitar ser reconocido y él mismo desconoce su rostro o su asesinato del hombre con quien se siente identificado.

Todos los personajes de la novela están surcados de cicatrices (físicas, espirituales). Todos tienen una historia, una soledad feroz y los recuerdos emponzoñados. Galveston “es una larga historia repleta de huérfanos” (apuntaría el mismo Roy), de una crueldad que nace justo en el desamparo.

Es lo anterior lo que hace naufragar a la versión cinematográfica de Galveston (Mélanie Laurent, 2018). Resulta en cierta medida pretensiosa. Por un lado respeta en lo posible cada evento y diálogo de la novela,  logrando secuencias de acción que capturan esa violencia lírica y vertiginosa de las páginas de Pizzolatto, pero por el otro lado, el guion elimina toda remembranza y se desentiende de las breves prolepsis (flashforwards) que hace el narrador (y que resultan claves para el desenlace, el cual acaba demasiado explicitado). El guion ha prescindido de toda reflexión y profundidad, de todo simbolismo. Es imposible no ver como un desacierto esta mutilación al compararla con otra película muy similar Nunca estarás a salvo (You Were Never Really Here, Lynne Ramsay, 2017) que logró en una serie de brevísimos flashbacks reconstruir la biografía de su protagonista, con todo el peso traumático y el significado de la novela en que se basó.

Destaca, a pesar de todo, la entrañable actuación de Elle Fanning y una fotografía que retrata la sordidez y la belleza de los escenarios de Texas. Ben Foster logra actuaciones correctas, proyectando en todo momento el sentimiento de extravío, de frustración y de ciega violencia.

La película Galveston es una opción interesante para aquellos que busquen un relato noir convencional, con actuaciones que oscilan entre lo correcto y lo sobresaliente y una fotografía memorable. El desenlace es bellísimo e impactante.

Galveston, en su versión en papel o en la pantalla, en una (re)lectura del pasado, la violencia y la redención que no dejará indiferente al lector o espectador.

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