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Desobediencia: Del libro a la pantalla

por Concepción Moreno

Desobediencia, la primera película del chileno Sebastián Lelio en inglés, es una historia tormentosa de amor. Tensa y tersa al mismo tiempo, la historia de amor entre Ronit (Rachel Weisz) y Esti (Rachel McAdams) se desarrolla poco a poco hasta llegar a un culmen sexual que no tiene vergüenza de ser lo que es: un romance lésbico.

La novela en la que la cinta está basada, también llamada Desobediencia y escrita por la inglesa Naomi Alderman, se toma su tiempo para desarrolla el encuentro amoroso. Para Alderman la trama es más una disquisición sobre la fe, sobre lo claustrofóbica que puede ser una religión, en especial sobre las mujeres, que al final la novela es más un curso rápido sobre la misoginia en el judaísmo ortodoxo que una historia de amor.

La película de Lelio es discreta y elegante. Cuando se lee el libro uno solo puede imaginar los ritos milenarios del judaísmo; la cinta los pone en manifiesto. Son hermosos.

Si no ha visto la cinta ni leído la novela, no le arruinaré ninguna de las dos, solo diré que cada una tiene un sabor diferente. Mientras que la novela de Naomi Alderman tiene un final más o menos feliz (aunque un tanto inverosímil, todo sea dicho), la cinta de Lelio acaba de modo incierto.

La trama es, en esencia, la misma. El Rav Krushka, líder espiritual de la comunidad judía de Hendon, en Londres, muere. Su única hija, Ronit, vive en Nueva York. Mientras que en la película Ronit es fotógrafa, en la novela se dedica al oficio menos glamouroso (por llamarlo de alguna forma) de las finanzas. De manera misteriosa, alguien le hace saber de la muerte de su padre a ella, desterrada por razones de las que no enteraremos después.

Desobediencia, el libro, se lee rapidísimo aun cuando no se esté familiarizado con las formas y rituales del judaísmo. Cada episodio comienza con un versículo de la Torá, el libro sagrado de los judíos, en el que las mujeres son sobajadas, despreciadas, esclavizadas.

Hay una buena razón por la que Ronit huye (o es echada de la comunidad; en este punto la fuente original y la adaptación disienten) de Hendon. Ahí simplemente no se puede respirar.

Ronit se ve reflejada en el espejo de Esti, casada a la fuerza con Dovid (Alessandro Nivola en la pantalla), el joven rabino llamado a sustituir al viejo Krushka. El reflejo no es bonito.

Como única herencia, en la novela Ronit está obsesionada con los candelabros de plata de su madre. En el trabajo de los guionistas de la cinta, los candelabros son símbolos anecdóticos. Es mucho más importante la aparición, de lo más oportuna, de “Lovesong”, la canción de amor por antonomasia de The Cure.

Aunque ambas narraciones, la literaria y la fílmica, tienen finales distintos, ninguno carece de su dosis de felicidad. Es refrescante leer, y ver, una historia de amor gay que no acaba en tragedia y con el mundo en llamas simplemente porque alguien se atreve a amar a alguien de su mismo género.

Naomi Alderman es judía y orgullosa residente de Hendon. De algún modo logró escapar de la asfixia que persigue a las protagonistas de su novela. Es como si escribirla la hubiera vacunado contra la enfermedad del hartazgo.

Hay un momento en la cinta de Lelio donde los personajes son delatados. Dicho momento no existe en la novela: la relación entre Ronit y Esti es algo que se supone pero de lo que no se habla. Ni siquiera el Rav Krushka, en su inmensa sabiduría, supo cómo lidiar con su hija y sus ansias de libertad.

Ambas versiones de Desobediencia, la de la página y la del cine, merecen atención. Si me lo preguntan, prefiero la del libro. Pero esa es cuestión de la que no se debe hablar. Spoilers not allowed.

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