No soy una bruja: reseña

por Miguel Mora

Una historia tejida sobre fetichismos, supersticiones y prejuicios milenarios enclavados en  una pequeña aldea en el corazón de África. La cineasta Rungano Nyoni descubre ante nuestros ojos un mundo olvidado, controvertido lleno de prejuicios pero vigente en Zambia.

No soy una bruja ( I am not a witch, 2017), una coproducción de  Reino Unido, Francia y Alemania, cuenta la historia de Shula (Maggie Mulubwa), una niña huérfana de 9 años, acusada de brujería por un incidente banal.

Después de un breve juicio, es declarada culpable y como consecuencia es enviada a un campamento desértico dirigido por el estado, adonde agrupan a muchas mujeres consideradas como “brujas”.

La suerte de la pequeña depende de un representante del gobierno local, el señor Banda (Henry B.J. Phiri), casado con una bruja sofisticada, Charity (Nancy Murilo), que oculta su pasado. En el campamento, Shula es parte de una ceremonia de iniciación en donde  aparte  de hacerle un sortilegio, le muestran las reglas que le impiden vivir en libertad. Todas están atadas  a una cinta unida a una bobina de madera que permanece incrustada a las ramas de un árbol. El propósito es que si se corta el listón, será maldecida y se convertirá en cabra.

En su mayoría, las mujeres visten de azul y llevan los rostros pintados de blanco, están en confinamiento y son parte de la atracción turística que sirve para recaudar fondos para los bolsillos de los funcionarios del gobierno.

La pequeña protagonista vive con miedo y tristeza su cautiverio, el señor Banda se aprovecha de su condición para llevarla a aldeas colindantes y encontrar culpables de pequeños crímenes en cortes improvisadas, mientras las otras mujeres trabajan esclavizadas en los campos. El abuso es total, la cinta nos muestra un pequeño universo en el que el gobierno de la localidad ha encontrado la manera de hacer dinero con el trabajo de las “brujas”, aprovechando las creencias de la comarca, porque la gente teme ser víctima de una maldición. De tal forma que estas “brujas” son utilizada para llevarlas en la plataforma de un camión amarradas con sus cordeles blancos en carretes, para librar de las sequias, maleficios y todo tipo de embrujo a los pobladores de la región.

Además, son utilizadas como clarividentes para aclarar robos, “abusos” y conjuros malignos. Dentro de todo esto, Shula trata de encontrar una salida, ella sólo quiere ser niña, lo único que le gustaría es jugar e ir a la escuela con otros compañeros. Sumida en su soledad, es acogida por las mujeres de la comunidad que la ayudarán a romper el hechizo y decidir si debe cortar la cinta que la une a estar relegada o permanecer.

No soy Bruja es una película estrujante, conmovedora, que a pesar de tener un tono irónico, nunca pierde el camino. En su ópera prima como directora Rungano Nyoni  decide enfrentar la superstición institucionalizada y denunciar  el encarcelamiento y explotación de estas víctimas.

Inspirada en casos reales de acusaciones de brujerías en Zambia, la cinta plantea un dilema importante. Y es que a pesar de que las leyes prohíben encerrar a mujeres consideradas  “brujas”, varios jefes  o monarcas locales mantienen cautivas a grupos de mujeres, víctimas de supersticiones, recelos o envidias que tocan a las comunidades de estas regiones y son calumniadas por provocar sequías, tormentas y epidemias.

El fotógrafo David Gallego,  destaca por su trabajo al enfrentarse al reto de mezclar momentos de ficción y documental y lograr imágenes extraordinarias, como los listones al aire, que muestran la liberación de el grupo de mujeres atrapadas en esa comunidad encerrada.

En definitiva, es una película conmovedora y respetuosa de los seres humanos que convida a reflexionar sobre la suerte de las personas que son sometidas al cautiverio mientras las mentes dementes nos gobiernan.

No soy una bruja  fue nominada para la cámara de oro en el Festival internacional de Cannes, es una película fuera de serie que vale la pena buscar.

Actualmente en cartelera.

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