En el principio era la magia: un vistazo a Ángeles fósiles de Alan Moore

por Miguel Ángel Aispuro Ramírez

Alan Moore, en su cuadragésimo cumpleaños, se autoproclamó mago. Su primer acto fue adherirse al culto de Glycon, una antigua deidad con forma de serpiente.

Textos de Luciano, en el siglo II, dejan constancia del fraude que Glycon representaba: no era más que una boa constrictora amaestrada. Disimulados en su cabellera falsa había mecanismos que le daban voz y movimiento a su boca. Moore conocía y aceptaba cada detalle de este montaje. Desde luego, poco le importaba la verosimilitud en la elección de un dios intrapersonal. Alan Moore solo se decantó por una imagen simbólica que rigiera sobre su recién instaurado mundo interno mágico.

Esta breve anécdota traza la esencia del ensayo Ángeles fósiles: el mundo es mágico; los dioses son ideas que moran en el pecho del hombre; cualquier creencia personal de orden y sentido es, el en fondo, un esfuerzo creativo, una prestidigitación; y que todo lo anterior no carece de cierta extravagancia y sentido del humor.

Ángeles fósiles (La Felguera Editores, 2014) es un libro hermoso a la par que complejo y de difícil abordaje. Bellamente ilustrado con viejas fotografías y grabados místicos de abrumador simbolismo, desborda erudición y misterio. Hay frases sueltas en letras enormes y otras minúsculas en páginas negras, sentencias de un incomprensible encantamiento. Puede ser leído como el delirio egocéntrico de un autor de cómics renegado (cuyos ojos de fiebre acechan desde la portada), con la reverencia debida a un grimorio o bien como si se tratase de un velado manifiesto anarquista.

La Felguera Editores brinda una concienzuda introducción (no en vano ocupa la tercera parte de la edición) de Servando Rocha. En su prólogo titulado “El hermoso hechizo de los magos anarquistas”, Rocha establece históricamente el lugar de la magia en la cultura, desde el chamanismo al agónico ocultismo actual, pasando por los alquimistas, los iluminados del Renacimiento tardío como los ingleses John Dee y Edward Keller, las Órdenes místicas y esotéricas y los movimientos ocultistas del XIX y principios del XX, como la Golden Dawn y los textos de Aleister Crowley. En igual medida, el prologuista expone con acierto las diversas ideas de Alan Moore en torno a la magia que pueden apreciarse no solamente en sus ensayos y entrevistas sino también en la médula de sus cómics.

El ensayo Ángeles fósiles (propiamente dicho) es un ejercicio bellísimo de erudición, imaginación y sentido del humor. Las inagotables referencias del autor son, por fortuna, prolijamente explicadas a pie de página en las notas del Rocha.

Dos metáforas (una sugerente y hermosa y la otra cínica y divertida) definen el status actual de la magia en la cultura. El título “ángeles fósiles” hace referencia a una contradicción de términos: algo de danza, de vitalidad, de pureza y fluidez se opone a lo anquilosado, lo petrificado y carente de vida y movimiento. La magia misma siempre mutable por antonomasia es reducida, sin éxito, a ecuaciones y salmos, a parafernalia antiquísima, por el Ocultismo actual. Dicho ocultismo actúa como un karaoke hechicero (la otra metáfora): incapaz de generar nuevos conocimientos, se empeña en repetir los Grandes Éxitos de antiguos iluminados, una repetición por demás estéril. Alan Moore, cabe anotar, ni siquiera menciona la brujería y la santería, en un silencio a interpretar. Así pues, el ejercicio de la magia termina relegado a los disfraces, las representaciones y una polvorienta nostalgia.

El autor expone el recorrido de la magia, de su lugar en la civilización: la magia fue una forma personal e interior de entender al hombre y su relación con el mundo; esta visión fue cegada parcialmente por las religiones organizadas; la caída estrepitosa de la alquimia separó la visión entre un mundo material y científico y un mundo inaprehensible y mágico; la magia y la ciencia se volvieron enemigas. Satanizada por la religión y desacreditada por la ciencia, la magia quedó desprovista de objeto y sentido.

Pero Moore vislumbra en su conclusión un horizonte para la magia, ajeno a los ángeles fósiles y la parafernalia de las logias: la magia es arte, el arte es una forma de magia. La magia fue danza, poesía, música, pintura. La magia exigió creatividad y talento, lo mismo que el arte genuino. Carecen del utilitarismo de las religiones o de la ciencia. Ambos ofrecen iluminación, realización y trascendencia.

En definitiva, Ángeles fósiles en un lúcido ensayo sobre la historia de la magia, un poderoso manifiesto sobre la pertinencia del Arte y una clave para comprender mejor la obra de una de las mentes más creativas de nuestro tiempo.

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