por David A. Ledesma Feregrino

Ojalá sus fantasmas vayan a jalarles las patas en la noche

a los políticos que dejaron que se construyeran edificios de espuma

sobre los escombros de la muerte.

Lydia Cacho, Abrir los ojos.

Editada por Almadía y Fondo Ventura, Tiembla es una compilación de crónicas y testimonios construidos a partir de los terremotos del 7 y 19 de septiembre del año pasado.

Bajo la selección de Diego Fonseca, esta antología reúne una diversidad de plumas destacadas en el periodismo, el ensayo y la narrativa del país. Tomando la solidaridad como piedra angular, Tiembla es un esfuerzo por indagar en el trasfondo de una herida que, en más de una decena de casos, todavía ni siquiera ha empezado a sanar.

Se accede a la obra como se entra al infierno. “Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor”, reza el epígrafe evocando La Divina Comedia de Dante.

La sensación es la misma que provoca el diseño de la portada, un grabado de Posada intervenido por Francisco Toledo. Una multitud atormentada extiende sus brazos hacia el cielo, como esperando un súbito destello de bondad de una entidad sobrenatural que ni en la ficción se ha manifestado piadosa.

“¡Oh, abandonen toda esperanza los que aquí entren!”, advierte la tinta, recordándonos que, aunque estemos frente a una obra generada desde la ternura y la fraternidad, nos hemos dado cita en este libro, como lectores, como autoras, para hablar de la muerte, de la injusticia y de las familias rotas por la negligencia y la incapacidad de las autoridades.

La idea parece aventurada en primer término. Podríamos pensar que es algo pronto para generar una recopilación de testimonios definitivos sobre esos dos grandes temblores. ¿Cómo decidir cuáles crónicas valdrán la pena en el futuro cuando, a unas cuantas semanas del #19s, prácticamente no había autor que no tuviera su propia versión del terremoto transformada en experiencia estética?

No fueron pocos los textos periodísticos con aspiraciones poéticas que circularon en las redes y en los medios electrónicos unos cuantos días después del desastre. Es natural; todos queríamos hacer manifiesta nuestra supervivencia desde nuestros campos de acción.

Tiembla, sin embargo, no es otro intento por reafirmar el yo, sino el inicio de una exploración colectiva en los resquicios de las mejores y peores cosas que hemos aportado a nuestra vida en sociedad. La obra profundiza lo mismo en la empatía que como seres humanos hemos sido capaces de desarrollar hacia los individuos de otras especies que en la indolencia que desplegamos cuando detentamos el poder.

Tiembla surge de la necesidad de documentar la experiencia humana frente a lo sobrenatural, pero también de otra exigencia mucho más palpable e inmediata. Las crónicas de Daniel Moreno y de Marcela Turati abren el camino para un análisis urgente que la labor periodística debe hacer sobre su propio desempeño durante las catástrofes de septiembre pasado.

Por un lado, Moreno plantea una visión crítica frente a la poco eficiente coordinación que los medios de comunicación mexicanos pudieron haber tenido las semanas posteriores al #19s. Aunque es verdad que todo el gremio periodístico se encontraba en las calles documentando, también lo es que la mayoría se estaba concentrada en unos cuantos edificios colapsados. Esto permitió que la opacidad cubriera el tratamiento que las autoridades dieron a las víctimas, facilitando los registros erróneos y permitiendo que muchas de las muertes que tuvieron su origen en actos de corrupción o negligencia quedaran en la impunidad.

Por otro lado, Turati se adentra en el cúmulo de rumores y leyendas urbanas que nacieron con aquel movimiento telúrico, apostando por la verdad encriptada en cada una de ellas. Desde las conspiraciones generadas en torno a la participación de Israel y España en el rescate del edificio de Álvaro Obregón 286 hasta el sospechosismo surgido del tratamiento misterioso que las autoridades daban a los cuerpos encontrados en los escombros, todos estos murmullos son explorados por la periodista para mostrar que dentro de ellos hay grandes revelaciones.

La principal es la del inconsciente colectivo: para las personas mexicanas, “detrás de cada dato hay una conspiración donde el gobierno y fuerzas oscuras trabajan contra nosotros”. Y no es que nos encante inventar teorías alocadas, pero los gobiernos nos han condicionado a siempre esperar lo peor. “En un país con más de treinta y dos mil personas desaparecidas en una década, ¿por qué una teoría como la cremación de cadáveres del sismo sería tan descabellada”, plantea Turati, apuntando hacia uno de los principales retos del periodismo mexicano: ser capaz de contrastar la información con el contexto sin permitir que el contexto nos lleve a inferir o inventar información.

Aunque es verdad que Tiembla tiene algunos tropiezos en forma de graciosas viñetas (como la de Luigi Amara, titulada Las vueltas a la normalidad, cuya única gracia es la de simular un temblor dentro del texto mediante la comisión intencionada de errores tipográficos), su lectura vale la pena, entre otras cosas, por plumas como las de Lydia Cacho, Cristina Rivera Garza, Alejandra del Castillo y Fernanda Melchor, autoras que consiguen abordar desde un rincón antes desconocido la memoria de un evento que ha dejado una cicatriz imborrable en el rostro de la mexicanidad.

 

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