por José Noé Mercado

La monja, quinta entrega del universo fílmico de El conjuro, se estrenó este viernes 7 de septiembre y acabó así con la ansiosa espera de los cinéfilos amantes del terror, ciclo iniciado en la pantalla grande en 2013 bajo la dirección de malayo James Wan.

Sin embargo, ante una inclinación más a la fantasía que a los escalofriantes sucesos paranormales que habían caracterizado a la saga, una trama débil con personajes arquetípicos planos y un guión que muestra una cantidad considerable de fisuras, la cinta dirigida por Corin Hardy puede considerarse, no sólo la menos lograda, sino también una decepción.

En La monja (The Nun, EU-2018), el padre Burke (Demián Bichir) debe acudir a un monasterio rumano en compañía de la hermana Irene (Taissa Farmiga) para comprobar si el sitio sigue siendo sagrado. Todos saben que no.

La misión tiene lugar en 1952 y ha sido encomendada directamente desde el Vaticano, ya que una monja se suicidó en condiciones misteriosas y su cuerpo fue hallado en aquellas tierras fertilizadas por la superstición y la bruma por el aldeano trotamundos Frenchie (Jonas Bloquet).

Ya desde el inicio de la cinta, el espectador puede percibir un manejo arbitrario del tiempo narrativo, ante elipsis numerosas y bruscas. Y padecer la inclusión de subtramas innecesarias, que no aportan al argumento central y tampoco van a lado alguno por sí mismas. El pasado de los protagonistas es ejemplo de ello: el padre Burke, un autodefinido cazador de milagros, acarrea en su conciencia un fallido exorcismo y el insustancial reproche del alma juvenil exorcizada, mientras que la novicia Irene sufría visiones del más allá cuando era niña, lo que supuestamente los hace idóneos a ojos de la alta jerarquía católica para la nueva pesquisa en el monasterio.

La parte histriónica sufre no por carencia de cualidades de Bichir o Farmiga, quienes en rigor se aprecian comprometidos con sus personajes, sino por una deficiente dirección de actores y escaso reparo psicológico.

El bragado investigador Burke, que más que un sacerdote exorcista luce como un hábil agente judicial, permanece incólume física y emocionalmente ante los incontables estragos que la presencia demoníaca del convento y su impericia en menesteres paranormales le imponen. Su porte, su imagen y sus acciones parecen contradecirse.

La hermana Irene resulta demasiado ingenua, tanto para imaginarse a quiénes tiene enfrente o a su lado, como para separarse una y otra vez de quienes pueden prestarle ayuda. Eso y apariciones Deus ex machina de un Franchie a medio camino de la comedia y lo heroico cortan de manera constante el mecanismo del miedo.

Es cierto que algunas secuencias consiguen momentos de tensión y saltos de la butaca, sobre todo cuando se conjugan con pasajes músico-vocales de bajos profundos ortodoxos, que generan una atmósfera aterradora e incómoda, en combinación con ciertos escenarios recónditos del monasterio o el bosque que lo rodea.

Pero también es verdad que los clichés de cruces que giran para convertirse en símbolos del Anticristo, rezos incesantes que no surten efecto, grimorios redundantes sobre lo mostrado en pantalla y demás recursos predecibles como el uso de campanillas en el cementerio para alertar de alguna presencia extraña, terminan por generar risitas involuntarias que, de nuevo, rompen la ficción del terror.

Aunque la principal deficiencia de la película es la naturaleza fantástica de la monja que da título a esta entrega. Y es que esta criatura demoníaca cambia de escencia para conseguir aterrorizar: a ratos puede ser una presencia inmaterial que busca poseer un cuerpo, un monstruo omnipresente que muestra una poderosa y afilada dentadura, una fuerza provocadora de alucinaciones o de plano un ente que busca traspasar dimensiones para afirmar su reino entre los humanos.

Como puede ser todo ello, el antagonismo de la monja resulta sin personalidad definida. Genérica. Muy alejada del pavor provocado por saber —o querer creer— que puede ser real, o que tiene una historia que ocurrió y fue investigada por los Warren, como la Bathsheba del primer Conjuro, la muñeca Annabelle o el mismo demonio Valak que posee a la monja de El Conjuro 2. En esta nueva cinta apenas si se le presta relevancia en la investigación del padre Burke.

El final no es malo y La monja resulta entretenida la mayor parte de su metraje. Pero no logra su objetivo de asustar y desperdicia esa imagen legendaria de la novicia poseída por fuerzas del mal. Es el guión lo que puede ser desilusionante, por su naturaleza distinta al resto de la saga y la incongruencia de cada paso de los protagonistas. Ojalá no llegue al grado de hacernos perder la fe en el terror del universo Warren.


  • Te dejamos el podcast Permanencia Involuntaria en donde José Noé Mercado y Fausto Ponce hablann sobre la película
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