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“Violet Evergarden”: de arma de guerra a soldado de la palabra

por David A. Ledesma Feregrino

Violet Evergarden es la serie de ánime de Netflix basada en las novelas homónimas escritas por Kana Akatsuki e ilustradas por Akiko Takase.

La historia relata el conflicto de una joven que ha sido utilizada como arma de guerra durante toda su adolescencia, pero que ahora, frente a los tiempos de paz, debe integrarse a la sociedad ejerciendo una labor más bien delicada y carente de toda hostilidad. Violet se convierte en una suerte de escribana cuya tarea es interpretar los sentimientos de la gente para plasmarlos en cartas.

Producida por Kyoto Animation, bajo la dirección de Taishi Ishidate, la serie fue estrenada a inicios de este año en Japón y traída a Latinoamérica en abril por la plataforma digital. Con un guion escrito por Reiko Yoshida, Violet Evergarden ofrece el híbrido perfecto entre un dramón emocional y un relato de guerra; algo así como mirar una versión de Logan (Mangold, 2017) escrita por Jane Austen.

Cuando la conocemos, Violet se encuentra atravesando el segundo punto de inflexión más intenso de su vida. La guerra que la mantuvo esclavizada está llegando a su fin y ella no puede seguir participando en el campo de batalla. Aunque ha sido entrenada como un arma viviente de alcances casi sobrenaturales, Violet ha perdido las manos en una explosión y en su lugar le han instalado una especie de implantes robóticos muy en plan Luke Skywalker que, curiosamente, no desentonan con la tecnología anticuada del entorno.

Mutilada y extraída del único ambiente que conoce, la joven soldado tendrá que enfrentar otra pérdida que no tiene forma de interpretar: la del Mayor Gilbert Bougainvillea, quien fuera su superior directo y cuyo paradero es desconocido para Violet. Gilbert es la única persona que la ha tratado con cariño, viendo en ella un ser humano sensible y no sólo un instrumento para la facilitar la muerte. Violet, sin embargo, no es consciente de su propia capacidad para experimentar emociones como el amor o el estremecimiento que trae como consecuencia la contemplación de la belleza. La ausencia de su mentor dejará en la joven un vacío enorme que ella misma será incapaz de definir; su aventura se tratará de convertirse en una mujer empática y de ser capaz de reconocer los sentimientos propios en los rostros de los otros.

En su nueva vida, Violet se convierte en una auto memory doll; una escribana cuya principal habilidad no radica en su velocidad para teclear, sino en ayudar a la gente a interpretar sus verdaderos sentimientos. La tarea parece contraponerse en esencia a Violet, una mujer que años atrás no sabía siquiera el significado de la palabra belleza. Pero es justo el abismo enorme de su pecho el que la lleva a explorar las fuerzas ajenas a la física que mueven al mundo. Violet nota que la materia prima de las auto memory dolls, este gremio de novelistas epistolares, no son las letras, sino el amor mismo, y es por ello que decide alejarse de su pasado hostil para convertirse en amanuense.

Antes de morir, el Mayor Gilbert le dijo que la amaba. Esa declaración ronda en la cabeza de Violet como un mensaje encriptado o un enunciado escrito en una lengua ajena. Las palabras (Aishiteru / 愛してる) la persiguen como la oración que irradió del Mayor Gilbert después de llamarla Violet por primera vez: “No seas una herramienta, sé alguien que haga honor a su nombre”.

Violet Evergarden lleva al espectador a cuestionarse los múltiples significados de sus palabras favoritas y las rutas a través de las cuales comunica sus emociones. “Las palabras tienen distintas interpretaciones. Uno no dice todo lo que quiere decir. Es una debilidad humana, poner a prueba a otros para confirmar su propia existencia”, escucha Violet cuando se enfrenta por primera vez ante la ambigüedad de quien dice algo que no quiere decir en realidad o de quien se calla una verdad cuya revelación es inminente.

En un mundo donde la paz peligra a cada instante, Violet descubrirá que los seres humanos no son trascendentes por su fuerza ni por su potencial destructivo, sino por su capacidad de amar y de comunicarse verbalmente.

 

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