El Buquinista: una cinta pretenciosa

por Miguel Mora

Una historia pretenciosa, con muy escasos recursos cinematográficos, intenta sorprender a los incautos que se dejen llevar por un relato poco probable y fallido, haciendo gala de un argumento barato que tiene como sustento presentar a un personaje que durante más de la mitad de la trama piensa y habla en francés.

El buquinista (Le bouquiniste, México, Francia, 2018)  es una película escrita y dirigida por Gibrán Bazán que cuenta la historia de Lucien (JC Montes Roldán), un vendedor de libros viejos que emigró de Francia a México y  vive atormentado por la muerte de su esposa.

Todo gira alrededor de Lucien, un individuo cuarentón encerrado en sí mismo que ha logrado  instalarse en la ciudad de México. Este ser amargado y antisocial  pasa sus días dentro del local que utiliza como negocio, acompañado de su asistente Casildo (Amador Torralba), un enano poco agraciado que pretende ser chistoso. Para condimentar la trama, el director Bazán hace un uso indiscriminado de la voz en off del personaje principal, que se auto describe como un “hombre pensante” porque siempre ha vivido rodeado de libros.

La mayor parte de la historia  transcurre dentro de una librería situada en Álvaro Obregón  y algunos exteriores ubicados a su alrededor, combinados con otros dos o tres interiores, a lo mucho. Esta cinta minimalista está salpicada de las alucinaciones recurrentes que tiene Lucien al imaginar a su ex-esposa (Sophie Gómez) en vida.

Al poco tiempo, el librero conoce a Ellen (Ariana Figueroa), una joven atractiva que le ofrece en venta una biblioteca que heredó. Lucien llega a un arreglo con ella y descubre entre la mercancía un libro misterioso de algoritmos con una fórmula matemática, con la cual cree poder revivir a su finada esposa.

La trama se enfrasca en una serie de evocaciones del pasado incrustando escenas del presente en donde el personaje principal  hace una transposición con las imágenes de Ellen y su anterior pareja dando a entender que recuperará el amor perdido. Sin embargo, la ejecución de los planos que propone Bazán son bastante pobres y no logran  culminar en el efecto deseado. Esto redunda, por supuesto, en dejar un drama vacilante, que incurre en lugares comunes, porque la torpeza formal de la cinta anula el poder rescatar las ideas más interesantes del guion.

Inspirada en un libro del propio director, la película adolece de humildad, pretendiendo navegar en un mundo metafísico mal resuelto.  La falta de recursos de producción no es pretexto para hacer mejor o peor una cinta porque la respuesta para contar algo bien contado no está en los espacios sino en la utilización correcta del lenguaje y la habilidad del director.

Para montar  una puesta en escena convincente, es necesario plasmar el ritmo de la trama de manera ágil y cinematográfica, cuestión que no logra trasmitir la historia en general, por el contrario, se siente la ausencia del realizador en los momentos más críticos de la esencia de la trama, abandonando el resultado a la imaginación del espectador.

El buquinista intenta ser un drama intimista construido sobre la reflexión del duelo humano que experimenta un personaje al perder un ser querido, pero es evidente que estos temas requieren de un vocabulario más complejo del que se utiliza a lo largo del metraje.

Gibrán Bazán, único alumno del cineasta de culto Juan López Moctezuma (Alucarda, Mex, 1978),  muestra con ésta, su segunda entrega después de Generación Spielberg (México, 2013), que tiene un arduo un camino por recorrer para lograr afinar un estilo y alcanzar su cometido.

La cinta se estrenó en Cineteca Nacional el 13 de julio y también en las salas de Cinépolis.

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