por Concepción Moreno

Ken Bensinger, periodista estadounidense, ha publicado un libro que desnuda la escandalosa corrupción de los hombres que manejan el futbol mundial.

Tarjeta roja (Planeta) es un fascinante recorrido por los últimos 30 años de historia de la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Internacional) en los que el deporte dejó de ser simple entretenimiento y orgullo nacional para convertirse en un negocio como no ha habido otro.

Bensinger hace buen periodismo narrativo. Comienza escogiendo a unos pocos personajes que nos sirven para entender las conexiones oscuras detrás de “el juego del hombre”. La historia comienza con Steve Berryman, agente fiscal estadounidense quien, a pesar de ser de un país donde el fútbol es considerado diversión para niños de prescolar, es un aficionado al club Liverpool de Inglaterra.

Berryman lee una simple nota en internet sobre las transferencias sin reportar que había recibido un funcionario de CONCACAF (Confederación de Norteamérica y el Caribe) a lo largo de diez años. La cantidad no era nada escandalosa: apenas 500 mil dólares acumulados en la década. Pero el olfato de Berryman se encendió: si esto estaba pasando en otras confederaciones, el fraude era escandaloso. Era enorme.

Corte a: la historia reciente de FIFA. Todo comienza con la llegada de Joao Havelange a la dirección de organismo en 1974. Hasta entonces la FIFA vivía una era romántica: crear un deporte que uniera al mundo, que fuera un canto de paz cada cuatro años. Havelange vio otra cosa: un montón de dólares. A partir de su administración, las votaciones para elegir la sede del Mundial cada año se volvieron una arrebatinga de dinero. Por lo bajo, los esbirros de Havelange repartían dinero para asegurar que la sede le perteneciera a quien había pagado más.

Hasta la llegada de Havelange, los magros ingresos de la FIFA venían de las entradas a los estadios. Havelange y sus socios vieron el potencial que tenía el futbol para atraer patrocinadores y para vender los derechos de transmisión televisiva del Mundial. Uno de los primeros movimientos fue asociarse con Coca-Cola como principal patrocinador. El dinero llovió.

Entra en escena un hombre bajito y nada imponente nacido en Suiza: Joseph “Sepp” Blatter. Blatter fue escalando la montaña de FIFA hasta llegar a la cima y derrocar a protector Havelange. De verdad que lo que cuenta Ken Bensinger es como de novela de mafiosos. Sepp Blatter llevo a FIFA a alturas nunca antes vistas. Extendió el futbol a los, hasta entonces, continentes y regiones periféricos: África, Oceanía, Centroamérica. Todo con sobornos y votos comprados.

Blatter no temía traicionar y hacer promesas vacías con tal de siempre salirse con la suya. ¿Qué pasaba con el dinero que producían los torneos, sobre todo el Mundial? En vez de invertirse en la mejora del deporte y un verdadero desarrollo en esos “nuevos países” se lo embolsaban los funcionarios del futbol, que se comportaban (se comportan) como nuevos ricos que gastan su dinero en casas de playa y autos de lujo. Ninguna discreción: ¿quién los iba a perseguir?

Gran parte del libro de Bensinger se centra en cómo Rusia obtuvo la sede del Mundial de 2018 y en otros personajes que, a los mexicanos nos son de lo más familiar, como Chuck Blazer y Jack Warner, los corruptísimos dirigentes de la CONCACAF.

Tarjeta roja se lee como una novela de enredos que la buena pluma de Bensinger va aclarando a lo largo del libro. Por si alguien se pierde, al principio del libro hay un reparto de personajes y un organigrama de cómo funciona la FIFA.

Después de leerlo será imposible ver el fútbol como un simple juego de once contra once.

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