Un final feliz: El discreto tufo de la burguesía

por Concepción Moreno

Michael Haneke (Austria, 1942) es el cineasta del cine perturbador. Amor, una de sus películas más celebradas, puede ser considerada una cinta de horror, aunque también es una historia amorosa y un thriller psicológico.

El cine de Haneke es tan emocionalmente desgastante que se puede tomar la decisión de sólo ver sus películas una vez en la vida. Pero hay que verlas, son verdaderas obras de arte. ¿Por qué? Por el cuidado que pone en cada detalle, cada caracterización, todo hecho para hacer trizas al espectador.

Un final feliz (Happy End, 2017), su nueva cinta, no es tan perturbadora como Amor o El listón blanco (película con la que ganó la Palma de oro en Cannes), pero no deja de ser una historia fascinante.

La mayor parte del público de Haneke es lo que podría llamarse “el voto de vino tinto”: clase media o clase alta ilustrada. Bueno, pues de ellos se burla en Un final feliz.

Conozcan a la familia Laurent: ricos, felices, brillantes. Un perfecto ejemplo de la burguesía europea. Gente que puede evitarse el desgastante roce con la realidad del mundo.

¿Felices? Nadie es realmente feliz en una película de Haneke, así que este es el asunto: mientras los Laurent se dedican a cuidar su fortuna, como contexto, casi sin mencionarse, ocurre la crisis de los migrantes en Europa.

Un final feliz es quizá la cinta más interesante de Haneke desde Funny Games (otra película de terror psicológico) no por su uso de shock, sino por su uso del humor. Es una película chistosa, sobre todo cuando el personaje de Georges Laurent (Jean-Louise Trintignant) entra en escena. Georges es el patriarca de la familia y tiene un único deseo: que lo dejen morir y al diablo todo lo demás. El viejito busca cualquier manera de matarse y es presa de su familia que no se lo permite. Nosotros, como público, estamos de modo inevitable del lado de Georges. ¿Quién quiere seguir vivo al lado de esa familia tan desagradable, tan lejana a la realidad?

La excelente Isabelle Huppert hace su aparición como Anne Laurent, empresaria de la construcción que quiere hacer crecer su emporio de cualquier modo. Es odiosa y al mismo tiempo no: ¿quién podría acusarla de hacer algo incorrecto? El futuro de las empresas es crecer a toda costa. Es este esquema capitalista al que Haneke dirige sus cañones en Un final feliz. Es el discreto tufo de la burguesía.

Aun cuando Un final feliz no sea una historia contra la que se estrella la audiencia, es una historia de lo más interesante. Uno no podrá evitar reír y sentirse un tanto señalado por el índice de fuego del director. El final al que hace referencia el título es hilarante, no se los quemaré para que lo disfruten con toda intención.

Para muchos críticos, el cine de Michael Haneke ya se había estancado, digamos, al estilode Lars von Trier. Un final de feliz demuestra que al director austríaco le quedan varios trucos bajo la chistera.

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