El placer de los dioses sanguinarios

Reseña sobre el libro Mercurio en primavera de Byron Salas

por David A. Ledesma Feregrino

Una sombra se expande sobre la pequeña ciudad de Atenas, en la provincia de Alajuela, Costa Rica. Podría ser el resplandor que amenaza con cambiar el código genético del mundo en Annihilation o la plaga que acaba con la civilización en Soy leyenda, pero la función de esta penumbra no es fantástica, sino poética.

Su intención no es generar desasosiego, sino mostrarnos la miseria en la que estamos sumergidos. Mercurio es la enfermedad final que azota a un cuerpo agonizante, la condena de muerte emitida después de un juicio que ha durado más de veinte años.

Mercurio en primavera es la primera novela del autor costarricense Byron Salas (1993). Publicada en 2017 bajo el sello de Ediciones Lanzallamas, esta obra explora los límites finos que separan el placer del dolor, la opresión del erotismo encriptado en el poder, y el amor de la idolatría que se convierte en servidumbre. Adentrándose en los mundos del porno, el alcohol y las relaciones incestuosas, Salas demuestra que la belleza de la lengua puede florecer también cuando se habla de violencia, de fracaso y de los dolores más profundos.

El mensaje funesto de los dioses

Lucas ha crecido como casi cualquier joven de la región, como la hierba y sin la esperanza de mirar un día más lejos de la ciudad capital. Pocas cosas destacan en el barrio donde nació, la más grande quizás sea la forma que toma la muerte al pregonar, de tanto en tanto, la podredumbre que hay detrás de todos esos rostros normales. Si algo caracteriza a los personajes de Mercurio en primavera es su búsqueda obstinada por un placer que se les termina deformando entre las manos, convirtiéndose en un monstruo sangriento y abusivo.

La existencia de Lucas parece no tener otro sentido que la destrucción. Las únicas pulsiones que lo acercan a la vida siempre terminan por tener un tono fúnebre. El alcohol, el sexo con su hermano, y los hombres en cuyas carnes se interna cual caballo de Troya son la respuesta con la que encara una historia de vacíos y de fracasos. Las calles parecen siempre estar lloviendo, el cuerpo de su madre fue abandonado por el alma años atrás, dejando en su lugar sólo electricidad, el guaro, el aguardiente de caña, es el único motor que genera en los habitantes de esa ciudad algo de movimiento.

Harto de no poder hallarle un propósito a su vida a través de la universidad, Lucas invierte en la industria del porno su último intento de convertirse en un ser humano funcional. Para hacerlo, se construye un personaje al que llamará Mercurio y que le servirá de ruta para dejar brotar todo lo que tiene que ofrecerle al mundo, que no es otra cosa que un espíritu descompuesto.

La incomodidad del héroe sin virtudes

¿Es Mercurio un alter ego? ¿O se trata más bien de un estado modificado de la conciencia? De una entidad que excede la comprensión humana y se apodera de pueblos enteros utilizando como vehículo el corazón menos virtuoso disponible. Pareciera incluso que Mercurio es una de esas presencias tan amadas por los fanáticos de la astrología, un cuerpo celeste que deforma las voluntades y los comportamientos de todo aquél que tenga la mala suerte de encontrárselo en las proximidades de su campo magnético. Mercurio es, en realidad, poco más que el viaje que Lucas toma como último recurso para evitar una implosión

La mayoría de las ficciones nos han acostumbrado a esperar que toda aventura sea liderada por un héroe que devele alguna arista de la virtud humana. Esperamos incluso, cuando nuestro protagonista es más bien un antihéroe, encontrar en la maldad dejos de luz. Lo cierto es que mucho le quedamos a deber al concepto budista de empatía cuando nos identificamos con el matón de Rafael Bernal, la narcotraficante de Reverte o el asesino a sueldo de Bernardo Fernández. En todos ellos vemos despertar, aunque sea a ratos, la nobleza de los ideales que la humanidad ha admirado desde siempre. No nos reconocemos en el asesino, sino en el cúmulo suave de carne en el que su pecho se convierte ante la presencia de Martita. El puño firme de la dirigente del cártel no nos cautiva cuando ordena castigar con muerte la traición, sino cuando tiembla ante la despedida de su hombre.

Pero la tirada del autor no es siempre tan idílica. La ficción no sólo está ahí para mostrarnos las cualidades que hay detrás del disfraz de araña ponzoñosa. La aparición de aquel traje malévolo no siempre es la vía que nos eleva a un mejor plano; a veces su contemplación es en sí misma el objetivo y el asesino nos reta con los ojos a encontrarnos dibujados en sus recuerdos más siniestros.

Mercurio en primavera es una de esas novelas que nos confrontan con las sombras densas de la condición humana, es un espejo que nos obliga a lanzarle la mirada más honesta a las vergüenzas que a la carne le ha dado por desear. Salas no intenta agradarnos con el ritmo polifónico de su obra, sino que persigue la deformación de nuestros rostros ante a la incomodidad. Y es ahí donde radican sus mayores aciertos, en el estómago revuelto de un lector que lucha por no identificarse con aquellos personajes decadentes.

 

1 reply

Leave a Reply

Want to join the discussion?
Feel free to contribute!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *