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Reseña de la serie Maniac

por Daniel Villamil

¿Existe un patrón establecido en nuestras vidas? ¿Todo lo que vivimos es por casualidad? ¿Se puede volver adicto al dolor? Estas son algunas de las preguntas que intenta responder Maniac (2018) la nueva miniserie de Netflix dirigida por Cary Fukanaga.

A lo largo de 10 episodios, Maniac nos cuenta la historia entre Owen Milgrim (Jonah Hill) y Annie Landsberg (Emma Stone), dos desconocidos cuyas vidas se encuentran en el experimento de una importante farmacéutica que busca erradicar los trastornos mentales, gracias a un tratamiento que consta de 3 pastillas y una serie de simulaciones virtuales controladas por una computadora llamada GRTA.

Estamos ante una obra que exige la atención absoluta del espectador, pues desde el primer momento se muestran pequeños elementos que sirven como conductores durante toda la trama: un cubo Rubik y el libro de Don Quijote.

Sin embargo, esto no convierte a la miniserie en algo tedioso o aburrido de ver. La manera en que Fukanaga logra enganchar al publico es creando una amalgama de ciencia ficción, fantasía, noir, humor negro y la socorrida década de los 80. De esta forma, el director logra desarrollar una narrativa que presenta varios cambios de ritmo, los cuales además, de apelar a los recuerdos de diversas influencias de la cultura pop, sirven para mostrar gran variedad de capas con las que cuenta la mente humana.

El anhelo que siente Owen de ser el “elegido” para salvar al mundo y a su amada mientras vive en un mundo gris que lo oprime, nos remiten a Brazil (1985) de Terry Guiliam o The Matrix (1999) de las hermanas Wachowski. Por su parte, la soledad y el dolor provocados por la partida de un ser amado, así como las medidas extremas que toma Annie con tal de seguir adelante, nos recuerda a Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004) de Michel Gondry.

Pero los anteriores no son los únicos recursos de los que se sirve el director para establecer su relato. De manera magistral, Fukanaga toma elementos estéticos tanto de las películas ya mencionadas como de Alien (1979) de Ridley Scott, Star Trek (1979) de Robert Wise y la miniserie V (1983) de Kenneth Johnson, para cimentar un estilo “retrofuturista”, gracias al cual, con solo un vistazo, podemos entender y aceptar la función de las maquinas en la trama, sin la necesidad de caer en una explicación demasiado técnica que podría entorpecer el ritmo de la historia.

Y por si todo esto no fuera suficiente, el equipo que supervisa toda la parte técnica del tratamiento es japonés, explotando el cliché de la superioridad tecnológica de aquel país. De esta manera GRTA nos recuerda a V’Ger de la ya mencionada Star Trek, mientras que el equipo que la supervisa parece el que cuidaba a Magi en el anime Evangelion (1995) de Hideaki Anno.

Aunque la serie no es perfecta ya que el personaje de Owen tiene algunas inconsistencias al final y no logra responder del todo las preguntas del principio, Maniac es refrescante, no solo por la manera en que está construida, sino por la manera de retratar los desordenes mentales: nunca los glamoriza ni los estigmatiza, simplemente los muestra como algo natural, lo cual es probablemente el mayor logro y virtud de la miniserie.

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