La gran promesa: una gran decepción

 

por Jonathan Mata Richardson

En 2013, el director mexicano Jorge Ramírez Suárez nos trajo Guten Tag, Ramón, un filme que a ratos resultaba entrañable. Cinco años más tarde, vuelve con La gran promesa, una versión ultra pretensiosa de lo mismo que nos deja clara su pasión por pasearse por Europa.

El filme comienza cuando el fotógrafo de guerra mexicano Sergio de Alba (Juan Manuel Bernal) se encuentra cubriendo una zona de conflicto en África. Mientras él toma una foto que a la postre se volverá muy famosa, su pareja, Teresa (Ilithya Manzanilla), se halla dando a luz en los Estados Unidos.

Una vez que Sergio vuelve para reencontrarse con su mujer y su recién nacida hija Stella, éste se entera de que la madre no sobrevivió al parto. Poco tiempo después, un juez ordena que el ex-esposo de Teresa, un antiguo militar de apellido O’Connor (Sam Trammell), se quede con la custodia de la pequeña. Con la impotencia provocada por dicha decisión, Sergio toma a la niña y huye con ella. En medio del alboroto, O’Connor dispara su arma y mata a una enfermera, provocando que lo condenen a prisión durante 26 años.

Sergio cruza la frontera y entrega a Stella en adopción a una pareja de amigos de Durango, con quienes vive durante tres años hasta que las autoridades dan con su paradero. De Alba decide huir y dejar a la niña con el matrimonio, desapareciendo del mapa durante más de dos décadas.

Después de muchos años, Klaus, padre adoptivo de Stella y amigo de Sergio, lo localiza en Bosnia y Herzegovina, donde trabaja en una pequeña tienda de fotografía. La reunión representará el inicio del camino del fotoperiodista para reencontrarse con su hija ahora adulta.

Sergio emprende el viaje de regreso a México, pero primero deberá pasar por Frankfurt, donde conocerá a Rita (Sofía Espinosa), una excéntrica joven que lo ayudará en su aventura de regreso a casa.

Puede que la sinopsis de la película parezca coherente e incluso interesante, pero no existe algo más lejano a esto. Se supone que el parteaguas de todo es la decisión del juez de privar a Sergio de la custodia su hija, pero el retrato de dicho momento rebasa lo inverosímil. Según esto, el juez le da la custodia de la niña a O’Connor porque durante un par de meses Teresa se acostaba con ambos y él era el esposo y Sergio un inmigrante con una visa a punto de expirar. Sin pruebas de ADN y sin más.

Luego, el protagonista y sus amigos cruzan a México con un bebé de brazos sin mostrar documento alguno de la recién nacida a las autoridades fronterizas. Por si esto fuera poco, Sergio les dice que vayan y lo registren como suyo para que a él no lo rastreen, como si se tratase de la compraventa de un objeto cuyos trámites burocráticos se limitaran a llegar con un bebé y pedir que lo registren como propio.

La historia se muda por alguna extrañísima razón a los Balcanes y posteriormente a Alemania, sin —–—creemos— ninguna otra razón que la de pasear al equipo de producción por Europa. Porque claro, la pequeña escena ubicada en Somalia evidentemente se filmó en algún desierto de Sonora o Durango.

Más allá de lo absurdo del melodrama y de lo innecesario que era ubicar el andar del personaje en países de otro continente, el filme es una mezcolanza grotesca de subtramas. Cuando parece que nada puede ser más burdo y que la telenovela está por llegar a su fin, el espectador se traga treinta minutos extras en una serie de secuencias de acción y misterio que involucran el robo de unos diamantes. En un abrir y cerrar de ojos, pasamos de No se aceptan devoluciones a Ocean’s Eleven.

La gran promesa es una película que intenta alejarse del molde con el que están hechas la mayoría de las cintas mexicanas, pero resulta un esfuerzo desmedido que termina siendo una bazofia muy costosa.

La película puede ser disfrutada por el público en general porque le otorga al espectador imágenes distintas a las que usualmente se encuentran en nuestro cine: ver a actores mexicanos paseándose por Bosnia con aspecto de indigente puede impresionar a más de uno, pero la realidad es que más allá de eso, es una obra que no tenía por qué existir.

Una gran promesa: una gran decepción.

 

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