por Jonathan Mata Richardson

Una buena noticia para el cine mexicano: hay una película con Luis Gerardo Méndez donde no hace de Luis Gerardo Méndez.

Tiempo compartido (México, 2018) cuenta la historia de Pedro (Luis Gerardo Méndez), un hombre de familia que llega junto a su esposa (Cassandra Ciangherotti) y su pequeño hijo a pasar una semana de vacaciones en el paradisiaco hotel Vista Mar.

No habiendo terminado siquiera de desempacar las maletas, Pedro se da cuenta de que el hotel sobrevendió las reservaciones y ahora deberán compartir su villa con otra familia de cuatro integrantes, la cual parece ganarse la simpatía de todos a excepción del propio Pedro.

Por otro lado está Andrés (Miguel Rodarte), un trabajador de la lavandería del hotel que aspira a convertirse en vendedor de tiempos compartidos y que vive celoso del éxito de su esposa, quien se prepara para cerrar el trato de su vida para Everfield International, la empresa que se ha hecho de la administración del hotel en el que ambos laboran.

Este segundo filme de Sebastián Hofmann (Halley, 2012) es un relato tragicómico construido sobre un terreno inestable, por momentos muestra chispazos de absoluta lucidez y a ratos parece transcurrir a cuentagotas, con rumbo a ninguna parte. La historia es simple, pero al mismo tiempo resulta complicado entender el verdadero trasfondo de lo que se está contando.

Hay una opinión bastante generalizada de la audiencia, y es que un gran sector dice no haber entendido la película. Aunque el filme no es malo, tampoco es una obra que rete en exceso al intelecto del espectador, pero la parte que conecta con las emociones es apenas limitada.

En un principio, es fácil identificarse con Pedro y su malestar en relación a la sobreventa de la villa, sin embargo, el ritmo tan lento nos impide mantener la empatía y los conflictos pierden impacto, por lo que a medida que avanza la película acabamos por perder el norte y quedamos solos ante una serie de imágenes (muy interesantes, por cierto) a las que la mente intenta dar cualquier tipo de valor, pero al mismo tiempo esto puede hacernos sentir engañados, con la sensación de que hay algo ahí de lo que no nos estamos dando cuenta.

Tiempo compartido es un ejercicio que privilegia el recurso estético sobre el narrativo, a ratos quiere parecerse a Lynch; a Todd Solondz o Ulrich Seidl, y a veces hasta a los Coen, pero sólo eso, intenta asemejarse.

El argumento queda ejecutado a medias, y cuando trata de ir de un género a otro, flaquea. Hofmann intenta ser muchos directores a la vez, pero le falta algo importante: ser Hofmann.

Pareciera que hay una parte del filme que se agarra firmemente del argumento central y es coherente hasta donde el ejercicio visual lo permite, si alguien tomara el libreto original y después de leerlo le contara la historia a otra persona es muy probable que ésta se enganchara. Es decir, el “qué” funciona, es el “cómo” lo que complica todo.

 

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