Verano del 84: nostalgia por el slasher

por J.A. Zandi

En una era donde se apela a la nostalgia de la década de los ochenta, pensé que Verano del ’84  (Summer of 84, EU, 2018) sería una pieza más en el repertorio de estudios que desean inversiones seguras, ya sea por la adaptación de un cómic, secuelas-precuelas o llegar al público vía nostalgia, pero afortunadamente me equivoqué.

La película trata acerca de Davey (Graham Verchere), un joven de 15 años que, por pura casualidad, ve a un joven pelirrojo dentro de la casa del vecino. Más tarde, el joven es reportado como desaparecido y esto empuja a Davey a espiar a su vecino policía, Wayne Mackey (Rich Sommer).

La cinta comienza con Davey narrando la existencia idílica en su vecindario pero advierte que las cosas son engañosas y que “…hasta los asesinos son vecinos de alguien”. Y es así como inicia este thriller nostálgico con algunos elementos de terror.

El chico convence a su grupo de inseparables amigos para que lo ayuden a descubrir si el solitario señor Mackey es el “Asesino de Cabo May”, quien ha matado a más de una decena de jóvenes. La investigación la llevan a cabo con las herramientas que tienen a la mano: walkie talkies, bicicletas, linternas y ese instinto por travesuras que es natural en los adolescentes.

La película transcurre en el mítico suburbio del “sueño americano”: casas con grandes jardines, vecinos trabajadores con familias normales y la inocencia de la adolescencia en un verano libre de las cadenas de la escuela.

Las cosas se van complicando con los problemas personales de los chicos y porque sus padres no les creen, pero, sobretodo, por el temor a que el señor Mackey se percate de que lo están espiando y tome cartas en el asunto.

Ellos tienen que encontrar alguna pista o evidencia para desenmascarar al vecino pero sólo cuentan con evidencia circunstancial y la convicción del protagonista.

La construcción de los personajes se presenta de una manera creíble; de hecho, dos de ellos, Eats y Woody tienen momentos sutiles donde se muestra que tienen una vida familiar con muchos problemas y que no todo es miel sobre hojuelas en el sueño americano.

Eats proviene de un hogar violento donde los padres discuten todo el tiempo y Woody es hijo único de una enfermera que sufre depresión porque su marido los abandonó recientemente. De hecho, en una escena, Woody decide no salir con sus amigos a divertirse una noche para cuidar a su madre. En realidad, es la amistad entre los chicos lo que los mantiene a flote y es lo más sincero de su mundo.

Dirigida por el triunvirato de François Simard, Anouk Whissell y Yoann-Karl Whissell, creadores de Turbo Kid (2015, Canadá, Nueva Zelanda y EU), Verano del 84 no sobresale por sus actuaciones o la fotografía, pero sí por su ambientación y música.

En todo momento, nos sentimos parte de esta distópica comunidad, donde todo parece perfecto y alentador: una pesadilla del orden y el progreso en la que la trama recuerda a La Ventana Indiscreta de Hitchcock donde el protagonista también se obsesiona con su vecino siniestro.

Le Matos creó un score musical que complementa perfectamente la reconstrucción de la década de los ochentas. Toda la música es de sintetizador y emula las bandas sonoras del género del terror de esa era, sobretodo las películas de John Carpenter.

La cinta fluye con normalidad, sin ningún momento “genial” pero esto cambia tercer acto, donde el tono mismo de la pieza cambia y se eleva a una altura previamente desconocida. En otras palabras, el final la salva, y cabe mencionar que lo hace de una manera no-exagerada o sacada de la manga, es producto del guion y todos los cimientos están presentes desde el inicio para llegar a una conclusión coherente y emocionante.

En Estados Unidos se continúan haciendo películas indie de género y es bueno que las cadenas en México comiencen a darles un lugar en su cartelera y que no nos atiborren con Disney o Marvel únicamente.

 

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