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El ciudadano ilustre: la fantasía de los argentinos

por Miguel Mora Vargas

Dentro del  imaginario de lo que alimenta a la cultura argentina está  el Premio Nobel de Literatura. Curiosamente, Argentina es el país latinoamericano con más premios Nobel, pero nunca ha podido alcanzar el reconocimiento máximo en las letras a pesar de sus grandes escritores.

Pero para llenar ese vacio, El ciudadano ilustre (España, Argentina, 2016) cumple con  la fantasía de muchos argentinos que anhelan obtener el galardón. Gracias a la imaginación de los cineastas Gastón Duprat y Mariano Cohn,  junto con la labor del guionista Andrés Duprat, logran crear un supuesto “monstro talentosísimo” de la literatura después de Jorge Luis Borges, para llevarlo a la pantalla y así ganar el Premio Nobel.

La película esta dividida en cinco capítulos para hacerla sentir como una obra literaria. Todo arranca en el momento de la premiación  “al prolífico y prestigiado” escritor Daniel Mantovani (Óscar Martínez). Lo vemos recibir el galardón y dar un irreverente discurso con la intención de ser irónico y cáustico con el oficio que lo llevo al éxito.

Después de la ceremonia, aparece instalado en una súper mansión en Barcelona, en donde aparte de mostrarse bloqueado por la falta de inspiración, comienza a evitar todo tipo de contacto con el exterior, diariamente rechaza un sinnúmero de entrevistas, seminarios, premios  y compromisos alrededor del mundo. Asume una falsa modestia y se comporta como un rockstar agobiado por la fama.

Pero dentro de este ostracismo autoinfligido, una invitación capta su atención: se trata de una carta del intendente de Salas, un pueblo perdido a 700 kilómetros de Buenos Aires en donde lo invitan a un homenaje en su honor para otorgarle una medalla y nombrarlo ciudadano ilustre.

Contra todo pronóstico, Mantovani acepta y emprende el largo viaje hacia el pueblo que lo vio nacer. Salas es el escenario en el que se ha inspirado para escribir sus historias exitosas, utilizando la ciudad como marco de referencia, nutriéndose de las anécdotas, y  los personajes de la localidad (cualquier parecido con García Márquez es pura coincidencia).

Pero a diferencia de lo que pudo ser Macondo o Aracataca sublimado (sitio donde nació Gabriel García Márquez), Salas es un pinchurriento pueblo perdido en medio de la nada, sin magia y sin chiste, con una población aislada hundida en la ignorancia, lleno de contradicciones con sus  pretensiones artísticas.

Después de un accidentado viaje, Mantovani es recibido en su pueblo con honores, mostrando la admiración y orgullo de los residentes,  aunque con el tiempo  esos sentimientos irán cambiando gradualmente hasta transformarse en envidia, resentimiento y odio hacia el escritor y su obra.

Antes de que el ambiente se vuelva dañino, el escritor  cosmopolita se reencuentra con viejos amigos, amores y lugares del pasado. Es de forma gradual que se descubre que en realidad la obra de Mantovani no es del agrado de todos los habitantes. Por un lado, algunos se sienten halagados porque su pueblo se dio a conocer alrededor del mundo,  pero otros se sienten traicionados y ofendidos porque consideran que el autor  muestra la peor cara de Salas.

Esta animadversión se irá fermentando hasta que el escritor se convierta en un elemento ajeno y perturbador, el afecto con el que fue recibido desaparece, pronto descubrirá de forma trágica que su pasado y su presente son irreconciliables.

El ciudadano ilustre intenta ser una comedia dramática agria, pero por desgracia su humor es sumamente localista, lo que le impide atravesar el umbral universal del género y se queda siendo un melodrama con momentos de suspenso.

No obstante, los directores Gastón Duprat y Mariano Cohn, logran buenos momentos de tensión, en los que el protagonista se confronta con una realidad inesperada dejando al espectador sumido en el asombro, logrando capturarlo.

Por su parte, la fotografía a cargo de los dos realizadores, es un trabajo muy a modo a la puesta en escena y nada más, digamos que no hay ningún exceso ni tampoco nada espectacular, simplemente cumple.

La película ha sido seleccionada en numerosas ocasiones: en 2016 participó en el Festival de Venecia donde fue nominada a Mejor film 2016; en los Premios Goya obtuvo el reconocimiento como mejor película hispanoamericana 2016, y en el Festival de Valladolid obtuvo Seminci, la Espiga de Plata y Mejor guión 2016, entre otros premios.

 

 

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