Sobre la romantización de la locura y el genio artístico

por Leonardo Ponce

Cuando a Dios le entrega uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse” escribió Truman Capote en la introducción de su libro Música para camaleones. Y esa frase siempre vuelve a mí cuando llega la noticia de que algún artista o celebridad ha perdido la vida.

La historia es vieja, pero no deja de repetirse una y otra vez. Recientemente acaba de estrenarse una película (que probablemente será favorita en la contienda por el Oscar), Nace una estrella (2018), que narra justamente esa historia; Un ser humano lleno de fama y talento que carga una terrible carga de la cual parece ser que la única solución es el suicidio.

En este año, 2018, Mac Miller, Anthony Bourdain, Dolores O’ Riordan, Avicii, Kate Spade, Mark Salling, Jackson Odell son tan sólo algunas de las celebridades que perdieron la vida a causa de una adicción o una enfermedad mental. ¿Qué pasa? ¿Cómo es que llegamos a esto? ¿Por qué en nuestra sociedad el trabajo creativo está tan ligado a la inestabilidad mental?

Las enfermedades mentales y las adicciones no son exclusivas de los artistas y creativos, pero hay un componente en el ambiente de la creatividad que lo hace diferente: El artista, cuando expone su obra, no sólo expone su trabajo, si no que expone su autoestima y valor como ser humano. Esto hace que cuando fracasa, no sólo fracasa su trabajo, si no que él mismo se considera un fracaso. Del mismo modo, cuando tiene éxito, entonces él es un éxito, lo cual lo hace caminar en una cuerda muy floja.

La escritora Elizabeth Gilbert dice que en algún punto de la historia, específicamente en la antigua Grecia y la antigua Roma, la humanidad no pensaba que la creatividad venía de los seres humanos sino de una entidad divina que acudía a los seres humanos desde una fuente distante, a estos espíritus divinos los griegos les llamaban démones. Los romanos tenían el mismo concepto pero lo llamaban “Genio”.

Más tarde en la historia, en la Europa renacentista, pasamos del Genio que asiste al artista en su trabajo, a la idea de que un artista es en sí mismo un Genio, poniendo un peso brutal sobre el individuo dando vida así a la idea nociva de que una persona creativa tiene que ser una persona atormentada

Lo interesante de todo es que la idea de la genialidad es una cuestión completamente subjetiva ya que depende desde qué cultura se analice.

Si tomamos como ejemplo la música del periodo clásico, en el que el público permanece sentado y en silencio mientras el músico toca, y lo contraponemos con la visión africana en la que el espectador mismo es parte del espectáculo, encontramos dos visiones completamente opuestas. Una de separación y otra en la que se sugiere que todos somos parte de la misma experiencia humana. No hace falta indicar cuál es la noción que ha permeado en nuestros artistas, y que ha ayudado a consolidar la idea de que existen personas que LO TIENEN y personas que NO LO TIENEN.

Lo cual no sucede en culturas en las que la música es parte inherente de sus tradiciones religiosas como en la India o las comunidades afroamericanas en Estados Unidos, por ejemplo, donde la música es parte de su constitución cultural como seres humanos porque fueron educados dentro de esa tradición y no con una idea de separación de ella.

Pienso mucho en la escena de la película Whiplash, cuando el maestro abusivo interpretado por J.K. Simmons, que se dedica a quebrar el ego de los estudiantes porque tiene la creencia de que sólo así llegarán a la grandeza, le dice al personaje de Miles Teller que solamente ese entrenamiento riguroso dará al próximo Charlie Parker. Las historia nos dice que ese nivel de presión causa expectativas irreales y una distorsión al ego que se ha comprobado una y otra vez tiene un costo altísimo.

Si la pregunta es si todo ese dolor y sufrimiento valdrían la pena si es que eso nos da al próximo Charlie Parker probablemente la respuesta sea que sí lo vale, pero…¿No sería mejor si nadie tuviera que perder la vida por ello?

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